El Adviento es el tiempo del sobrecogimiento, porque el Señor se compadece de su pueblo.
El Adviento es el tiempo del sobrecogimiento, porque el Señor se compadece de su pueblo.
En este tiempo estamos llamados a abrir de par en par las puertas al Salvador.
El que viene tiene poder para restituir nuestros cuerpos tullidos, paralizados, atrofiados.
En la primera semana de Adviento se nos invita a despertar los cinco sentidos.
De nuevo son protagonistas el oído, la vista, el olfato y el tacto, y de manera especial el gusto.
La Palabra nos propone el mejor inicio del tiempo que culminará en Navidad.
“Señor, Dios mío, a ti me acojo, Líbrame de mis perseguidores y sálvame, que no me atrapen como leones y me desgarren sin remedio” (Sal 7).
Como alivio del color morado, como oasis en el desierto, como palmera en el arenal, la fiesta de San José nos ofrece un descanso en el camino penitencial, a la vez que las lecturas bíblicas nos confirman el mensaje más esperanzador de parte de Dios.
Siempre sorprende cómo la Palabra de Dios ofrece una salida cuando parece que todo se cierra o se oscurece. Aún en las peores circunstancias, siempre, hay quien intercede por el pueblo.
El nuevo nacimiento viene del agua y del Espíritu; la gracia de la filiación divina, por adopción, se concede en el bautismo, por el que se nos permite invocar a Dios como Padre, fuente de la mayor alegría.
Los árboles que permanecen junto a la corriente del manantial del santuario se mantienen con fruto y no se marchitan sus hojas; quienes se acercan al Señor y beben del agua que Él nos ofrece, sacian enteramente su sed.