Poco después de mi ordenación, mientras hacía una suplencia en una parroquia, coincidí en la casa parroquial con un anciano sacerdote con fama de santo. Tenía más de ochenta años y estaba casi ciego, pero era un hombre muy buscado y respetado. Una noche, a solas con él, le hice esta pregunta: «Si pudiera volver a vivir su sacerdocio, ¿haría algo de forma distinta?».
Al ser un hombre con tanta integridad, yo esperaba que me dijera que no se arrepentía de nada. Por eso, su respuesta me sorprendió. Sí que tenía algo de lo que arrepentirse, y además algo importante. Me dijo: «Si volviera a empezar mi sacerdocio, la próxima vez sería más comprensivo con la gente. No sería tan tacaño con la misericordia de Dios, con los sacramentos y con el perdón. Verá, en el seminario me grabaron a fuego la frase: La verdad os hará libres. Por eso, creía que mi responsabilidad era plantear siempre desafíos exigentes, y eso puede ser bueno. Pero me temo que fui demasiado duro con las personas. Ya tienen bastante sufrimiento en sus vidas sin que yo y la Iglesia les añadamos más cargas. ¡Debería haberme arriesgado más con la misericordia de Dios!».
Esto me impactó porque, menos de un año antes, en mis exámenes finales del seminario, uno de los sacerdotes que me examinó me dio este aviso: «Ten cuidado», me dijo, «nunca dejes que tus sentimientos se interpongan. No seas blando, eso está mal. Recuerda que, por duro que sea, ¡la verdad es lo que libera a la gente!». Parecía un consejo sensato para un cura joven.
Sin embargo, tras cincuenta años de ministerio, me inclino más por el consejo del viejo sacerdote: tenemos que arriesgarnos más con la misericordia de Dios. Nunca debemos ignorar el lugar de la justicia y la verdad, pero debemos atrevernos a dejar que la misericordia infinita, sin límites, incondicional y gratuita de Dios fluya con más libertad. La misericordia de Dios es tan accesible como el grifo de agua más cercano y por eso nosotros, como Isaías, debemos proclamar una misericordia que no tiene precio: «¡Venid, venid sin dinero, sin virtudes, venid a beber gratis de la misericordia de Dios!».
¿Qué es lo que nos frena? ¿Por qué dudamos tanto al proclamar esta misericordia de Dios, que es inagotable, generosa y para todos?
En parte, nuestros motivos son buenos, incluso nobles. La preocupación por la verdad, la justicia, la sana ortodoxia, la moral correcta, las formas públicas, la preparación sacramental adecuada y el miedo al escándalo no son temas menores. El amor necesita ser templado por la verdad, igual que la verdad debe ser moderada por el amor.
Pero a veces nuestros motivos son menos nobles y nuestras dudas nacen más de la timidez, el miedo, el legalismo, la autosuficiencia de los fariseos y una comprensión muy pobre de Dios. ¡Así nos aseguramos de que bajo nuestro mando no se reparta «gracia barata»!
Al actuar así, me temo que vamos por mal camino; no somos buenos pastores y no estamos en sintonía con el Dios que Jesús encarnó. La misericordia de Dios, tal como Jesús la reveló, abraza sin distinciones, como el sol que brilla igual para los buenos que para los malos, para los que lo merecen y para los que no, para los de dentro y para los de fuera.
Una de las enseñanzas más sorprendentes que nos dejó Jesús es que la misericordia de Dios no puede no llegar a todo el mundo. Siempre es gratuita, inmerecida, incondicional y universal; va más allá de cualquier religión, costumbre, norma, afiliación política, programa obligatorio, ideología e incluso del propio pecado.
Por nuestra parte, especialmente quienes somos padres, pastores, profesores, catequistas o mayores, debemos arriesgaros a proclamar el carácter generoso de la misericordia de Dios. No debemos repartir la misericordia de Dios como si fuera nuestra; ni dar el perdón de Dios como si fuera un producto escaso; ni poner condiciones al amor de Dios como si Dios necesitara protección; ni cortar el acceso a Él como si fuéramos los guardianes de las puertas del cielo. No lo somos. Si encadenamos la misericordia de Dios a nuestra propia timidez y miedo, la limitamos al tamaño de nuestra propia mente. Y ese es un mal juego.
Es interesante observar en los Evangelios cómo los apóstoles —con buena intención, por supuesto— intentaban a menudo alejar a ciertas personas de Jesús, como si no fueran dignas, como si fueran una ofensa para su santidad o pudieran manchar su pureza. Por eso intentaban apartar a los niños, a las prostitutas, a los recaudadores de impuestos, a pecadores conocidos y a gente de todo tipo que no estaba «iniciada». Jesús siempre anulaba sus intentos con palabras como estas: «Dejad que vengan a mí. Quiero que vengan».
Las cosas no han cambiado. Constantemente, nosotros, personas de buena voluntad, seguimos intentando —por las mismas razones que los apóstoles— mantener a ciertos individuos y grupos alejados de la misericordia de Dios, que se hace accesible en la Palabra, el Sacramento y la Comunidad cristiana. Jesús se las apañó entonces; sospecho que puede apañárselas ahora. Dios no necesita que seamos sus porteros.
Lo que Dios quiere es que todos, independientemente de su edad, religión, cultura, debilidad personal o falta de práctica cristiana, acudan a las aguas ilimitadas de la misericordia divina.
El famoso naturalista John Muir desafió una vez a los cristianos con estas palabras: «¿Por qué los cristianos son tan reacios a dejar entrar a los animales en su tacaño cielo?».
Me temo que nosotros también somos tacaños con la generosa misericordia de Dios.




