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Oración a María, con Pablo IV

Iris de Paz -

Curiosamente, el momento sublime en la vida de Pablo VI, cuando grita a María “Madre de la Iglesia”, acaba en oración. Y en esa oración que comienza “Virgen María, Madre de la Iglesia” hace un quiebro que nos sabe muy bien a toda la familia cordimariana: “Finalmente, encomendamos a tu Corazón Inmaculado todo el género humano”. ¿Cómo no recordar su cercanía al Papa Pío XII en las horas terribles de la segunda Guerra Mundial, cuando consagró al mundo al Corazón de María? Por supuesto, jamás se apeó del rigor en su reflexión sobre María. Toda consagración es a Dios, y nos consagramos mediante la Virgen María. En el fondo, la única consagración auténtica es aquella de nuestro Bautismo.

Bien será que también nosotros le dediquemos una plegaria, una letanía a la Virgen María, espigada en los escritos de Montini, y las súplicas de la consagración del 21 de noviembre de 1964.

 

Santa María,
Admiración y gozo de los ángeles,
Obra maestra de Dios,
Dulce Madre de la humanidad redimida,
Hija excepcional de la humanidad,
Eterno femenino en su cumbre,
Figura de dulzura y de belleza,
Flor de la humanidad redimida,
La más bella figura de mujer,
Síntesis de toda la humanidad redimida,
Espejo de la luz divina,
Espejo ideal de belleza y de bondad,
Vértice y figura de la Iglesia,
Rostro lleno de gracia, ruega por nosotros.
A tu Corazón Inmaculado
encomendamos el género humano.
Condúcelo al conocimiento
del único y verdadero Salvador, Cristo Jesús.
Concede a todo el mundo la paz en la verdad,
en la justicia, en la libertad y en el amor.
Haz que toda la Iglesia
pueda elevar al Dios de las misericordias
un majestuoso himno
de alabanza y agradecimiento,
pues grandes cosas obró el Señor en ti,
clemente, piadosa, dulce Virgen María.

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