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Un Retrato de Dorian Gray y de Nuestra Cultura

Ron Rolheiser (Tradujo Carmelo Astiz, cmf) -

Hace poco más de un siglo, el gran escritor irlandés Oscar Wilde escribió una famosa novela titulada “Un Retrato de Dorian Gray”. La obra comienza así:
Basil Hallward, pintor, había concluido un retrato de un joven extraordinariamente guapo, Dorian Gray. Justo cuando el pintor acaba el retrato, irrumpe en la habitación un joven Lord, brillante aunque muy cínico, Henry Woton; se queda maravillado del retrato y felicita a Dorian por su bella presencia. Dorian, bastante humilde en esta etapa de su vida, le dice a Lord Henry que su buen aspecto significa poco para él. Pero Lord Henry le reta a Dorian a hacer que su buena apariencia signifique algo, tanto por ser real como por ser efímera.

Éstas son sus palabras dirigidas al joven Dorian Gray: Tiene usted un rostro maravillosamente hermoso, Sr. Gray. No frunza el ceño. Es verdad, lo tiene. Y la Belleza es una forma del Talento o Genio; y  ciertamente está más elevada que el Talento, ya que no necesita que la expliquen. Es una de las realidades sensacionales del mundo, como la luz del sol, o la primavera, o el reflejo en aguas oscuras de esa concha plateada que llamamos luna. No se la puede poner en duda. La Belleza tiene su derecho divino de soberanía. Hace príncipes a los que la poseen. ¿Se sonríe usted? ¡Ah! Cuando la pierda, no se sonreirá… La gente dice a veces que la Belleza es solamente algo superficial. Puede que así sea. Pero al menos no es tan superficial como el Pensamiento. Para mí, la Belleza es la maravilla de maravillas. Solamente la gente superficial no juzga por apariencias. El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible… Sí, Sr. Gray, los dioses han sido buenos y generosos con usted. Pero los dioses… lo que dan, enseguida te lo quitan. Tiene usted solamente unos pocos años para vivir real y perfectamente, en plenitud. Cuando su juventud se marchite, su belleza se marchitará con ella, y entonces descubrirá usted de repente que ya no hay éxitos preparados para usted, o tendrá que contentarse con esos triunfos mezquinos que su memoria o su pasado los convertirán en más amargos que los mismos fracasos. Cada mes que pasa, al declinar, le acercará más a algo fatal. El tiempo siente celos por usted, y batalla contra sus lirios y sus rosas. Se volverá usted pálido, con mejillas hundidas y ojos apagados. Sufrirá horriblemente… ¡Ah! Percátese ahora de su juventud; y desarróllela y gócela mientras la tiene. No desperdicie sus días  –que son oro–  escuchando a la gente aburrida y tediosa, o intentando mejorar el fracaso sin remedio, o entregando su vida a la gente ignorante, vulgar y ordinaria. Ésos son los objetivos enfermizos, los falsos ideales de nuestra era. ¡Procure vivir a tope! ¡Viva la vida maravillosa que ahora posee! Que nada se pierda o menoscabe en usted. Busque siempre nuevas sensaciones. No tenga miedo a nada… Un nuevo Hedonismo, eso es lo que nuestro siglo quiere. Usted podría ser su símbolo visible. Con su personalidad, no hay nada que se le resista. El mundo le pertenece por una temporada…

¡Un nuevo Hedonismo, eso es lo que nuestro siglo quiere! Oscar Wilde profetizó esto hace más de un siglo y, según parece, es ahí precisamente hacia donde hemos evolucionado en nuestro mundo occidental. La bella apariencia corporal, la “buena percha”, la esbelta figura, el cuerpo atlético, el ser atractivo sexualmente, el permanecer joven y el ser admirado por el cuerpo, todos estos elementos se convierten, para la mayoría de nuestra cultura, en una tremenda, obsesiva preocupación. La mayoría de la gente en nuestra cultura -quizás no en teoría, pero sí ciertamente en nuestras opciones de vida prácticas- estaría de acuerdo con Lord Henry cuando afirma: El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible. La buena apariencia tiende a ganar la partida en todo.

No es que todo esto sea malo. ¡Poco profunda es la espiritualidad que desacredita al  cuerpo! ¡No somos ángeles, espíritus incorpóreos, sino criaturas de cuerpo y alma, y ambos son importantes para nuestra salud espiritual. No nos creó Dios para que caminemos por

esta tierra indiferentes a nuestra apariencia corporal, sexualmente insensibles, y despreocupados por nuestra salud física. Efectivamente, la indiferencia ante nuestra salud y ante nuestro aspecto corporal es una de las señales de depresión clínica. El ser joven, rebosante de salud y sexualmente atractivo…, se supone que hay que gozarlo, pues ése es uno de los placeres que Dios destinó para nosotros. No hay virtud alguna en aparecer y sentirse desaliñado y desharrapado…

Por consiguiente: ¡Es bueno, espiritualmente, estar sano físicamente! ¡Es bueno, espiritualmente, esforzarse por conservar atractivos nuestros cuerpos! ¡Es bueno, espiritualmente, vivir de forma sana nuestra sexualidad! Pero éstos son medios, no son el fin. Juventud, salud y atractivo sexual no tienen un derecho divino de soberanía, como sugieren Lord Henry y gran parte de nuestra sociedad contemporánea. No son fines en sí mismos, sino sólo parte de nuestro caminar hacia la madurez, hacia el altruismo y hacia la felicidad. No son el objetivo o meta de ese caminar.

Y cuando los convertimos en objetivo de nuestro viaje, bien pronto probaremos la bilis amarga que Lord Henry apuntó en su consejo al joven Dorian Gray: Descubrirá usted de repente que ya no hay éxitos preparados para usted, o tendrá que contentarse con esos triunfos mezquinos que su memoria o su pasado los convertirán en más amargos que los mismos fracasos.

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