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Pobreza, castidad y obediencia en una edad secular

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Al cardenal Francis George le preguntaron una vez qué pensaba del pacifismo radical de personas como Dorothy Day y Daniel Berrigan, figuras proféticas que creían en la no-violencia absoluta. “¿Cómo puede ser práctico esto? -le preguntaron-. Es completamente ingenuo creer que podemos vivir sin policía y sin soldados”. Esta fue su respuesta: “El mundo necesita pacifistas, de la misma manera que necesita célibes consagrados: No son prácticos. Están fuera de lugar en este mundo. Pero apuntan al mundo escatológico, el mundo del cielo, un mundo en el que no habrá armas, donde las exclusividades de parentesco no existirán como existen ahora, donde la familia no estará basada en la biología, la sangre o el matrimonio, donde no habrá gente pobre y donde todo pertenecerá a todos”.

Pensé en eso recientemente mientras dirigía un taller sobre vida religiosa para un grupo de jóvenes que estaban discerniendo si profesar la vida consagrada o no. Mi tarea no era tratar de persuadirles de que se unieran a una comunidad religiosa sino ayudarles a entender aquello a lo que esa vidales vincularía en caso de que se asociaran. Eso significó, por supuesto, largos debates sobre los tres votos que la gente asume para estar en la vida religiosa: pobreza, castidad y obediencia (clásicamente llamados “los Consejos Evangélicos).

¿Qué hay que decir sobre la pobreza, castidad y obediencia en un mundo cuya mayor parte pone su esperanza en las riquezas materiales, generalmente identifica la castidad con la frigidez y valora la libertad individual sobre todo lo demás?

Bueno, sin duda, la pobreza, castidad y obediencia son vistas como  radicalmente contraculturales; pero eso es mayormente porque, por lo general, no son muy bien entendidas (a veces incluso por aquellos que están viviéndolas de por vida). Para la mayoría de la gente, son vistas como una renunciación drástica, el sacrificio de una vida total, la denegación innatural de la sexualidad de uno y la firma adolescente sobre la libertad y creatividad de uno. Pero eso es una mala interpretación.
Pobreza, castidad y obediencia no son una pérdida de nuestras riquezas, sexualidad y libertad. Son más bien una genuina y rica modalidad de las riquezas, la sexualidad y la libertad.

El voto de pobreza no consiste primariamente en vivir con cosas más baratas, no tener lavaplatos y hacer tu propio trabajo de casa. Tampoco se trata de renunciar a las formas de riquezas que pueden contribuir al pleno florecimiento de la vida. Una vida de pobreza voluntaria es una forma vivida de decir que todas las posesiones materiales son regalo, que el mundo pertenece a todos, que nadie posee un terruño y que las necesidades de nadie son prioritarias. Es un voto contra el consumismo y tribalismo, y aporta sus propias maravillosas riquezas como algo significativo y en la felicidad y gozo de una vida compartida.

Lo mismo para el voto de castidad: Correctamente entendido, no consiste en perderse los goces de la sexualidad. Es una rica modalidad de la sexualidad misma, dado que ser sexual significa más que tener sexo. La sexualidad es una hermosa energía dada por Dios en nosotros para muchas cosas: comunidad, amistad, unión, integridad, familia, juego, altruismo, disfrute, placer, creatividad, consumación genital y para todo lo que nos lleva más allá de nuestra soledad y nos hace generativos. Y así, los verdaderos gozos reales que se encuentran en la comunidad, la amistad y el servicio a otros no son un sustituto sexual de segunda categoría. Portan su propio florecimiento sexual en términos de dirigirnos fuera de nuestra soledad.

Lo mismo vale para la obediencia. Correctamente entendida, no consiste en perder la verdadera libertad. Más bien se trata de una rica modalidad de la libertad misma, practicada por Jesús (que repetidamente dice: “Yo no hago nada por cuenta mía. Sólo hago la voluntad del Padre”). La obediencia, como voto religioso, no es un inmaduro sacrificio de la libertad y edad adulta de uno. Es más bien una radical sumisión del humano ego de uno (con sus heridas, deseos, concupiscencias, ambiciones privadas y codicias) a algo y Alguien superior a uno mismo, como visto en los compromisos humanos y religiosos en personas desde Jesús a Teilhard de Chardin, a Dag Hammarskjold, a Simone Weil, a Madre Teresa, a Jean Vanier, a Daniel Berrigan. En todos estos, vemos a una persona que anduvo por esta tierra en una libertad que no sólo podemos envidiar sino claramente también en una libertad que se afirma en un doblar la rodilla de la voluntad individual de uno a algo superior.

Nuestros pensamientos y nuestros sentimientos están fuertemente influidos por el conjunto de rutinas culturales en las que nos encontramos. De esta suerte, dado cómo nuestra cultura entiende las riquezas, el sexo y la libertad hoy día, este puede muy bien ser el momento más difícil en muchos siglos para hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia, y vivirlos de por vida. Las pequeñas maravillosas comunidades religiosas no están desbordadas con solicitudes a la vida consagrada. Pero, porque es más difícil que nunca, es también más importante que nunca que algunas mujeres y hombres elijan, voluntariamente, vivir proféticamente durante toda la vida estos votos.

Y su aparente sacrificio será ampliamente premiado; porque, paradójicamente, la pobreza acarrea sus propias riquezas, la castidad reporta su propio florecimiento, y la obediencia nos proporciona la más profunda de todas las libertades humanas.                    

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