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Réquiem por un hermano mayor

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Hace varias semanas murió mi hermano mayor George. Su muerte fue de algún shock, ya que se había mantenido en una salud relativamente buena hasta una semana antes de que muriera. Su historia es digna de contarse. Ninguna comunidad, dijo Mircea Eliade una vez, debería descuidar sus muertes.

Aunque altamente inteligente y motivado, Georg nunca dispuso de oportunidad para la educación superior. Nuestra familia era numerosa y vivía en una pequeña casa de campo que no podía mantenernos. Él, como otros miembros mayores de nuestra familia, acabó pronto su escolaridad para entrar en el mundo laboral, a fin de ayudar a mantener a la familia. En esto, él no fue único. En la comunidad inmigrante de la segunda generación donde crecimos, gran parte de su generación, tanto hombres como mujeres, tuvieron que hacer lo mismo. Su historia, al igual que la de muchos otros como él, fue una en la que tuvo que renunciar a sus propios sueños por el bien de los otros.

Su historia es una historia de dedicación a la fe, a la familia, a la iglesia y a la comunidad. Por lo general, estuvo reclutado por las circunstancias. Aunque era muy brillante, quizá el más brillante de nuestra familia, las circunstancias dictaron que él abandonara la escuela después del grado octavo para ayudar al mantenimiento de la familia. Consecuentemente, nunca tuvo una verdadera oportunidad de hacer lo que quería en la vida, tanto en términos de emprender una carrera como en términos de casarse y formar una familia; y para él, el gran sacrificio no fue la carrera, sino el matrimonio.

Georg nunca proyectó ser soltero de por vida, pero lo fue en realidad porque su vida y compromisos nunca le permitieron tomar del todo en consideración el matrimonio y, en lugar de eso, lo guiaron a una vida de celibato (en gran parte, del mismo modo como esto funciona para un sacerdote o un religioso con votos). A pesar de eso, como a un célibe con votos, al fin, le resultó bien. Acabó con una familia muy numerosa, eso es, con gente de todo el mundo que lo consideró su hermano, su mentor, su amigo de confianza. Tras su muerte, ha habido una riada de cartas, correos electrónicos, textos, llamadas telefónicas y mensajes de personas de todas partes, expresando lo que Georg significó para ellos. Murió célibe, pero murió siendo un hombre amado.

Sin embargo, todo esto tuvo un precio. Los que éramos confidentes de sus frustraciones privadas, conocemos el precio que su alma pagó por su entrega. A veces necesitaba simplemente confidenciar en un lugar seguro, enfrentado a las frustraciones y tensiones que iba cargando, algunos momentos en los que no era capaz de emular plenamente la paciencia y abnegación de Jesús. Con todo, siempre manifestaba sus frustraciones en un lugar seguro donde su desahogo no pudiera herir a nadie. Fue siempre más fuerte que sus frustraciones. La parte más profunda de sí siempre fue bondadosa y con un toque de humor. Llevó la risa a toda estancia donde entró.

Además, fue un hombre de fe y de iglesia. La iglesia era una parte integrante de lo que él pensaba como familia, y se entregó plenamente, tanto a la pequeña comunidad de fe rural con la que vivía como a la iglesia más grande. Durante más de veinte años, ayudó a dirigir un programa de formación de laicos y atendió en el ministerio de la juventud en su diócesis natal. La dedicación y el talento con que enriqueció esos programas fueron reconocidos por muchos. No es de extrañar que, en una ocasión, el obispo local se le acercara y dijera: “Georg, tengo sólo una pregunta para ti: ¿te ordeno ahora, o quieres primero ir al seminario para unos pocos años?” El ministerio sacerdotal habría sido un sueño hecho realidad para él, pero quienes lo conocíamos también sabemos  por qué declinó esa invitación. Aún tenía algunos compromisos en la familia y la comunidad que sentía no podía abandonar. Esa elección podría ser cuestionada, pero de nuevo se hizo con entrega y abnegación, anteponiendo las necesidades de los demás a las suyas propias.

En el Evangelio de Juan,  el autor describe cómo, después de que Jesús ya estaba muerto, los soldados se acercaron y taladraron su costado con una lanza, e “inmediatamente brotó sangre y agua” fuera de su cuerpo muerto. ¡Interesante imagen! La vida, brotando fuera de un cuerpo muerto. Después de que Jesús murió,  sus seguidores se sintieron nutridos por él de una manera aún más profunda que durante su vida. Desde el espíritu que él dejó tras de sí, ellos sintieron una rica emanación de vida y purificación.

Georg dejó también tras de sí esa especie de espíritu. Todos los que le conocieron continuarán bebiendo de su espíritu, su abnegación, su sacrificio de los sueños que tenía por la familia y la iglesia, y su buena voluntad para arrostrar frustraciones y tensiones por la causa de los demás. No menos, seremos nutridos por su humor y la claridad que traía a una estancia donde nos encontrásemos, una cualidad que manifestaba tanto su inteligencia como su encanto por la vida.

Vivió una vida digna. Murió un hombre amado. Será recordado con afecto por una numerosa familia, por la que sacrificó su oportunidad de contraer matrimonio y formar una familia propia.   

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