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Pornografía y castidad

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

La pornografía es la mayor adicción que hoy tenemos en el mundo, y por un amplio margen Mayormente afecta a los hombres, pero es también una adicción creciente entre las mujeres. Mucho de esto, por supuesto, se maneja por su fácil y libre disponibilidad en internet. Ahora todos (sobre todo nuestros propios jóvenes) tienen inmediato acceso a ella desde la privacidad de sus teléfonos u ordenadores portátiles, y en el anonimato. No tenéis que escabulliros a ningún sector sórdido de la ciudad para ver lo prohibido. Hoy la pornografía está ganando más aceptación general. ¿Qué hay de daño o vergüenza en eso?

Verdaderamente, ¿qué hay de daño o vergüenza en eso? Para un creciente número de personas hoy no hay nada de eso. Su modo de ver es que, cualquiera que sea su perjuicio, la pornografía es una liberación de la antigua represión sexual religiosa. Ciertamente, muchas personas lo ven como una sana expresión de la sexualidad (sorprende que esto incluya también a algunas escritoras feministas). Personajes de la televisión convencional bromean sobre su colección pornográfica como si eso fuera tan inocente como una colección de viejos álbumes favoritos, y tengo colegas que arguyen que nuestra resistencia a ella simplemente revela nuestra represión sexual. El sexo es bello, arguyen; así pues, ¿por qué tememos contemplarlo?

¿Qué hay de malo en la pornografía? Casi todo, y no sólo desde una perspectiva moral.

Empecemos con el argumento el sexo es bello, ¿por qué, pues, tememos contemplarlo? Esa lógica tiene razón en una cosa: el sexo es bello, tan bello de hecho que necesita ser protegido de su propio poder. Decir que puede ser contemplado como uno podría contemplar una puesta de sol es ingenuo, religiosa y psicológicamente. Religiosamente, nos dicen que nadie puede mirar a Dios y vivir. Eso también es verdad para el sexo. Su misma luminosidad necesita de velo. Además, es psicológicamente ingenuo argüir que esta clase de profunda intimidad puede ser expuesta a pública exhibición. No puede ni debería exponerse. La exhibición pública de esta clase de intimidad viola todas las leyes del decoro y el respeto hacia aquellos que están implicados en esta intimidad y aquellos que miran. Como todas las cosas profundamente íntimas, necesita de velo apropiado.

Después, cuando se habla sobre la belleza del sexo y el cuerpo humano, necesitamos hacer una distinción entre dos diferentes tipos de desnudez. Cuando un buen artista pinta un cuerpo desnudo, ese tipo de desnudez sirve para destacar la belleza de toda la persona, cuerpo y alma, incluso su sexualidad. En la pintura de un desnudo, la sexualidad está conectada a la totalidad, al alma. ¡Qué contrario al otro tipo de desnudez! Este expone el cuerpo humano de una manera que destruye su integridad, desprende su alma y separa el sexo de toda la persona de uno. Cuando sucede esto, y eso es precisamente lo que sucede en la pornografía, el sexo viene a ser algo sin vigor, escindido, mecánico, privado de significado profundo, bipolar, algo de lo que necesitáis volver a vosotros mismos. Y, cuando sucede eso, toda la profundidad desaparece, y entonces, como escribe W. H. Auden, todos nosotros sabemos las pocas cosas que, como mamíferos, podemos hacer.

Tristemente, hoy para muchos de nuestros jóvenes, especialmente para los chicos, la pornografía es su educación sexual inicial, y es algo que puede dejar en ellos una huella permanente. Esa huella puede tener duraderos efectos en la manera como ellos entienden el significado del sexo, cómo respetan o desacatan a las mujeres, y cómo acogen o no acogen el vital y conmovedor eslabón entre sexo y amor. La pornografía, y no sólo en los jóvenes, puede dejar cicatrices que son difíciles de hacerlas desaparecer. El argumento contra esto es que la pornografía podrá sin dificultad deformar inicialmente la visión de un adolescente pero que esto será curado cuando él madure y se enamore de verdad. Mi esperanza es que esto sea verdad, pero mi preocupación es que la huella inicial puede, a la larga, viciar la manera como una persona se enamora y especialmente cómo entiende la radical reciprocidad que se le exige al sexo con el amor. Tal es la potencial fuerza de la pornografía.

Más allá de todo esto, se podría aducir un fuerte argumento: que la pornografía (en su producción y su visualización) viene a ser violencia contra las mujeres y que la pornografía promueve, sutil y no tan sutilmente, violencia contra ellas.

Finalmente, en una cultura que se ufana sobre todo de su sofisticación y liberación, y no menos de su liberación de muchos de nuestros pasados tabúes religiosos, uno duda incluso de mencionar la palabra “castidad” en este contexto. ¿Se atreve uno incluso a decir que la pornografía es mala porque es la verdadera antítesis de la castidad? ¿Se atreve uno a usar la castidad como un argumento cuando, en su mayoría, nuestra cultura desdeña la castidad, tiene lástima de ella y reserva un particular cinismo para los grupos religiosos que todavía vindican el viejo adagio “guárdala para tu compañero de matrimonio”? Peor aún es el cinismo de hoy frente a la idea de mantenerse casto por Jesús. Pero el ideal de castidad encaja el sexo en el romance, la santidad, el compromiso, la comunidad y el alma, mientras la pornografía lo retrata como desprovisto de alma y lo encaja en una privacidad enfermiza. Así pues, os dejo con esta pregunta: ¿quién hace del sexo una cosa sucia?

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