
Del sentimiento a la decisión
Posteriormente vienen las desilusiones, las decepciones y las heridas de la relación. Y de nuevo surge el distanciamiento; no volverá a suceder, te lo prometo. Si las heridas son más dañinas y se toma consciencia de ellas, la expresión se hace más solemne: nunca jamás volverá a suceder. Se pretende aprender de la experiencia pasada para no seguir repitiendo los mismos errores. El peligro es quedarse fijado en las heridas convertidas en resentimientos. El proyecto de vida conyugal se robustece tomando la decisión de amar incluso en situaciones difíciles: las crisis son oportunidades. Unas veces la decisión de amar se concretará en el dar y recibir el perdón; otras veces consistirá en vencer el temor a un conflicto y establecer una diáfana comunicación; en otros momentos la decisión de amar tomará la forma de la escucha y el discernimiento sobre las decisiones a tomar en común. En cualquier caso, implicará ponerse en la situación del otro.
Para siempre: un gran desafío
La decisión de amar libera de la voluble esclavitud de los sentimientos que son cambiantes por su propia naturaleza. ¿De dónde nace esa energía de liberación? Sin duda nace de la experiencia y la convicción originaria: para siempre en las alegrías y en las penas. Cuando se ha vivido la inicial experiencia del amor incondicional se tiene una energía a la que acudir después de cada decepción. Al contrario, si ya desde el comienzo la entrega ha sido condicionada por la propia satisfacción, el fracaso terminará llegando. “Un amor débil o enfermo, incapaz de aceptar el matrimonio como desafío que requiere luchar, renacer, reinventarse y empezar siempre de nuevo, no puede sostener un nivel alto de compromiso”(La alegría del amor, 124).




