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Una Plegaria Eucarística

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Siendo seminarista, un verano tuve el privilegio de asistir a un curso dirigido por el renombrado liturgista Godfrey Diekmann. Esto fue en aquel atrevido tiempo poco después del Vaticano II, cuando estaba muy de moda mirar con recelo las oraciones rituales prescritas y escribir las tuyas propias. Esto fue particularmente cierto para la Plegaria Eucarística, el “Canon” de la misa, que algunos sacerdotes empezaron a escribir por cuenta suya. Diekmann, por el contrario, no era muy entusiasta de esto. Un día, preguntado en clase sobre esto, dijo: “Hoy día parece que todo el que tiene un poquito de imaginación y aun menos de teología se siente obligado a escribir una Plegaria Eucarística”.

Este año, debido a las restricciones del Covid, con frecuencia he celebrado virtualmente alguna forma de la Eucaristía. Al principio, presidiendo esos servicios, mi pensamiento era ¿cuál es el valor de una Plegaria Eucarística  si no va a haber comunión? Así que, simplemente salté directo desde la Liturgia de la Palabra hasta el Padrenuestro. Finalmente, sin embargo, consideré que algo más se podría ofrecer. Así, (con las palabras de Godfrey Diekmann  ahora a cuarenta años de distancia) escribí una Plegaria Eucarística para una misa virtual.

¿Qué es una Plegaria Eucarística? La mayoría de la gente diría que es esa parte de la Eucaristía en la que el sacerdote consagra el pan y el vino; pero eso es sólo parte de ella. La Plegaria Eucarística es esa parte de la Eucaristía en que hacemos el memorial (Zikkaron, en hebreo) del mayor acontecimiento por el que Cristo nos salvó,    a fin de hacernos presente ese acontecimiento para que nosotros hoy participemos en él. Acudimos a la Eucaristía   no sólo para recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, sino (a la vez, tan importante) para participar en un acontecimiento, a saber, la acción salvífica de Cristo cuando sobrelleva su Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión y  Pentecostés. La Eucaristía es la Cena de la Pascua cristiana y, como la Cena de la Pascua judía, su propósito es hacernos presente un acontecimiento pasado.

¿Cómo se da esto? No tenemos una metafísica en la que entender esto. En el ritual sagrado, en la Eucaristía, como en una cena de Pascua, sucede algo que trasciende el tiempo. Esto no contradice el entendimiento, la imaginación ni las leyes de la naturaleza; sólo los lleva más allá de sus límites normales.

He aquí una Plegaria Eucarística para esas ocasiones en las que no hay pan ni vino que consagrar.

Señor, Dios, tú irrumpes en nuestras vidas de maneras extraordinarias para manifestar tu amor y salvarnos.

Dividiste milagrosamente las aguas del mar Rojo a tu pueblo elegido y lo guiaste a lugar seguro al suspender las leyes de la naturaleza. Después, en el desierto, los alimentaste milagrosamente con el maná y les revelaste la ley en tu corazón.

Ya que sólo una generación anduvo a través de las divididas aguas del Mar Rojo y sólo esa generación comió tu maná en el desierto, Tú, Señor Dios, instituiste la cena de Pascua como un ritual por el cual cada generación hasta el fin de los tiempos pudiera andar a través de las divididas aguas del Mar Rojo y comer tu pan en el desierto. La cena de Pascua recuerda estos acontecimientos salvíficos de un modo que, en tu infinitud, hoy nos los hace actuales de nuevo.

Esto es verdad también por las acciones salvíficas de tu hijo, Jesucristo. Su Pasión fue una nueva esclavitud; su confianza en la Muerte, una nueva fe; que lo elevaras en la Resurrección y su Ascensión, un nuevo Éxodo; y su envío del Espíritu en Pentecostés, una nueva entrada en la Tierra Prometida.

Por tanto, Señor Dios, en la noche anterior a su muerte, tu hijo nos dejó la Eucaristía como una Cena de Pascua a través de la cual tú haces presentes de nuevo estos acontecimientos salvíficos.

Te pedimos, por tanto, que envíes tu Espíritu sobre todos nosotros aquí reunidos para hacer el memorial de las  acciones salvíficas de tu Hijo. Concede que, por la conmemoración de este ritual, cada uno de nosotros, y todos nosotros como una comunidad, estemos unidos con Cristo en su Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión, y en su Envío del Espíritu. Tú que estás más allá del tiempo, concédenos hoy la gracia de ser uno con Cristo en su sacrificio, uno con él en su morir y resucitar.

Así como celebramos este memorial, ayúdanos a saber que somos uno con Tu Hijo, nuestro Señor, Jesús, unidos con él mientras está sobrellevando su Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión y Pentecostés.

Señor, Dios, ayúdanos a saber que el alimento de esta Eucaristía es el nuevo maná por el que alimentas a tu pueblo con alimento celestial.

Señor, mientras hacemos este memorial, te pedimos sobre todo que nos ayudes a superar todo lo que nos separe a unos de otros, toda división en nuestro mundo, de modo que Tú puedas alimentarnos a todos en una sola mesa, como una sola familia, como un solo Dios de todos nosotros.

Pedimos todo esto por, con y en tu hijo, Cristo, nuestro Señor… AMEN.

En la Eucaristía, no sólo comemos el pan de vida; también morimos y resucitamos con Cristo.

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