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Nuestra timidez ante la abundancia de Dios

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Mi juventud tuvo sus fortalezas y sus debilidades. Crecí en una casa de campo en el corazón de las praderas canadienses, inmigrante de segunda generación. Nuestra familia era numerosa, y la pequeña casa de campo en que vivimos nos dio lo suficiente para seguir viviendo, aunque no más. Nunca hubo extras. Nunca tuvimos hambre ni verdadera pobreza, pero vivimos en una obligada frugalidad. Se te daba lo que necesitabas, pero raramente algo extra. Disponías de una porción del plato principal de una comida y un postre, porque estos debían ser racionados de modo que quedara suficiente para todos. Y viví felizmente en ese ambiente, dado por sentado que esto era como la vida nos daba a entender que debía ser, asumiendo que todos los recursos son limitados y nunca debías estar pidiendo o tomando más de lo necesario.

Este contexto tiene sus ventajas: Alcanzas la adultez con la sensación de que no hay comida gratuita, necesitas ganar lo que comes. También sabes que no deberías tomar más de lo que te corresponde, porque los recursos de este mundo son limitados y nos enseñan que deben ser compartidos con todos. Si tomas más de lo que te corresponde, entonces no habrá bastante para todos. Los recursos son limitados, de modo que, si uno recibe demasiado, otro se queda con demasiado poco.

Pero tal educación familiar tiene también su lado negativo: Cuando todo tiene que  ser tasado para asegurar que haya bastante para todos y vives con el subyacente temor de que podrá no haber suficiente, puedes fácilmente acabar con una sensación de escasez más bien que de abundancia y una inclinación hacia la tacañería más bien que a la generosidad.

Un impacto de escasez más bien que de abundancia nos debilita de varios modos: Primero, tiende a dejarnos plantados ante la abundancia de la vida, demasiado tímidos de celebrar la vida con exuberancia. La vida está también equiparada con la frugalidad, y tú estás siempre obsesionado por la culpa ante la bondad de la vida y especialmente ante cualquier experiencia de lujo, como la molestia sentida por los discípulos de Jesús cuando están cara a cara con una derrochadora mujer que unge despilfarradamente los pies de Jesús con un costoso perfume. Dentro de un impacto de escasez existe la perenne tentación de idealizar falsamente el sufrimiento y la pobreza, y hacerlos reemplazar por la gracia y abundancia como verdaderos dones de Dios para nosotros. Más frustrante aún es el hecho de que un sentimiento de escasez nos da demasiado frecuentemente el concepto de un Dios limitado y frugal más bien que pródigo. Pero ese no es el Dios de Jesús.

Permitidme sólo una ilustración, más bien indicada: Un profesor de seminario a quien conozco comparte esta anécdota. Él ha estado enseñando a seminaristas durante muchos años; y, recientemente, al explicar el sacramento de la penitencia, se le hace frecuentemente esta pregunta, a menudo como la primera cuestión en la clase: “¿Cuándo puedo denegar la absolución? ¿Cuándo dejo de conceder el perdón?”. La ansiedad expresada aquí no es -creo yo- lanzada por una necesidad de poder sino por un temor muy sincero que tenemos de que más bien debemos ser escrupulosos de conceder la misericordia de Dios, que no deberíamos estar distribuyendo baratamente la gracia. Y rodeando este temor -creo yo- está la inconsciente opinión de que Dios da también una sensación de escasez más bien que de abundancia, y que las misericordias de Dios, como nuestros recursos, son limitados y necesitan ser distribuidos muy escasamente.

Pero ese no es el Dios al que Jesús encarnó y reveló. Los Evangelios más bien revelan a un Dios que es generoso más allá de nuestros esquemas y más allá de nuestra imaginación. El Dios de los Evangelios es el Sembrador que, por tener ilimitadas semillas, esparce esas semillas por doquier sin discriminación: en el camino, en terreno pedregoso, entre zarzas, en tierra mala y en tierra buena. Además, este generoso Sembrador es también el Dios de la creación, esto es, el Dios que ha creado y continúa creando cientos de billones de galaxias, y billones y billones de seres humanos. Y este pródigo Dios hace esta perenne invitación: “Ven a las aguas, ven sin nada de dinero, ven sin mérito alguno”, porque el regalo de Dios es tan abundante, tan disponible, tan gratuito como el aire que respiramos.

El Evangelio de Lucas recoge un incidente donde Pedro, justo después de haber empleado la noche entera faenando y no haber cogido nada, es invitado a echar su red una vez más; y, esta vez, la red de Pedro coge tantos peces que el peso de la pesca amenaza hundir dos barcas. Pedro reacciona cayendo de rodillas y confesando su condición pecadora. Pero, como el texto aclara, esa no es la reacción propia ante la sobreabundancia. En efecto, Pedro está equivocadamente temeroso, queriendo que la sobreabundancia desaparezca, cuando lo que Jesús quiere de él ante esa sobreabundancia es que salga al mundo y comparta con otros esa inimaginable gracia.

Lo que la sobreabundancia de Dios quiere enseñarnos es que, ante la  gracia sin límites, nunca debemos denegar la absolución a nadie.

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