El evangelista Mateo también conoce el dinero de los impuestos y toma postura ante él. Inmediatamente después del segundo anuncio de la pasión, Mateo habla del tributo religioso, el destinado al templo (Mt 17,24-27). Tras la parábola del banquete nupcial y antes de la discusión sobre la resurrección de los muertos, el evangelista se ocupa del tributo al César (Mt 22,15-22).
No hay impuesto religioso (Mt 17,24-26)
Jesús acaba de anunciar por segunda vez la valiosa entrega de su vida, que es el máximo bien que puede donar; es su riqueza suprema. En esta situación aparecen los recaudadores del templo acusando a Jesús de no pagar el impuesto del templo, un didracma (equivalente al salario de dos días). Cuando Mateo escribe su evangelio el impuesto del templo había pasado a ser un impuesto general, recaudado por los romanos. Es comprensible que el vocabulario sea variado: didracma, tributo e impuesto. De ahí que Jesús pregunte: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quiénes cobran tributos e impuestos: a los suyos o a los extraños?» (17,25). Los pueblos vencedores, en especial los romanos, cargaban el peso de los impuestos a los pueblos vencidos, no al ciudadano romano. Se entiende la respuesta de los discípulos: pagan impuesto los extraños, no «los suyos» (no los romanos, en este caso); los «hijos están libres» (v. 26b). Los hijos son libres con relación al templo y también respecto a los romanos. Los hijos de Dios son hombres libres. De suyo, nada tienen que pagar al templo, porque Dios no les exige ningún tributo. El único tributo que Dios reclama es la vida filial y fraterna. Si esta vida implica alguna donación, lo más importante es el don de la vida; otros dones, como los económicos, pueden ser necesarios, pero secundarios, como expresión que son de la relación fraterna o filial. Pero, de suyo, el impuesto religioso es abolido, porque los hijos son libres: están exentos de impuestos.

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