Mi padre repetía continuamente en mi presencia: ‘No hay Dios’, a los ocho o diez años era yo una atea consumada.
Mi padre repetía continuamente en mi presencia: ‘No hay Dios’, a los ocho o diez años era yo una atea consumada.
Si te descubrimos y alimentamos tu amistad, poco a poco nos haremos semejantes a ti.
Tu vocación de contemplativa estaba en la calle, en el trabajo, en ese silencio que es posible descubrir en medio del ruido.
Danos la fuerza de tu Espíritu para responder con fidelidad a tu llamada.
Toda una existencia de unión mística y de misión eclesial, cuando sólo Dios es capaz de llenar tu horizonte.
Ojos que arden como lámparas votivas alumbrando el más profundo centro de nuestra alma.
Como los primeros apóstoles a quienes llamaste para que estuvieran contigo.
Mi padre repetía continuamente en mi presencia: ‘No hay Dios’, a los ocho o diez años era yo una atea consumada.
Si te descubrimos y alimentamos tu amistad, poco a poco nos haremos semejantes a ti.
Tu vocación de contemplativa estaba en la calle, en el trabajo, en ese silencio que es posible descubrir en medio del ruido.
Danos la fuerza de tu Espíritu para responder con fidelidad a tu llamada.