En la medida en que uno encuentra su pobreza, nace el vacío y también la experiencia, aparentemente contradictoria de «entender a Dios justo cuando uno experimenta que no entiende nada»; que todo se le escapa.
En la medida en que uno encuentra su pobreza, nace el vacío y también la experiencia, aparentemente contradictoria de «entender a Dios justo cuando uno experimenta que no entiende nada»; que todo se le escapa.
La postura quieta y sostenida, puede parecer la metáfora de un fósil, pero es un ‘estado de espíritu’ y, en el caso del orante, una manera de enamoramiento, como relata el Cantar de los cantares, que, aunque lo aplica al amado, es también la actitud de la amada.
La mente no sabe ‘estar’ ante un acontecimiento que no ve, ni toca, ni controla; ante un acontecimiento en el que el cuerpo no responde; la mente se revuelve inquieta, siempre a la expectativa y a la espera de resultados inmediatos.
Frecuentemente no llevamos lo suficientemente lejos nuestra búsqueda de la verdad. Habiendo ejercitado nuestro intelecto hasta un cierto límite, creemos que no hay esperanza de posterio res descubrimientos o investigaciones.
Aprender a meditar no es una habilidad; es más bien aprender a deshabilitar procesos aprendidos, estructurados, esclerotizados, endurecidos. Meditar es hoy un estereotipo.
No es una broma verbal; tampoco un aforismo teológico. Es sencillamente la formulación de un modelo nuevo de estar con las cosas. Tal vez el modelo único. Desde la poesía, es captar el instante ‘al vivirlo’ y dejarlo donde está. Todo momento es silencio. Y meditar es la expresión de nuestro misterio personal.
El orante necesita hacer algo, decir algo, expresarse, de algún modo. Necesita darle alguna ‘visibilidad’ a su relación.
El principio que rige el proceso oracional es que ‘todo sea sin violencia’. Todo ha de estar a la altura del corazón, donde la relación de amor se humaniza y donde la persona está contenida.
Orar es gracia de Dios y también un arte que se ha de ejercitar. Se puede aprender a recoger el espíritu antes de entrar en la oración…
Dios va haciendo su obra sin contar, aparentemente, con nosotros. Hay que hay que ‘saber’ entender y aceptar con paciencia.
En la medida en que uno encuentra su pobreza, nace el vacío y también la experiencia, aparentemente contradictoria de «entender a Dios justo cuando uno experimenta que no entiende nada»; que todo se le escapa.