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No cultivar la impaciencia

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Hace treinta y cuatro años, cuando lancé esta columna, nunca habría dicho esto: La impaciencia no es algo que deba ser cultivado, a pesar de lo romántico que podría parecer. No confundáis a Jesús con Hamlet, la paz con la inquietud, la hondura con el desagrado ni la paz genuina con la ansiedad existencial del artista. La impaciencia en nosotros no necesita ser fomentada; produce suficiente estrago por sí misma.

Pero yo soy converso tardío para este modo de ver. Desde la más tierna infancia hasta incluso la media edad, viví un romance con la impaciencia, con el estoicismo, con ser el forastero solitario, con ser el único en la reunión que encontraba todo demasiado superficial para ser real. Tal vez eso contribuyó a que optara por el seminario y el sacerdocio; ciertamente eso ayuda a explicar por qué titulé esta columna En el exilio. Durante la mayor parte de mi vida, he equiparado impaciencia con profundidad, como algo que debe ser cultivado.

Esto me vino naturalmente, y a todo lo largo del camino he encontrado valerosos guías que me ayudaron a cargar mi soledad en ese camino. Durante mis años de bachillerato, estuve intrigado con Hamlet, de Shakespeare. Lo memoricé virtualmente. Hamlet representaba la profundidad, la intensidad y la aventura; no era un bebedor de cerveza. Para mí, él era el profeta solitario, radiante profundidad más allá de la superficialidad

En los años de seminario, me gradué en Platón (“Estamos encendidos en la vida con una locura que viene de los dioses y nos hace creer que podemos alcanzar un gran abrazo, hacernos inmortales y contemplar lo divino”); en Agustín (“Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti”); en Juan de la Cruz (“Vamos por la vida encendidos por urgentes anhelos de amor”); en Karl Rahner (“En la angustia de la insuficiencia de todo lo accesible, aprendemos que aquí, en esta vida, no hay ninguna sinfonía acabada”). Leer a estos pensadores me ayudó a poner mi juvenil romanticismo bajo una alta valla simbólica.

Junto con estos escritores, estuve muy influido por algunos novelistas que me ayudaron a infundir en mí la idea de que la vida debe ser vivida con una tal intensidad interior y alto romanticismo como para excluir cualquier simple satisfacción en el estado normal de la vida, los placeres y los gozos  domésticos de todos los días. Para mí, los personajes de Nikos Kazantzakis alumbraron una pasión que los hizo virtualmente divinos e irresistiblemente envidiables, aun cuando lucharon por no auto-destruirse; Iris Murdoch describió amores que eran muy obsesivos, y aun así tan atractivos, como para hacer todo fuera de ellos irreal; y Doris Lessing y Albert Camus me sedujeron con imágenes de una inquietud interior que hicieron que la vida ordinaria pareciera  insulsa y no digna. La idea añadió en mí que era mucho más noble morir en un anhelo no recompensado que vivir en cualquier otra cosa. Mejor muerto en intensidad que vivo en normalidad doméstica. La impaciencia debía ser fomentada.

Y muchas cosas en nuestra cultura, especialmente en las artes y en la industria del entretenimiento, fomentan esa tentación, a saber, auto-definirse como inquieto e identificar esta inquietud con la profundidad y con la ansiedad del artista. Una vez que nos definimos de este modo, como románticos complejos e incurables, tenemos una excusa para ser difíciles y también tenemos una excusa para la traición y la infidelidad. Por ahora, en palabras de una canción de The Eagles, somos espíritus inquietos en una lucha sin fin. Comprensiblemente, entonces, volamos sobre las reglas ordinarias por la vida y la felicidad, y nuestra complejidad es suficiente justificación para cualquier manera de actuación. Como Amy Winehouse se auto-define famosamente: “Te dije que yo era un problema, y sabes que no soy buena”. ¿Por qué debería alguien ser confundido por nuestro rechazo de la vida normal y la felicidad ordinaria?

Hay algo dentro nosotros, particularmente cuando somos jóvenes, que nos tienta hacia esa especie de auto-definición. Y, para ese tiempo de nuestras vidas, cuando somos jóvenes -creo yo- eso es saludable. Se supone que los jóvenes son super-idealistas, incurablemente románticos y recelosos de cualquier pesada caída en la instalación por segundo-mejor. Como Doris Lessing dice, ¡sólo hay un verdadero pecado en la vida y eso es llamar segundo-mejor a cualquier otra cosa distinta de lo que es, segundo-mejor! Mi deseo es que toda la gente joven leyera a Platón, Agustín, Juan de la Cruz, Karl Rahner, Nikos Kazantzakis, Iris Murdoch, Doris Lessing, Jane Austin y Albert Camus.

Pero, fuera de  autores tales como Platón, Agustín, Juan de la Cruz y Karl Rahner, que integran esa insaciable impaciencia y ansiedad existencial en una narrativa más grande y significativa, nosotros deberíamos estar hartos de definirnos como inquietos y de cultivar eso. El alto romanticismo sólo nos servirá bien si por fin lo situamos en una auto-comprensión que no haga de la impaciencia un fin en sí misma. Sólo tener sentimientos nobles no traerá mucha paz a nuestras vidas y, mientras envejecemos y maduramos, la paz no viene a ser el premio. Romeo, Julieta, Hamlet, Zorba el griego, el doctor Zhivago y las otras figuras tan románticas de nuestras pantallas y de nuestras novelas pueden encender nuestras  imaginaciones románticas, pero no son al fin imágenes al estilo de la intimidad que favorece un permanente encuentro de corazones dentro del cuerpo de Cristo.  

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icono comentarios 6 comentarios

Comentarios


el 11/12/16
uno como padre es el primero que cultiva la impaciencia con sus hijos lo cual esto ellos lo repiten...
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Sandra Sandra
el 12/11/16
Yo me siento culpable aveces de sentir esa angustia e impaciencia porque creo que no tengo el espiritu de Cristo, ruego incesantemente por el consuelo prometido, por la paz que supera todo entendimiento, por la vida en abundancia que Cristo prometió, que tendre que hacer para recibir tan preciado ofrecimiento.Venid à mi todos lo que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar. Todos los dias ruego por paz, sera que esto es normal porque no somos de aqui y nuestro ser angela volver à casa?




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Hancer Arturo Hancer Arturo
el 29/10/16
Hay situaciones donde ser impaciente representa el desconocimiento la no aceptación del curso evolutivo de las cosas,queremos ser perdonados sin haber aprendido a perdonar,amados sin haber aceptado a los demas, justos sin haber aprendido a tolerar y se puede hacer extensivo en todos nuestros asuntos.Si nos centramos en que evolucionamos día a día, un paso a la vez la paz será nuestra eterna compañera, pero no es la paz que puede imaginarse sin dificultades sino la que no convence de que estamos haciendo lo correcto.No se puede llegar sin recorrer.
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Martha Martha
el 27/10/16
Impaciencia, segun el diccionario es falta de paz ,
es vivir con inquietud, desasosiego ; simplemente
porque a veces no encajamos en un grupo, en una
reunion entre amigos, notamos que nos sentimos
como extranjeros en una tierra extrana; tenemos
que disimular nuestra inquietud, nuestro deseo de
huir de aquella superficialidad y sumergirnos en lo
que nos sentimos realmente a gusto, que no quie-
re decir que seamos seres especiales, que seamos
de una profundidad interna singular sino que nos
fuera de ambiente, que no estamos en nuestro te-
rreno, eso me ha pasado varias veces, fuera de lugar
oyendo chistes de mal gusto, musica ruidosa , .......
bueno, es logico que salga de alli lo mas rapido po -
sible..... No tenemos porque cultivar la impaciencia,
la tenemos ya cuando nos ... » ver comentario
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eloeazar eloeazar
el 26/10/16
Buena reflexión. Si la impaciencia es por algo que no llega, pero es bueno, supongo que puede llegar a ser santa si no se excede, en cuyo caso no sería buena. Si lo que no llega es malo, parece tonto estar impaciente, esta clase de impaciencia puede parecerse a un temor; en todo caso de lo malo no se puede esperar directamente cosas buenas. Pero me parece que hoy en día podríamos decir, por decir no queda, que corremos detrás de todo, hasta el ocio debe estar completamente ocupado, y esa situación de impaciencia ante todo ni es buena ni se alcanzará.
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eloeazar eloeazar
el 26/10/16
Buena reflexión. Si la impaciencia es por algo que no llega, pero es bueno, supongo que puede llegar a ser santa si no se excede, en cuyo caso no sería buena. Si lo que no llega es malo, parece tonto estar impaciente, esta clase de impaciencia puede parecerse a un temor; en todo caso de lo malo no se puede esperar directamente cosas buenas. Pero me parece que hoy en día podríamos decir, por decir no queda, que corremos detrás de todo, hasta el ocio debe estar completamente ocupado, y esa situación de impaciencia ante todo ni es buena ni se alcanzará.
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