¿Quién dice que los curas y pastores tenemos prisa? ¿Quién se atreve a sugerir que nuestra pastoral está imbuida de un deseo mundano de logros, éxitos y resultados? ¿Quién afirma que andamos estresados, tristes o incluso al borde de la depresión ante la realidad que palpamos cada día?
«Hoy ha sido un día horrible», me dije al caer la noche. Todo va con una lentitud desesperante. No hay manera de que la Junta Económica agilice los problemas con las obras del tejado de la parroquia. Y de los «tranquilos» de la empresa constructora, mejor ni hablar; me ponen de los nervios.
Más tarde, repasé con un compañero su trabajo con el equipo de matrimonios. La verdad es que esto no funciona. No logramos nada, siempre las mismas historias y no avanzamos ni un paso. No hay forma de que se comprometan, de que impliquen a sus vecinos.
Por si fuera poco, me invadió una profunda tristeza al constatar que me he entregado hasta el desfallecimiento preparando la campaña de Navidad, y el resultado… el resultado está siendo penoso. ¡Qué depresión!
Ya entrada la noche, mientras me lavaba los dientes, me miré al espejo. Vi un rictus extraño en mis ojos, un ceño duro y fruncido que contrariaba mi propio rostro. De pronto, me detuve y me confronté: «¿Conque ni tienes prisas, ni buscas éxitos, ni andas depresivo, eh?»
«El éxito no es ningún criterio para el cristiano»
Recordé esta frase de Leonardo Boff. Ya lo sé, Señor, lo sé intelectualmente. Pero ¡andamos tan metidos en los asuntos del mundo! Hemos prometido servir a tu Reino y estamos entregados «hasta los dientes», pero aquí, algo no acaba de funcionar.
Me senté en el borde de la cama, con las sábanas preparadas para acostarme. Doblé mi cuerpo, sujeté mi cabeza con las manos y tomé una decisión radical: dejé de pensar y de torturarme.
«Aquí estoy, Señor. Soy un pobre más, un estresado más, un triste más. ¡Fuera las caretas! No acabo de aprender a vivir la fe en una sociedad tan compleja como esta. Digo, pero no hago. Doy consejos, pero no los cumplo. Me desgañito predicando, pero acabo reaccionando como todos los demás ante la frustración. Hoy solo te puedo ofrecer esto: ser uno más entre mis hermanos, un pobre más que ya no sabe cómo hacer las cosas».
Sentí cómo la armadura del «superpastor» caía al suelo.
«¡Señor, Tú me sondeas y me conoces! ¡Perdóname! Hoy solo puedo orar en silencio. No quiero forzarte ni cansarte con mis palabras vacías. Solo quiero escucharte».
Y entonces, en el silencio de mi habitación, resonaron sus palabras: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados».
Pues aquí me tienes, Señor. Pastor de tu pueblo y, sin embargo, tan pobre y pecador como el que más.
Esa noche, Él me escuchó, me consoló y me animó. Y aunque sé que mañana quizás vuelva a meter prisas y que alguna que otra tristeza reaparecerá en mi alma, sé que estoy en camino. Poco a poco, aprenderé el arte de saber esperar, de dejar que la Gracia actúe en medio de la acción pastoral.




