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Sin padre en lo profundo de nuestro ser

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

Los antropólogos nos dicen que el “hambre de padre”, un deseo frustrado de ser acogido por nuestros propios padres, es una de las más profundas hambres que hay en el mundo de hoy, especialmente entre los hombres. Millones de personas tienen la sensación de que no han recibido la acogida de su padre. Robert Bly, Robert Moore, Richard Rohr y James Hillman, entre otros, ofrecen ricos aspectos sobre esto. 

Sufrimos de estar sin padre. Sin embargo, en su raíz más profunda, este sufrimiento es algo que está mucho más allá de la mera ausencia de una acogida de parte de nuestros padres biológicos. Tendemos a estar sin padre de un modo mucho más profundo. ¿Cómo es eso?

Hace 25 años, un filósofo francés, Jean-Luc Marion, escribió un libro titulado “Dios sin ser”, en el que ofrece una interpretación muy desafiante de la famosa parábola del hijo pródigo.

A todos nos resulta familiar la parábola. Un padre tenía dos hijos. El más joven se le acerca y dice: “Padre, dame la parte de hacienda que me corresponde”. Su padre reparte sus bienes. El hijo más pequeño toma su parte de hacienda, se marcha a un país lejano y disipa sus bienes viviendo disolutamente. Cuando ha gastado todo, empieza a sentir hambre y vergüenza, y decide volver a la casa de su padre, donde, sin merecerlo, es recibido, abrazado y acogido de nuevo por su padre.

A cierto nivel, la lección es clara: La misericordia de Dios es tan amplia y compasiva que nada de lo que podamos hacer impedirá a Dios amarnos. Muchos libros maravillosos se han escrito para destacar esto, no el menos importante el clásico de Henri Nouwen “El regreso del Hijo Pródigo”.

Pero Jean-Luc Marion, deteniéndose sobre la específica fraseología del texto griego, enfatiza otro elemento de esta historia. El texto griego implica que el hijo fue al padre y le pidió algo más que la hacienda y el dinero. Dice que pidió a su padre su parte de la hacienda (ousia). ‘Ousia’, en griego, significa “sustancia, esencia, ser”. Pide su vida, como independiente de su padre. Además, como hijo y heredero, tiene uso de la parte de la hacienda que le corresponde; pero quiere poseerla y no adeudarla a nadie. Quiere lo que es legalmente suyo, pero quiere tenerlo como independiente de su padre, como escindido de su padre y como suyo propio, de modo que no tenga que responder ante su padre de cómo tome y use su vida y su libertad. Y la consecuencia de eso, según aclara la parábola, es que un regalo no sentido y reconocido como tal siempre lleva a su mal uso, a la pérdida de integridad y a la humillación personal.

Con una apología por la abstracción del lenguaje de Marion, aquí está lo que él ve como el más profundo desafío de esta historia: “El hijo pide no tener que pedir por más tiempo, o más bien, no tener que recibir más la ‘ousia’… Pide poseerla, disponer de ella, gozarla sin tener que hacer el regalo ni recibirlo. El hijo quiere no deber nada a su padre, y sobre todo, no deberle un regalo; pide no tener en adelante padre: la ‘ousia’, sin el padre ni el regalo… Y la ‘ousia’ viene a ser la total posesión del hijo sólo en la medida que es plenamente desposeído del padre: desposeimiento del padre, anulación del regalo, esto es lo que la posesión de la ‘ousia’ implica. De aquí, una consecuencia inmediata: siendo desposeído del padre, la posesión que censura el regalo integra en él mismo, indisolublemente, el derroche del regalo: poseído sin regalo, la posesión no puede sino continuar desposeyéndolo a sí mismo. De ahí en adelante, huérfana del regalo paterno, la ‘ousia’ se encuentra poseída a modo de disipación”.

La situación real del hijo pródigo no fue tanto su hambre de placer como su hambre de independencia de una forma equivocada. Quería su vida y libertad para gozar de la vida completamente en sus propios términos; y, para él, eso significaba que tenía que tomarlas fuera de la casa de su padre. Haciendo eso,  perdió a su padre y perdió también la auténtica vida y la  felicidad, porque estas sólo pueden estar dentro de la aceptación de una cierta dependencia. Por eso Jesús repitió una y otra vez que él no podía hacer nada por su cuenta. Todo lo que era y todo lo que hacía venía de su Padre.

Nuestras vidas no son propias nuestras. Nuestras vidas son un regalo y siempre necesitan ser recibidas como regalo. Nuestro ser no es propio nuestro y así nunca puede ser separado de su fuente, Dios, nuestro Padre. Nosotros podemos entrar en nuestras vidas y libertad, y gozarlas con sus placeres; pero, tan pronto como las cortemos de su fuente, las tomemos como propias nuestras y las reservemos para nosotros mismos, seguirán  el camino de la dispersión, el hambre y la humillación.

Sólo hay vida en la casa del padre; y, cuando estamos fuera de esa casa, estamos sin padre y gastando nuestra ‘ousia’.

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