Todos somos monjes y cada uno de nosotros tiene su celda propia.
Todos somos monjes y cada uno de nosotros tiene su celda propia.
Todos nosotros somos vulnerables, dependientes, mortales, a un latido del corazón de dejar este planeta.
Gratos recuerdos de antigua maestra mía en el aniversario de su muerte.
El pensamiento de algunas de las personas más influyentes en la historia parece que a veces está agrietado con inconsistencias.
La Navidad tiene que llevarnos de nuevo al pesebre, de forma que nuestros corazones puedan sentir aquella frescura y novedad que quiere hacernos comenzar a vivir de nuevo.
Es fácil ser cínicos sobre la Navidad, ya que ella engloba demasiados excesos
En nuestro noviciado, cuando yo era un novicio con los Oblatos de María Inmaculada, nuestro director asistente de noviciado, un hombre sincero, aunque demasiado severo, nos advirtió del peligro de tener demasiada ligereza en nuestras vidas, diciéndonos que no hay ningún hecho registrado en las escrituras de Jesús riéndose.
La verdad por sí sola no es suficiente. Debe estar equilibrada con las otras propiedades trascendentales de Dios: la unidad, la bondad y la belleza.
Como Jesús, nosotros también nos proponemos entregar nuestras vidas en generosidad y en altruismo, sin embargo también tenemos como objetivo dejar este planeta, de tal manera que nuestra disminución y muerte es nuestro final, y quizás el regalo más grande, para el mundo. No hace falta decir que no es fácil.
Hace algunos años participe en unos encuentros eclesiales en los que se debatía sobre las rubricas litúrgicas. Hubo una acalorada discusión acerca de varios temas: ¿Debería la asamblea permanecer en pie o arrodillarse durante la plegaria eucarística?…
Hay un axioma muy conocido el cual repetiré más delicadamente que en su expresión habitual. Dice así: Cada vez que te dices a ti mismo que deberías hacer algo, haces una mala compra.