Cuanto más me veo envuelto en este Misterio de amor inmerecido, menos “seguridades” tiene mi fe, pero, a su vez, más fuerte experimento una suave y tenue certeza: Dios es amor fiel y así hemos de ser los sacerdotes para los demás.
Cuanto más me veo envuelto en este Misterio de amor inmerecido, menos “seguridades” tiene mi fe, pero, a su vez, más fuerte experimento una suave y tenue certeza: Dios es amor fiel y así hemos de ser los sacerdotes para los demás.
Francisco nos invita a tomarnos en serio este tiempo Jubilar que se abre ante nosotros. El Papa nos anima a vivirlo como algo realmente especial. No vale hacerlo de cualquier manera. Es una invitación, sí, pero, a su vez, es una llamada. Una llamada que él ve como una urgencia, pues «hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre»(MV 3).
En el primer Angelus después de su elección, amplificado a todo el orbe a través de los medios de comunicación, el papa Francisco contó, con esa cercana complicidad pastoral que le caracteriza, que había leído un libro del cardenal alemán Walter Kasper, titulado La misericordia, que le había hecho mucho bien.
Cuanto más me veo envuelto en este Misterio de amor inmerecido, menos “seguridades” tiene mi fe, pero, a su vez, más fuerte experimento una suave y tenue certeza: Dios es amor fiel y así hemos de ser los sacerdotes para los demás.