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Tratando de la parálisis emocional

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, CMF) -

Nuestra mayor fortaleza es con frecuencia nuestra mayor debilidad. La sensibilidad es un don; pero, como cualquier persona sensible te dirá, ese don puede ser una bendición híbrida. A veces, una piel tosca e insensible puede librarte de mucho sufrimiento, particularmente del dolor de corazón.

El popular escritor espiritual Henri Nouwen fue una persona altamente sensible. Eso fue a la vez su regalo y su castigo. Sufrió mucho a causa de su sensibilidad. Por ejemplo, varias veces se enamoró desesperadamente de alguien; pero, al ser él un célibe con votos y al no ser correspondidos esos profundos sentimientos, se quedó solo en esa obsesión, frustrado, emocionalmente paralizado. Estos obsesivos sentimientos le desbordaron tanto que (para honradez y crédito suyos) recurrió a ayuda clínica. Como él mismo reconoció, esos fueron los periodos más oscuros y dolorosos de su vida.

Hay muchos como él en este mundo y hay alguien como él en todo el que es altamente sensible. En efecto, uno de los héroes de Nouwen fue el afamado pintor holandés Vincent Van Gogh, quien sufrió de hipersensibilidad aguda durante buena parte de su vida; y, en cierto momento, sufriendo una obsesión emocional amorosa, se cortó una de sus orejas y se la mandó a la persona con la que estaba obsesionado. Otra persona a la que Nouwen idolatró fue el filósofo danés Soren Kierkegaard, cuya soledad personal condicionó sus escritos religiosos y filosóficos. No es extraño que tantas personas altamente creativas (artistas, escritores, intérpretes) caigan en manos de la obsesión emocional. Sospecho que, en cierto grado, esto es verdad para todos nosotros.

¿Qué hay que hacer cuando alguna obsesión emocional literalmente nos paraliza?

He planteado dos veces esta cuestión a los psicólogos. En la primera ocasión, fue al renombrado psicólogo holandés Antoine Vergote. Dos veces tuve el privilegio de asistir a su clase; y, en una de ellas, le formulé esta pregunta. ¿Cómo ayuda a una persona que está muy paralizada por alguna angustia u otro dolor que la deja suicida? Su respuesta fue humilde. Empezó diciendo que esta es singularmente la situación más difícil de la que siempre trataremos en nuestro interior, en nuestras familias y amistades, y en las situaciones pastorales y consultivas. Admitió que la psicología estaba aún peleando a brazo partido con lo que podría ser una respuesta provechosa, y sugirió que podríamos encontrar algunas perspectivas iluminadoras al leer a los grandes novelistas.

Entonces ofreció esto: La obsesión emocional es una forma de superconcentración, una fijación que nos atrapa hasta que de alguna manera rompemos su hechizo. Lo que puede ser provechoso (si algo puede serlo) es la distracción, cualquier cosa que puede quitar de la mente de esa persona su fijación. Esto puede sonar impropio, especialmente cuando nuestro consejo religioso perenne ha sido “confiar tus problemas a la capilla”. ¿No debería la oración ser la respuesta? Sí, debería serlo, pero eso también tiene sus peligros. Si estás en la paralizante garra de una obsesión, solo en una capilla podría hallarse el último lugar en el que necesitas estar. Solo y emocionalmente paralizado, la oscuridad bien podría oprimirte. En nuestros momentos más oscuros, es el Dios encarnado, el toque humano de Dios por medio del cuidado de alguien, lo que constituye la auténtica capilla a la que necesitamos ir.

El segundo psicólogo al que planteé esta cuestión añadió este consejo: Nunca permanezcas solo en esta clase de oscuridad. De veras, nunca entres solo. Estate con alguien: un amigo, un mentor, un médico, un guía, un compañero de fatigas, cualquiera. Recuerdo una ocasión, hace algunos años, cuando un joven me vino atrapado en este tipo de obsesión y me indicó que lo que deseaba hacer era marcharse por su cuenta a las montañas, alquilar una cabaña y “pensarlo despacio”. Yo le aconsejé insistentemente que eso era lo último que debería hacer, dado que estar solo y aislado con su obsesión resultaría peligroso. Lo que necesitaba -le indiqué- eran cosas que podían distraerlo: su trabajo, sus amigos, sus rutinas, sus escapadas normales.

No todos son Jesús, el cual se introdujo solo en la oscuridad de su crucifixión. Con la importante salvedad de que no estaba solo: estaba con su Padre. Si confiamos en nuestra fe lo bastante fuertemente como para entender que, respecto a cualquier cosa, sabremos que Dios está ahí por nosotros, entonces podemos arriesgarnos a entrar solos en la oscuridad. Después podemos llevar nuestra parálisis emocional a la capilla y a las remotas cabañas de las montañas. Con todo, si tememos que nosotros mismos heridos podemos volvernos desvalidos y suicidas, desearemos aferrarnos rápidamente a la mano de un amigo de confianza y buscar cualquier clase de distracción que pueda disipar la obsesión que nos está paralizando.

En una de esas ocasiones en que Henri Nouwen había ingresado en una clínica por depresión, escribió un libro, La voz interior del amor, para explicar cómo al fin logró el éxito. Lo que finalmente aprendió es que nuestros corazones son más grandes que nuestras heridas; pero no siempre conocemos eso en la oscuridad.

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