Todas las vidas importan

16 de marzo de 2026

Todas la vida importanTheodore Roethke comienza su poema En un tiempo oscuro con estas palabras: «En un tiempo oscuro, el ojo empieza a ver». Vivimos un tiempo oscuro, asediado por el odio, divisiones amargas y guerras que, diariamente, traen muerte y un trauma incalculable a millones de personas. Pero, ¿están empezando a ver nuestros ojos?

A veces, en un tiempo oscuro, el humor irreverente puede ayudarnos a ver. He aquí un ejemplo: Hace poco dirigía un retiro en un centro de renovación cerca de una playa. Dando un paseo por la playa durante uno de nuestros descansos, vi a tres jóvenes sentados en la parte trasera de una camioneta. El estéreo de la camioneta atronaba con música que se oía a cientos de metros, y los tres jóvenes, con sus gorras de béisbol del revés, alzaban alegremente latas de cerveza y saludaban felices a todos los que les rodeaban. Y sobre la camioneta ondeaba una gran bandera que rezaba: ¡Las vidas de los borrachos importan! Su alegre irreverencia me levantó el ánimo, como también lo hizo a los participantes del retiro cuando compartí la historia con ellos.

Sí, a veces vemos que incluso las vidas de los borrachos importan. Todas las vidas importan.

Que todas las vidas importan es algo que hay que resaltar ahora mismo porque hoy estamos recibiendo la fuerte impresión, por parte de algunos de nuestros altos funcionarios del gobierno y otros, de que algunas vidas no importan, al menos no tanto como las nuestras y las de nuestros seres queridos. He aquí la cuestión:

Durante las últimas semanas, Estados Unidos e Israel han estado en guerra con Irán, una guerra que ha desestabilizado millones de vidas. Durante estas semanas ha habido 15.000 ataques con bombas en Irán y Líbano, e Irán ha tomado represalias con innumerables ataques dirigidos contra intereses de Estados Unidos e Israel.

Se han perdido varias vidas estadounidenses e israelíes y varios cientos de estadounidenses e israelíes han resultado heridos. Y hemos llorado debidamente esas muertes y heridas, llorado que estas preciosas vidas se perdieran o resultaran heridas. Nuestra empatía nos hizo ver que estas vidas eran preciosas y que un oxígeno insustituible abandonó el planeta cuando cada uno de ellos murió. Reconocimos que sus vidas importaban. Y eso va en nuestro crédito.

Sin embargo, durante este tiempo, se han perdido más de 2000 vidas en Irán y Líbano y a cientos de miles se les ha destrozado la vida irrevocablemente, y (al menos públicamente) no les hemos concedido la misma empatía que dimos a los nuestros. Para nosotros, al parecer, sus vidas no eran tan preciosas como las nuestras.

Quizás esto pueda excusarse (o al menos entenderse) por el hecho de que no vemos estas otras vidas de primera mano. Están lejos de nosotros, son abstractos, sin rostro, sin nombre, iraníes y libaneses.

Sin embargo, lo que no es excusable es la forma tan frívola e insensible en que algunos líderes del gobierno y otros a su alrededor están hablando de esta guerra y esas muertes. Su lenguaje ante todas estas muertes y el desplazamiento de millones es el lenguaje de la celebración; lo que uno podría escuchar en un partido de fútbol cuando tu equipo local está humillando a un rival odiado. ¡Les estamos ganando! ¡Les estamos humillando! ¡Les estamos bombardeando hasta el olvido! ¡Hurra!

¿Dónde está nuestra empatía por su sufrimiento, por sus muertos, por los millones de vidas que ahora están siendo destrozadas por la muerte, el desplazamiento y el dolor? Es como si las muertes iraníes y libanesas no fueran reales, como los asesinatos virtuales en un videojuego. Incluso el título de esta guerra apesta a videojuego: ¡Furia Épica! Pero esto no es un videojuego. Personas reales están muriendo. Cientos están muertos y millones viven con corazones que se rompen o en la desesperación.

Estamos llamados por lo mejor que hay en nosotros a tocar esa parte de nuestro corazón donde nos preocupamos por más que solo los nuestros. Necesitamos tocar esa parte empática más profunda dentro de nosotros que puede decir (y decir en voz alta): ¡Las vidas iraníes importan! ¡Las vidas libanesas importan! ¡Todas las vidas importan! Cada vida es tan preciosa como la mía.

Por supuesto, también necesitamos seguir diciendo que las vidas estadounidenses y las vidas israelíes importan.

Todas las vidas humanas son igualmente preciosas a los ojos de Dios. Como dice San Pablo en su Carta a los Gálatas (3,28): «No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». En efecto, eso dice que en Cristo no hay estadounidense ni iraní, no hay israelí ni libanés, no hay vidas que no importen o importen menos que otras vidas.

La guerra es la guerra e incluso puede haber guerras justas, y comprensiblemente la gente muere en las guerras. Eso puede aceptarse.

Pero, tenemos mejores corazones que caer en la empatía selectiva. Tenemos mejores corazones que celebrar la muerte y la destrucción de vidas como celebraríamos el triunfo de nuestro equipo deportivo favorito demoliendo a un rival odiado. Tenemos mejores corazones que ver las muertes y la destrucción de innumerables vidas como no totalmente reales, como los muertos en los videojuegos.

¡Somos mejores que eso!