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Nuestro corazón es más fuerte que nuestras heridas

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Diez años antes de su muerte, acaecida en 1996, Henri Nouwen estuvo aquejado de una depresión que casi lo hizo trizas. Durante el tratamiento, escribió un libro muy valiente, La voz interior del amor, en el que comunicó humilde e ingenuamente sus luchas y los esfuerzos que le llevó superarlas. A veces, se sentía totalmente hundido a causa de sus heridas y obsesiones, y estaba al borde del ahogo y el desfallecimiento, cuando lo único que podía hacer era llorar. Finalmente, sin embargo, recobró su fuerza interior y emergió entonado, dispuesto a reentrar en su vida con renovada energía. Aludiendo a lo que aprendió de su desfallecimiento interior y su último retorno a la salud, escribe que, al fin, nuestros corazones son más fuertes que nuestras heridas.

Esa es una valiente afirmación de una verdad ganada duramente; pero, ¿es siempre cierta? ¿Son siempre nuestros corazones más fuertes que nuestras heridas? ¿Tenemos siempre los recursos en el fondo para superar nuestras heridas?

A veces sí, como en el caso de Nouwen; pero otras veces no, como vemos en las maltrechas vidas de tantos. En ocasiones, parece que las heridas pueden con el corazón. Tal vez un ejemplo emocionante pueda servir para ilustrar esto. Hay una frase triste, trágica y obsesionante en la bien conocida canción I dreamed a dream, del popular musical Los Miserables. La historia contada en Los Miserables, como sabemos, está basada en el clásico libro de Victor Hugo que tiene ese título y cuenta una serie de historias sobre cómo la pobreza y la opresión pueden romper los corazones, las espaldas y las vidas de los pobres. Uno de los personajes de Hugo, Fantine, es una madre soltera, abandonada por el hombre a quien ama y está cuidando un corazón roto. Ella también está bregando por proveer a su hija de las necesidades básicas de la vida, luchando con un trabajo y haciéndolo en condiciones que están arruinando su salud, y peleando contra el hostigamiento sexual de parte de su patrón, que culmina en su injusto despido de su trabajo. En un determinado momento, eso resulta demasiado, su salud se resquebraja, cae enferma y  en su adiós agonizante canta un lamento que sugiere que nuestros corazones no siempre son más fuertes que nuestras heridas; a veces hay tormentas que no podemos capear. A veces el corazón no puede sortear la tormenta y se derrumba bajo el peso de sus heridas.

¿Quién está en lo cierto, Nouwen o Fantine? Sospecho que los dos, dependiendo de las circunstancias, la salud  interior y los recursos emocionales de uno. Un antiguo adagio dice: ¡Todo lo que no te mata, te hace más fuerte! Cierto, siempre que no te mate. Por desgracia, a veces hace eso. En ocasiones, lo que nos hace doblar por el peso, sí que mata. Sospecho que todos aquellos que lean esto han tenido una experiencia de primera mano de alguien a quien conocieron y amaron, perdiendo la salud y muriendo, sea por suicidio o algún otro desfallecimiento de esta suerte, debido a una vida fracasada, un corazón roto, una psique derrotada, una herida que oprimió su corazón.

Así pues, cuando miramos la verdad de la afirmación de Nouwen de que nuestros corazones son más fuertes que  nuestras heridas y la (aparente) verdad antitética de que, en ocasiones, nuestras heridas pueden matar nuestro corazón, necesitamos añadir una verdad más que incluya ambos lados de esto: la gracia, el perdón y el amor de Dios  son más fuertes que nuestras heridas, nuestros desfallecimientos, nuestros fracasos y nuestras aparentes desesperaciones.

A veces, en nuestras luchas podemos llegar a la fuerza interior enterrada bajo nuestras heridas que nos capacitará para alzarnos sobre ellas y caminar de nuevo en salud, fuerza y entusiasmo. No obstante, en ocasiones, nuestras heridas paralizan tanto el corazón que ya no podemos llegar a la fuerza que se halla en lo profundo de nosotros. En esta vida, esa clase de quebrantamiento puede verse y sentirse como un desfallecimiento terminal, una tristeza para la que no hay ninguna curación, una desesperación, una vida malgastada. Sin embargo, siempre que una confabulación de amarga circunstancia y fragilidad mental destroza a alguien, cuando el corazón de una persona ya no es más fuerte que sus heridas, podemos alcanzar refugio en una verdad y consolación más profundas, a saber, la fuerza que se halla en el corazón de Dios: la gracia, la comprensión y el amor de Dios son más fuertes que nuestras heridas, nuestros desfallecimientos, nuestros fracasos y nuestras aparentes desesperaciones.

Lo que caracteriza a la fe cristiana de la mayoría de las otras religiones (como también de todos evangelios de la prosperidad) es que el Cristianismo es una religión de gracia y no básicamente de esfuerzo propio (aun siendo esto importante). Como cristianos, no tenemos que salvarnos a nosotros mismos, no tenemos que ordenar nuestras  vidas por cuenta propia. En realidad, nadie lo hace nunca. Como dice san Pablo tan claramente en su mensaje de despedida en Romanos 1, 8, nadie de nosotros ordena jamás su vida sobre la base de nuestra propia fuerza. Eso es también cierto en términos de sobreponernos a nuestras heridas. Todos nosotros somos débiles, y a veces nos derrumbamos. No obstante, y esta es la cuestión, cuando las tormentas de la vida nos abruman, cuando nos esforzamos en busca de fuerza para resistir a la tormenta sólo para llegar a saber que la tormenta es más fuerte que nosotros, entonces necesitamos llegar aun más profundamente; allí encontraremos que el corazón de Dios es más fuerte que nuestro quebrantamiento.        

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