Manual del Laico Inmiscuido

Manual del Laico Inmiscuido: Reflejo de una Vida en Comunidad«Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización» (Evangelii Nuntiandi, nº 70).

Presentación
He compartido durante trece años la vida de una Parroquia en Vallecas. En estos años algunos laicos me han enseñado bastantes cosas. Es una pena que en estas letras no pueda poner ejemplos concretos, que quizás a otros no les dijeran nada. Solo un recuerdo, para aquellos que ya se fueron y pertenecen a nuestro pequeño santoral parroquial por su dedicación a la Comunidad y al barrio.

Expresar en unas líneas lo que se considera esencial no es fácil, seguro que algunas cosas se escapan. Pero este decálogo sencillo puede servir para darnos cuenta de algunos de los rasgos que hacen del laico una persona inmiscuida en la Iglesia y en el mundo. Según el diccionario, «inmiscuido» quiere decir: poner una sustancia en otra para que resulte una mezcla, entremeterse en un asunto o negocio. No podría ser de otra manera: estar en el mundo y en la Iglesia (estas dos cosas no van nunca separadas) es su vocación auténtica.

Seguro que de estas palabras se desprenderán algunas ideas clericales; uno es lo que es. Pero en ocasiones se puede ver mejor desde fuera. Por otra parte, solo pretendo llegar a unos puntos esenciales que he ido comprendiendo en el contacto diario con algunos de vosotros.

Dicho esto, repasemos todos juntos lo que vivimos, hacemos, creemos y celebramos. Es posible que con todo no te sientas plenamente identificado; solo es un camino, un resumen de resumen, lo que te presento. Ha sido más rica la vida compartida contigo. Lo he llamado «manual» porque se puede pasar de mano en mano; no es un compendio, es un reflejo. Es tu vida contada como la veo, la espero y la deseo.

Amigo laico, gracias por todo, que este pequeño decálogo te anime a seguir luchando. Bueno, empecemos.

1. Tener una fe asumida
¡Esté atento, sugiero! Por si te recuerda algo, es una frase del Papa que, aparte de otras traducciones, puede tener la siguiente, si se me permite: es una persona que sabe dar razón de su fe. Que después de pensar (privilegio concedido, parece ser, solo a unos pocos hoy) ha llegado a la conclusión de que hay más razones para creer que para su contrario; que el creer es algo razonable. No niega el misterio, simplemente comprende que en el mundo de hoy hace falta saber dar razón de su fe. Por otra parte, no trata de convencer a nadie, pero es importante responderse a las preguntas que la fe, siempre en búsqueda, le hace constantemente.

Sin ser probablemente especialista en sociología, psicología ni en teología —quizás algún cursillo, alguna catequesis— anda en búsqueda de respuestas. Y aunque muchas veces no verbaliza, no está acostumbrado a las grandes disputas o dialécticas. Su testimonio sobre la fe, cuando lo articula en situaciones especiales, parece bastante razonable.

Retomando el hilo, esta fe pensada debe ser asumida, y asumir supone acoger. No es algo hereditario; la fe se opone a la religión entendida popularmente hoy. No es lo mismo ser religioso que tener fe. Cuando la fe se asume como algo personal y comunitario en relación a Jesús de Nazaret, no hay otra posibilidad que vivirla como la vivió Él. Traducido al castellano: una fe vivida es vivir como vivió Jesús, y esto se plasma en un estilo de vida.

2. Conocer la realidad que habita
Con seguridad no entiende todo lo que supone Maastricht o el euro, pero conoce la realidad que habita. Aunque no sepa poner etiquetas de «narcisista» o «neoliberal», está enterado de qué va la cosa. Comprende que en el plano económico los pobres son cada día más pobres. Conoce lo que es el trabajo, los contratos basura, el paro, lo que cuesta el piso y lo que se llevan los bancos. Mente clara y ojos abiertos. No es solo la experiencia de lo vivido, es también lo comentado y analizado de su barrio, su ciudad y su generación.

3. Estar en la plaza pública
Se dio cuenta hace tiempo de que los niños no tienen donde jugar y participa en la Asociación de Vecinos, en el AMPA o en el sindicato. Sabe que es en lo público donde la presencia del cristiano hoy está más «verde». De vez en cuando se pregunta si es posible ser buen ciudadano y buen cristiano a la vez al ver las injusticias.

No es posible estar al día de todo, ¡hoy es tan efímero el presente! Pero este parroquiano lúcido, a pesar de las tentaciones de volver a lo privado, cree sin complejos ser presencia y levadura, salpicar de criterios evangélicos la realidad que habita.

4. Ser optimista
Donde otros ven un árbol, él ve una tarde hermosa. Es optimista, no iluso. Se ha perdido hoy tanto la capacidad de utopía, incluso entre hombres de Iglesia, que parece que llevan gafas negras. Entender que las cosas pueden cambiar y que la gente puede ser más solidaria es un buen camino para no dogmatizar nada. Siguen siendo optimistas y lo expresan siendo voluntarios, apoyando el 0,7% o hermanándose con una parroquia africana.

5. Tener claro lo de la opción por los pobres
Ser pobre no es un ideal; la lucha consiste en sacar a los pobres de la pobreza. Este laico tiene claro que lo que verifica la presencia del Reino es la Buena Noticia anunciada a los pobres. Apoya a Cáritas, la Pastoral de la Salud o a los inmigrantes. No busca solo caridad, sino justicia. En él se juntan lo próximo (asistencia directa) y la larga distancia (atacar las raíces de la injusticia).

6. La formación como cosa sabida
Acude a su catecumenado, a cursillos y charlas. Saca tiempo de donde puede. Comprende que la formación y la acción deben ir conjuntas. Mal que bien, se ha hecho con un bagaje formativo de «Educación General Básica». Es capaz de dar una charla a novios sobre Jesús donde prima más su experiencia que los conocimientos técnicos, llegando a veces más al corazón que los propios sacerdotes.

7. Aceptar responsabilidades
La razón de la responsabilidad no es fundamentalmente formativa, es cuestión de compromiso. Por eso participa en el Consejo Pastoral o la Junta Económica. Ve que los curas pasan y ellos permanecen. Asume llevar un grupo o una actividad pastoral con temores y dudas, pero con la convicción de que es su responsabilidad, lo cual da sentido a su vida cristiana.

8. La trampa afectiva
Aunque la Iglesia no sea una democracia, si no hay estructuras de participación, no hay futuro. Este laico vive la parroquia como algo suyo, sin discusiones jerárquicas. Sabe que «lo afectivo es lo efectivo» y que quizás entró por un cura que le caía bien, pero ha madurado hacia la gratuidad. No necesita medallas. Si cambian al cura o a los hermanos, él sigue trabajando. Se cabrea como humano que es, pero entiende que la comunidad es para todos.

9. Vivir una espiritualidad bien entendida
La espiritualidad consiste en «vivir del Espíritu», no en prácticas aisladas. Este laico pone en el centro a Jesús de Nazaret. La Palabra, la Eucaristía y los Hermanos son su sacramento. Celebra lo que vive y vive lo que celebra. Su mística es una espiritualidad encarnada; se fía de Dios más que de sus propias fuerzas.

10. La comunidad en definitiva
Para él, la Comunidad es algo abierto, una «Comunidad para la Misión» donde caben todos: desde la abuelita hasta el joven sindicalista. No quieren ser muchos, apenas un pequeño rebaño que haga el Reino creíble. La comunidad no es para sentirse bien ellos solos; solo tiene sentido si es para los demás.

Palabras finales
Ya has caído en la cuenta de que esto no es un manual técnico. No hablamos de espacios ni de horarios, sino de las claves para vivir la aventura de ser un parroquiano. El futuro de la parroquia pasa por crear comunidades fuertes que vivan hacia afuera y donde los laicos asuman su papel protagonista.

Espero que estas pinceladas sepas concretarlas en nombres. Tener una fe pensada, conocer la realidad, estar en la plaza pública, ser optimista, optar por los pobres, formarse, aceptar responsabilidades, cuidar lo afectivo, vivir el espíritu y ser comunidad.

¡Mucha tela, amigo cura! A ti te hacía yo estas preguntas.