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Mirando fijamente la luz

Ron Roheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

En su libro Kitchen Table Wisdom, Stories That Heal (Sabiduría de mesa de cocina: Historias que curan), la doctora en medicina y escritora Rachel Naomi Remen nos cuenta esta historia.

Cuando ella tenía 14 años de edad, consiguió un empleo de verano trabajando como voluntaria en una residencia de ancianos. Esto no le resultó fácil. Era joven, tímida y especialmente temerosa de las personas mayores. Un día, se le encargó estar una hora  visitando a una anciana de noventa y seis años que no había hablado durante más de un año y estaba aquejada de demencia severa. Rachel llevó consigo una cesta de cuentas de vidrio esperando que podría ocupar a la anciana con ella en el ensartado de esas cuentas. No iba a ser así.

Llamó a la puerta, no recibió respuesta, entró y vio a la mujer sentada en una silla mirando por la ventana. Se sentó en una silla al lado de la anciana y, de cuando en cuando, durante la siguiente hora procuró llamar su atención. Nunca lo consiguió. En palabras suyas, “el silencio del aposento era absoluto”. La mujer nunca reconoció su presencia, ni siquiera le dirigió la mirada y simplemente continuó mirando por la ventana.

Cuando sonó una campana para avisar que su hora con esta mujer había finalizado, Rachel se levantó para marcharse, se volvió hacia la anciana y preguntó: “¿Qué estabas mirando”? La mujer se volvió hacia ella y dijo: “Vaya, niña, estaba mirando la luz”. Rachel quedó desconcertada momentáneamente, no por algo extraordinario de esas palabras, sino por una extraordinaria expresión, una especie de arrobamiento, en el rostro de la anciana. Como niña de 14 años que era, Rachel no tenía la menor idea de lo que había detrás de esa extraordinaria expresión del rostro. Tardaría años en llegar a saberlo.

Continuó hasta llegar a ser doctora en medicina, pediatra, que ayuda a dar a luz. Cuando ayudó a dar a luz a su primer bebé y el recién nacido abrió sus ojos, vio en el rostro de aquel bebé la misma expresión que había visto, todos aquellos años antes, en el rostro de la anciana. Aquel bebé también estaba mirando la luz, sin comprender, mudo, en una especie de arrobamiento, con sus ojos clavados en una luz que nunca antes había visto.

¿Cuál es la semejanza entre la expresión del recién nacido que abre sus ojos por primera vez y la expresión de una persona mayor que mira fijamente la luz? La idea de Rachel Remen lo capta.

En esencia, si vives bastante tiempo, llegará un momento en el que tus viejas maneras de conocimiento ya no te servirán, tu corazón se verá forzado a mirar más allá de sus heridas, todas tus viejas seguridades se desmoronarán y te quedarás desamparado mirando fijamente una luz muy diferente. Esto cambiará radicalmente tu mirada, te privará de casi todo lo que solía tener sentido, te volverá infantil de nuevo y te dejará mudo, mirando silenciosamente lo desconocido, su llamativa luz. ¿Por qué? ¿Qué está sucediendo aquí?

Cuando nace un bebé, abandona un lugar que es pequeño, limitado y oscuro, pero protector, nutritivo y seguro. Deja también el único lugar que siempre ha conocido y no puede tener la menor idea de lo que le aguarda después del nacimiento. Verdaderamente, si pudiera pensar conscientemente, sin duda encontraría difícil creer que algo, incluso su madre (a la que nunca ha visto), existe fuera del vientre. De aquí,  la expresión del rostro de un bebé cuando abre sus ojos por primera vez y mira la luz: temor, turbación, arrobamiento.

Nacemos de un vientre y entramos a otro. Vivimos en un segundo vientre, nuestro mundo, que es algún tanto más grande, algo menos limitado y un poco menos oscuro, y que, como el vientre de nuestra madre, ofrece protección, nutrición y seguridad. Durante casi todas nuestras vidas, este segundo vientre nos sirve bien, dándonos lo que necesitamos. Cuando somos jóvenes, sanos y fuertes, parece poco razonable cambiar nuestra mirada hacia alguna otra luz. El vientre en el que estamos viviendo está suministrando suficiente luz. A la vez, es el único lugar que conocemos. En verdad, confiados a la naturaleza y a nosotros mismos, no tenemos la menor seguridad de que haya algún lugar más allá.

Además, compartimos esto también con un bebé en el vientre. Desde el momento de su concepción, un bebé ya tiene, codificado en su cuerpo y alma, la exigencia de su inminente nacimiento. Llega un momento en que tiene que nacer en un mundo más amplio. Así es también para nosotros. De igual modo, tenemos la exigencia de un inminente nacimiento desde nuestro actual vientre codificado en nuestro cuerpo y nuestra alma. Por consiguiente, junto con un bebé no nacido en el vientre, compartimos también una cierta “demencia” por una luz más amplia.

En un poema titulado El anhelo sagrado, Johann Wolfgang von Goethe expresó esto poéticamente:

Ahora ya no estás capturado.
En la obsesión con la oscuridad
y un deseo por hacer el amor más alto,
te barre hacia arriba
.
La distancia no te hace titubear,
ahora, llegando mágicamente, volando,
y finalmente, loco por la luz,
eres una mariposa y te has marchado.

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