En este artículo exploramos la esencia del condiscípulo y la identidad del seguidor de Jesucristo como el único Maestro. Analizamos la diferencia radical entre el magisterio de Jesús y los rabinos de Israel, la importancia del Espíritu Santo como Maestro interior y la actitud de docilidad activa que debe definir la vida del creyente y la vida consagrada.

El seguidor de Cristo es y debe ser un perpetuo discípulo, un aprendiz, alguien que permanece en todo momento a la escucha del Maestro, en actitud abierta de docilidad activa, queriendo aprender y dejándose enseñar. No puede tener nunca pretensiones magisteriales.
La identidad del discípulo como estado permanente
Ser discípulo de Jesús no es, para nosotros, una situación pasajera o circunstancial, sino una condición permanente de vida, un manera estable de ser, es decir, un verdadero estado. El nombre de discípulo es nuestro nombre propio. Un nombre, que nos constituye y nos define en nuestra más radical identidad y en nuestra más esencial misión. De ahí, que esta palabra aparezca no menos de 250 veces en los escritos del nuevo testamento. La simple estadística pone de manifiesto la importancia del concepto expresado por ese vocablo. (¿No es oportuno y, tal vez, aleccionador recordar que la palabra pobre aparece también unas 250 veces, en los textos del antiguo testamento? ¿Será meramente casual esta coincidencia? O, por el contrario, ¿no se podría afirmar que ser, de verdad, discípulo es una forma verdadera y radical de ser pobre?).
El modelo de magisterio en Israel
Seguir a un maestro o rabí, en Israel, partía siempre de la iniciativa del discípulo o seguidor. Era él quien elegía libremente al maestro y quien se ponía bajo su autoridad y enseñanza. Por otra parte, ningún maestro lo era para siempre, con carácter definitivo. Se cambiaba espontáneamente de maestro, cuando al discípulo le parecía oportuno, por ejemplo, cuando creía que ya no podía recibir de él ninguna enseñanza. Además, todo discípulo podía tener, al mismo tiempo, varios maestros, confrontando sus respectivas enseñanzas e incluso contraponiéndolas. Además, los maestros judíos solían ser personas de no corta edad y de larga experiencia, y que -a su vez- eran reconocidos como discípulos aventajados de renombrados maestros anteriores. Por otra parte, limitaban su enseñanza a repetir las enseñanzas de otros y se remitían permanentemente a las tradiciones antiguas o a las costumbres vigentes.
La singularidad de Jesús como Maestro único
En el caso de Jesús, todo acaece de modo distinto y hasta abiertamente contrario. Este Maestro-Rabí destaca, sin duda, por su juventud, pero, sobre todo, por su sorprendente autoridad, por la clara conciencia que tiene de Sí mismo y de su misión, por su asombrosa libertad frente a todos y frente a todo, por su fuerza y poder de atracción, por sus exigencias radicales, por la gran ‘pretensión’ de saberse plenipotenciario y lugarteniente de Dios, «Camino, Verdad y Vida», Luz del mundo, con palabras que no pasarán, capaz de perdonar los pecados y de dar la vida a los muertos, y… también muy superior a los más grandes personajes del antiguo testamento -Abrahán, Moisés, Jonás, David, Salomón…, Juan el Bautista- y a sus más venerables instituciones, como la Ley, el Sábado o el Templo2.
Jesús se distingue y se distancia, absolutamente, de todos los maestros anteriores a él y contemporáneos suyos, en que «llama a los que quiere», tomando siempre la iniciativa, adelantándose a llamar, de forma personal y directa, a cada uno de sus discípulos y seguidores inmediatos3. Hasta poder decir a los apóstoles, con tono solemne y decisivo, que no admite posibilidad de réplica: «No me habéis elegido vosotros a Mí. Soy Yo el que os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16). Afirmación que nadie, fuera de él, se atrevió nunca a realizar.
La renuncia a pretensiones magisteriales
Por otra parte, el seguidor o discípulo de un maestro-rabí, en Israel, tenía la pretensión de llegar a ser, un día, también él, maestro. En cambio, el seguidor-discípulo de Jesús no puede tener nunca pretensiones ‘magisteriales’, aspirando a ser rabí o maestro para nadie. El tiene que ser y seguir siendo perpetuo discípulo. Jesús es, para él -y lo será siempre-, no sólo el mejor y más alto Maestro, superior a todos los demás, sino el único Maestro.
Por eso, el seguidor-discípulo ha de mantenerse siempre en actitud de apertura total, de docilidad activa, de seguimiento radical, dispuesto a todo -a perderlo todo- por Jesús. Y, en relación con los demás discípulos-creyentes, no ha de creerse ni presentarse nunca como Maestro, ni siquiera en re-presentación o suplencia de Jesús, sino como condiscípulo, que se remite siempre a la enseñanza del Maestro único y común de todos. Por eso, nunca debe decir a los demás lo que no se haya dicho previamente a sí mismo. Y, mientras hable o se dirija a los otros, tiene que irse diciendo a sí mismo y aplicando a la propia vida lo que les intenta anunciar o aconsejar a ellos. Tampoco puede ofrecer nunca un mensaje propio, sino solamente el Mensaje de Jesús, y con la máxima fidelidad posible. De ahí que la mejor forma de enseñanza cristiana no sea el discurso o el sermón, sino la homilía, es decir, el comentario vivo, ungido y tembloroso, de la Palabra.
Jesús-Maestro no llama ni reúne en torno a sí a un grupo de discípulos para que conozcan la Ley, como lo hacían los maestros-rabinos de Israel. El les llama y congrega para que compartan su vida-misión. No les convoca para el estudio sino para la comunión y el servicio. He aquí una diferencia esencial entre Jesús y los otros maestros4…
La ejemplaridad absoluta de Jesucristo
En este contexto, no será inútil recordar las oportunas consideraciones de Romano Guardini acerca de la ejemplaridad de Jesús. Esta ejemplaridad, como sabemos, fue no sólo excepcional y suprema, sino incluso ‘única’ y ‘absoluta’. De tal modo que todas las demás ejemplaridades son del todo ‘relativas’ a ella, puesto que sólo son de verdad ‘ejemplares’, en la medida en que imitan o reflejan alguna actitud vital de Jesús. Por eso, han de entenderse siempre en pura referencia a Jesús y ‘en relación’ estricta con él. (¡Absolutizar cualquier otra ejemplaridad, sería una forma de idolatría!).
Y, sin embargo, la misión de dar ejemplo nunca fue, en Jesús, una verdadera ‘preocupación’ y, menos aún, una especie de ‘obsesión’; ni estuvo nunca marcada por el ‘afán’. Así dice Guardini: «La opinión de que Jesús siempre ‘dio ejemplo’ destruye muchísimos rasgos de su santa imagen. Es indudable que dio ejemplo. Fue y es el modelo por excelencia. Pero la figura del Señor pierde toda su espontaneidad si nos empeñamos en ver en él una actitud pedagógica… Seguir sus huellas no significa ‘remedarle’, lo cual engendraría gestos artificiales y pretenciosos, sino vivir en él y obrar a cada momento según su Espíritu»5.
El ministerio jerárquico y los Fundadores
Hay que advertir que, cuando se llama maestros -maestros de la fe- a los Obispos6 y, especialmente, al Papa, se ha de entender esta palabra no en sentido riguroso y estricto -con mayúscula-, sino en un sentido derivado y secundario. Es, pues, lícito y correcto llamar maestros al Papa y a los Obispos, con tal de que esa palabra se entienda en sentido ‘relativo’, es decir, en pura y directa relación a Jesús, que es el único Maestro, como discípulos cualificados, en cuando que gozan de una asistencia especial del Espíritu Santo en orden a poder transmitirnos, con garantía y fidelidad, el mismo Mensaje de Jesús.
Nuestra esencial condición de condiscípulos -en el seguimiento radical de Cristo, que es la vida consagrada– debería expresarse y traducirse en una actitud vital de docilidad activa, de diálogo abierto, escuchando todos a todos para poder escuchar de veras a Jesús y a su Espíritu. Algo similar hay que decir de nuestros Fundadores y Fundadoras. En realidad, no son término de nuestro seguimiento e imitación -el único término es Jesucristo-, sino compañeros de viaje en el seguimiento e imitación de Jesús. Son nuestros condiscípulos, más que nuestros maestros. Pero, condiscípulos que han recibido una gracia especial del Espíritu. Son un ‘trampolín’ para saltar hasta Jesús.
El Espíritu Santo como Maestro Interior
Hablando con rigor, sólo es de verdad maestro el que enseña un mensaje propio, no el que transmite el mensaje de otro. Y Jesús mismo, que tiene aguda conciencia de ser no sólo Maestro, sino **»el Maestro»**10 sabe también perfectamente que su doctrina no es suya, sino del Padre. Por eso, es no sólo el Mensajero, sino también el Mensaje, el Profeta y la Profecía. Y, por eso mismo, él es el único Maestro verdadero, porque es «la Verdad» (Jn 14, 6)).
Como afirma la Epístola a los Hebreos, «muchas veces y de muchos modos habló Dios, en el pasado, a nuestros padres, por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado en su Hijo» (Heb 1, 1-2). El comentario de San Juan de la Cruz a estas palabras es denso de contenido y altamente esclarecedor: «Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él…»12.
De la incomprensión a la Verdad completa
Pero Jesús, siendo y sabiéndose el único Maestro, no fue, de hecho, ‘eficaz’ mientras ejerció su magisterio de forma visible entre los hombres. Es significativo encontrar, a lo largo de los Evangelios, como un estribillo doloroso la constatación de que los apóstoles «no entendían». Jesús sabía de antemano que sólo, cuando viniera el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, se lo enseñaría todo y se lo haría comprender.
El Espíritu Santo es el Maestro interior. Porque enseña por dentro y desde dentro, y hace asimilar vivencialmente el mensaje mismo de Jesús. El Espíritu Santo hace recordar y asimilar el mensaje mismo de Jesús, llevando hasta la verdad completa. Por la fuerza del Espíritu, la cobardía de los apóstoles se transforma en valor; la ignorancia, en sabiduría.
La reflexión de San Agustín sobre el Maestro interior
Acerca del Maestro interior, tiene San Agustín unas reflexiones agudas: «El sonido de nuestras palabras hiere el oído, pero el maestro está dentro. No penséis que alguien aprende algo de un hombre. Podemos llamar la atención con el ruido de nuestra voz; pero, si no está dentro el que de verdad enseña, es vano nuestro sonido… El magisterio externo consiste en ciertas ayudas y avisos. Quien instruye los corazones tiene su cátedra en el cielo. Por eso, dice él mismo en el Evangelio: No llaméis Maestro a nadie en la tierra; uno solo es vuestro Maestro, Cristo (Mt 23, 8-9)».
En consecuencia, os decimos esto: ya plantemos, ya reguemos hablando, nada somos; el que da el crecimiento es Dios, es decir, es su unción la que os enseña todas las cosas»15.
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En todo caso, no estará de más recordar, al final de esta reflexión, la serena advertencia de los místicos sadilíes: «No será tu maestro aquel a quien escuches, sino aquel de quien aprendas. Ni lo será aquel que te dé sus explicaciones, sino aquel que deje en tu corazón huella de sus enseñanzas. Ni lo será el que te invite a entrar por la puerta, sino el que te descorra el velo. Ni aquel que te ofrezca sus palabras, sino aquel que excite en ti sus mismos estados espirituales».
1 San Agustín, In Joannis Evangelium, 16, 3: «Magistrum enim unum omnes habemus, et in una schola condiscipuli sumus» (ML 35, 2523).
2 Cf Mt 5, 21-44; 9, 2-8; 10, 21.37; 11, 25; 24, 35; 25, 31-46; 28, 18; 12, 6.8; Mc 2, 1-12; 8, 35; 9, 42-47; 13, 31; Lc 2, 49; 10, 21; 14, 26.33; 21, 33; Jn 5, 19.22.26.27; 9, 29.39; 10, 14.18.28.37-38; 14, 10-12; 15, 24.28; 16, 15; 17, 2.1.25; etc.
3 Cf Mt 4, 18-22; 8, 21-22; 9, 9; Mc 1, 16-20; 2, 13-14; 3, 13-19; 5, 18-19; Lc 5, 1-11.27-28; 9, 59; Jn 15, 16; etc.
4 El judío C. G. Montefiore, gran erudito y abanderado del judaísmo reformado inglés, escribía, en 1930: «El discipulado, tal como Jesús lo exigió e inspiró -un seguimiento no para el estudio, sino para el servicio, para ayudar al maestro en su misión, para llevar a cabo sus instrucciones, etc.- constituyó, en todo caso, según parece, algo nuevo, algo que no cuadraba o no estaba en perfecta armonía con las habituales costumbres o fenómenos rabínicos» (C. G. Montefiore, Rabbinic Literature and Gospel Teachings, 1930, p. 218).
5 Romano Guardini, El Señor, Ediciones Librería Emmanuel, Buenos Aires, 1986, (edición en un solo tomo), p.648.
6 Cf LG 22; 37; CD 2; CDC, c 212, 1; etc.
7 San Agustín, Sermo 47, 12-14: «Imitatores nostri sint, si nos Christi; si autem nos non Christi, imitatores sint Christi» (CCL 41, 582-584).
8 San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, n. 156, en «Obras Completas», BAC, Madrid, 1982, 11ª ed., p. 54.
9 Juan Leal, S.I., Primera Carta a los Corintios: traducción y comentario, en «La Sagrada Escritura. Nuevo Testamento», BAC nº 211, Madrid, 1965, 2ª ed., p. 419.
10 «Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís verdad, porque lo soy» (Jn 13, 13-14).
11 «Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me ha enviado me ha ordenado lo que tengo que decir y enseñar… Por eso, lo que yo os digo, lo digo tal y como me lo ha dicho el Padre» (Jn 12, 49.50). «Las palabras que os digo no las digo por mi propia cuenta; el Padre que está en mí, es el que realiza sus propias obras… Mi doctrina no es mía, sino del Padre que me ha enviado » (Jn 14, 10.24). «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15). «Les he comunicado las enseñanzas que tú me diste… Yo les he confiado tu doctrina» (Jn 17, 8.14).
12 San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, lib. 2, cap. 22, nn. 3-5: en «Obras Completas», BAC, Madrid, 1982, 11ª ed., p. 201.
13 Cf Mt 15, 16; Mc 9, 30; 16, 14; Lc 9, 45; 24, 25.37-48; Jn 13, 7; 16, 17-19; etc.
14 Hech 4, 13; cf Hech 5, 29-32.41-42; etc.
15 San Agustín, In Epistolam Joannis ad Parthos, tr. III, 13: PL 35, 2004-2005.
16 Id., ibíd., tr. IV, 1: PL 35, 2005.
17 Pablo VI, Discurso en la Clausura de la III Sesión del Concilio Vaticano II, proclamando a María Madre de la Iglesia, el 21 de noviembre de 1964.




