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Nuestros compañeros creyentes: amigos, no adversarios

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

La identidad denominativa se proyecta en mí profundamente. Nacido, bautizado y educado como católico romano, el Catolicismo Romano es mi segunda naturaleza, como una marca sobre mi piel. No tengo ningún pesar del congénito poder que esto tiene sobre mí, aun cuando ahora pienso en él más como un fundamento que como un punto final en mi camino de fe.

El Catolicismo Romano en el que fui educado me insertó en el misterio de Cristo: Jesús, la iglesia, los sacramentos, el Sermón de la Montaña. Por esto, no podría estar más agradecido. Eso también me enseñó a ser remiso en juzgar a alguien. Pero también me enseñó (con algunas tolerancias para los protestantes) que básicamente sólo los católicos romanos iríamos al cielo, que la Eucaristía católica romana es la única que actualiza la “presencia real” plena, y que el Catolicismo Romano es la única manera plenamente auténtica de ser cristiano. Además, los no cristianos (los no bautizados) no podían ir al cielo, a no ser por grave excepción. Sólo posteriormente aprendí que algunas otras denominaciones cristianas y religiones del mundo devolvieron el favor y vieron al Catolicismo Romano como desviación.

Las cosas han cambiado para mí y para muchos otros. Continúo siendo firmemente católico romano, pero ahora estoy viviendo mi fe y mi Catolicismo Romano en comunión con anglicanos, episcopales, protestantes, evangélicos, creyentes judíos y musulmanes, todos los cuales son ahora para mí apreciados compañeros de fe. En esta etapa de mi vida, aprecio muy profundamente la verdad (que Efesios afirma) de que en definitiva hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios que es Padre de todos, especialmente conforme llego a apreciar más y más que todos nosotros que compartimos este único Dios también compartimos las mismas angustias.

Hace varios años, me encontré con un grupo de teología en la Universidad de Yale. Los estudiantes procedían de cierta variedad de orígenes y denominaciones cristianas, pero compartían un objetivo común; todos se estaban preparando para alguna clase de ministerio, laico u ordenado, en su denominación particular. Aquello era una discusión abierta en la que me hacían preguntas. Dos cuestiones dominaban la discusión. La primera era práctica: “¿Cómo logras un trabajo en la iglesia?” La segunda atañía a nuestro asunto. Algunos estudiantes hicieron esta pregunta: “¿Puedo pertenecer a más de una denominación a la vez? ¿Puedo ser evangélico y católico romano al mismo tiempo? ¿Puedo ser a un mismo tiempo católico romano evangélico protestante si valoro aspectos de todas estas tres tradiciones de fe?”.

Yo me encontraba sin respuestas tajantes, y sus preguntas me dejaron con mis propias cuestiones con las que me estoy encontrando diariamente en el colegio donde enseño. El Colegio Oblato de Teología donde enseño tiene un programa de doctorado en espiritualidad que atrae a estudiantes de cierta variedad de denominaciones cristianas. Estos estudiantes están juntos en las mismas aulas, los mismos comedores y los mismos círculos sociales durante los años en que están estudiando aquí, todos en una institución romana católica. Muy rápidamente, en meses más bien que años, mientras estudian, oran, socializan y comparten unos con otros sus ideales y luchas comunes, desaparecen básicamente los problemas denominativos. A nadie le preocupa ya a qué denominación pertenece cualquier otro. No es que no lo tomen en serio y que haya alguna fusión genérica de las diferentes identidades denominativas. Eso no ha sucedido. Al contrario, en los diez años en que hemos tenido este programa, ni un solo estudiante se ha convertido a otra denominación.

Sin embargo, su visión de otras denominaciones y de su propia denominación ha cambiado; en esencia, se ha agrandado. Hay un respeto universal por las denominaciones de unos y otros, y más que eso. Mientras estos estudiantes se concentran en la espiritualidad, encuentran que esto puede llevarlos a un lugar donde cada uno puede apoyar afectivamente las denominaciones de los demás, aun cuando valoran más profundamente la suya propia.

La profunda lección es esta: hay un compañerismo y una intimidad en la fe que podemos tener unos con otros, y un apoyo que podemos darnos mutuamente, que se encuentra más allá de nuestras diferencias denominativas. Al estudiar juntos y compartir una fe común (una que está situada más allá de las diferencias denominativas) estamos dándonos cuenta de que aquello que es común a nosotros resulta infinitamente más grande (y más importante) que aquello que nos separa. También nos damos cuenta de que todos tenemos las mismas angustias.

Además, esto no es sólo una experiencia enrarecida que sucede en algunos colegios de teología. Más y más, esto está viniendo a ser la experiencia cristiana común.

Así pues, ¿por qué continuar sospechando el uno del otro? ¿Por qué estamos defendiendo nuestra propia especificidad denominativa más que moviéndonos proactivamente hacia la acogida de unos y otros en una fe común, especialmente porque esto puede ser hecho sin amenazar nuestras propias denominaciones y eclesiologías separadas?

La invitación aquí no es a movernos hacia un sincretismo acrítico que se ciegue a las genuinas diferencias denominativas, sino más bien a empezar más y más a acoger a todos nuestros hermanos y hermanas en la fe, y no sólo a los de nuestra propia denominación.

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