Y el velo del Templo se rasgó de arriba abajo

30 de marzo de 2026

El velo del templo se rasgóHay frases en los relatos de la Pasión que se te quedan grabadas. ¿A quién no se le remueve el alma cuando, al leer la Pasión en la iglesia, llegamos al momento en que Jesús exhala su último suspiro y se hace ese minuto de silencio tan profundo en el que todos nos ponemos de rodillas? Ninguna homilía es tan eficaz como esa frase («y entregó su espíritu») y el silencio conmovedor que la sigue.

Otra frase que siempre me ha perseguido es la que viene justo después. Se nos dice que, en el momento de la muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

Mi imaginación, sobre todo cuando era niño, siempre lo pintaba de forma sombría: se hacía la oscuridad en pleno día y, de repente, al morir Jesús y como por un rayo aterrador, el velo del templo se rajaba de arriba abajo ante la mirada atónita de todos. Convencidos ya, aunque demasiado tarde, de que aquel al que acababan de burlar y crucificar era realmente el Cristo.

Pero, ¿qué significa de verdad eso de que el velo del templo se rasgó al morir Jesús?

Los estudiosos de la Biblia nos explican que el velo del templo era precisamente una cortina que impedía que la gente viera lo que pasaba detrás; es decir, los rituales sagrados que hacían los sacerdotes. Esa cortina separaba al fiel común del misterio.

Por eso, cuando los Evangelios dicen que el velo se rasgó de arriba abajo, el mensaje no es —como yo imaginaba de pequeño— que Dios destrozó lo más sagrado para quienes crucificaron a Jesús para darles una lección. Al contrario.

Se entendía que el velo protegía a la gente del misterio, de ver el interior del misterio de Dios. En la crucifixión, ese velo se rompe para que ahora todos podamos ver el verdadero «Lugar Santísimo», el interior de Dios.

Ahora vemos cómo es Dios en realidad: Alguien que nos ama de forma tan incondicional que podemos crucificarle y Él no deja de amarnos ni un solo segundo. Dios derrama su propia sangre para llegar hasta nosotros, en lugar de querer que nosotros derramemos la nuestra para llegar hasta Él. ¿Qué significa esto?

Hay una pregunta centenaria sobre por qué Jesús tuvo que morir de una forma tan horrible. ¿Por qué tanta sangre? ¿Qué clase de juego cósmico y divino se está jugando aquí? ¿Acaso la sangre de Cristo, la sangre del cordero, está «pagando» a Dios por el pecado de Adán y Eva y por nuestros propios pecados? ¿Por qué hace falta derramar sangre?

Es una pregunta compleja y cualquier respuesta será siempre parcial. Estamos ante un gran misterio. Sin embargo, hasta los grandes misterios pueden entenderse en parte. Una de las razones por las que Jesús muere así, una de las razones del derramamiento de sangre, está clara y tiene consecuencias profundas. ¿Cuál es esa razón?

Tiene que ver, precisamente, con la sangre. Desde el principio de los tiempos hasta la crucifixión de Jesús, muchas culturas ofrecían sangre a sus dioses. ¿Por qué sangre? Porque la sangre se identifica con el principio de la vida. La sangre lleva la vida, es vida, y perderla es la muerte. Así, por todo tipo de razones religiosas y antropológicas, en muchas culturas antiguas estaba presente la idea de que le «debemos» sangre a Dios, que a Dios hay que aplacarlo, que ofrecer sangre es nuestra forma de pedir perdón y dar las gracias… que la sangre es el lenguaje que Dios entiende de verdad.

Por eso, las personas religiosas y sinceras sentían que debían ofrecer sangre a Dios. Y lo hacían. Durante mucho tiempo, esto incluyó sangre humana; se mataba a personas en altares por todas partes. Por suerte, la mayoría de las culturas acabaron eliminando los sacrificios humanos y usaron animales en su lugar.

En tiempos de Jesús, el templo de Jerusalén se había convertido prácticamente en un matadero donde los sacerdotes mataban animales casi sin parar. Algunos expertos sugieren que cuando Jesús volcó las mesas de los cambistas, cerca del 90% del comercio en Jerusalén estaba relacionado de una forma u otra con el sacrificio de animales. ¡No es de extrañar que el gesto de Jesús se viera como una amenaza!

Entonces, ¿por qué la sangre en la muerte de Jesús?

Como bien dice Richard Rohr, durante siglos estuvimos derramando sangre para intentar llegar a Dios y, en la crucifixión, la cosa se invirtió: Dios derramó su propia sangre para intentar llegar a nosotros. Y este giro arranca el viejo velo del miedo, la falsa creencia de que Dios quiere sangre, la mentira de que Dios no es amor incondicional y que tenemos que vivir asustados de Él.

Dios no necesita sangre para calmarse. Dios no deja de amarnos ni un solo segundo. Cuando el velo del templo se rasgó, quedó al descubierto esta verdad increíble.

Original en Ingles

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