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Un santo para nuestro tiempo

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Hoy, ser meramente santo no es suficiente; debemos tener una santidad requerida por el momento presente.

Simone Weil escribió eso, y tiene razón. Necesitamos santos requeridos por el momento presente, y me gustaría proponer a alguien al que -creo yo- le cuadra esa descripción: Henri Nouwen, el sacerdote y popular escritor espiritual que murió en 1996. ¿Qué santidad vivió y por qué es particularmente oportuna en términos del momento presente?

Henri Nouwen es posiblemente el escritor de espiritualidad más influyente de nuestra generación. No obstante, su espiritualidad no nació de un temperamento fácil ni de una fe no probada. Como escribe  Michael Higgins en su biografía de Nouwen, el suyo fue un “genio nacido de la angustia”. Nouwen fue un santo destrozado por la ansiedad, un patrón ideal para una generación inundada con ella.

Fue una persona compleja, angustiada y ansiosa, con una personalidad hipersensible. Era propenso a la obsesión en sus relaciones íntimas, ocasionalmente manifestaba una necesidad que era más inmadura que inocente y estaba siempre obsesionado por la sensación de que (a pesar de todo el amor, la aceptación y el éxito que experimentó) no era amado en realidad y ningún lugar era un hogar para él. A la vez, cuidó interiormente de una herida que nunca pudo explicar a los demás, ni fue capaz de hacer la paz consigo mismo. Juntamente con todo eso, tenía un temperamento artístico (con sus talentos y sus cargas) y, como muchos artistas, tuvo que luchar para mantenerse fuerte, normal y equilibrado en el proceso creativo, gozar de una sensatez ajustada a la realidad y mantener su sexualidad dentro del marco de sus votos. De esa suerte, podía salir a un escenario, irradiar una poderosa energía y luego salir del escenario y, en minutos, echarse a llorar y pedir a alguien que lo consolara. En términos de su sexualidad, aunque era un célibe con votos a los que permanecía fiel, ocasionalmente se enamoraba tan obsesivamente de alguien que era capaz de guardar sus votos y su sensatez sólo ingresando en una clínica en busca de ayuda profesional.

Estas no son las cosas que normalmente se leen en las vidas de los santos, al menos de aquellos que están canonizados oficialmente y se mantienen como modelos de santidad; pero, de hecho, eso es materia de santidad. Soren Kierkegaard, al que Henri idealizó, definió a un santo así: un santo es alguien que puede querer la única cosa. Tarea nada fácil. No porque lo correcto sea difícil de querer, sino porque también queremos otras muchas cosas. Tomás de Aquino afirmó que toda elección es una renuncia. Eso es una declaración incompleta. Toda elección viene a ser una serie de renuncias, y eso hace difícil tanto la elección como la santidad.

Escribiendo sus diarios, Nouwen describe sus luchas de esta manera: Quiero ser un gran santo, pero también quiero experimentar todas las sensaciones que experimentan los pecadores. Quiero recogerme en el silencio de la oración, pero no quiero perderme nada que suceda en el mundo. Quiero sepultarme en el anonimato entre los pobres, pero quiero también escribir libros, ser conocido por los demás, ver lugares, encontrarme con gente y hacer cosas interesantes. Con eso luchó, exactamente como hacemos todos; pero él se las ingenió, por fin, para querer la única cosa.

¿Cómo lo hizo, cómo llegó a ser santo a pesar de todo? Lo hizo gracias a una humilde honradez que nunca negó sus luchas. Lo hizo aceptando su propia complejidad, cayendo de rodillas en oración de impotencia cuando su propia fuerza no era suficiente y permitiendo que los pobres lo amaran. Y lo hizo compartiendo sus heridas con el mundo, buscando la ayuda profesional siempre que se abatía, y aprendiendo de todo dolor, obsesión y angustia, ya que, al final, nuestros corazones son más fuertes que nuestras heridas; por esto podemos mantener nuestros compromisos y finalmente encontrar la paz en la complejidad, la tentación y la lucha.

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