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Los Imperativos Categóricos

Ron Rolheiser (Trad. Julia Hinojosa) -

Hay un axioma muy conocido el cual repetiré más delicadamente que en su expresión habitual.  Dice así: Cada vez que te dices a ti mismo que deberías hacer algo, haces una mala compra.  La insinuación es que estamos siempre confundiendo la voz de las neurosis con la voz de la conciencia y nos ponemos bajo  falsas obligaciones que nos roban tanto la libertad como la madurez.

¿Será eso cierto? Sí, y no.  El axioma es más sabio de lo que parece.  Dice que no debería haber ningún ‘deber ser’ en nuestra vida, sin embargo esta afirmación es contradictoria en sí misma.

Aun y así, hay que darle su debida atención. Hay sabiduría en su intuición, incluso si se expresa con la sutileza de un martillazo.  Contiene un  desafío positivo:
Muchas veces cuando nos sentimos ante una obligación que nos  incomoda ("¡tengo que hacer esto! ¡Debo hacer lo otro!") el imperativo no viene de Dios o de la verdad, sino de alguna otra voz que está siendo falsamente identificada como si fuera la voz de Dios. Dicho más técnicamente, la mayoría de las voces que oímos en nuestro interior pidiéndonos que hagamos algo, son de carácter psicológico y emocional, más que moral o religioso. No nos dicen lo que está bien, lo que esta mal, o lo que Dios quiere de nosotros, sólo nos dicen cómo nos sentimos acerca de ciertas cosas. Por ejemplo: un sentimiento de culpa no indica que hemos hecho algo mal, sólo nos dice cómo nos sentimos acerca de lo que hicimos, y ese sentimiento puede ser saludable o no saludable. Tal vez no hicimos nada malo en absoluto, sino que únicamente estamos heridos y neuróticos.  El dolor y el arrepentimiento son mejores indicadores de la moral que cualquier sentimiento de culpa.

Entonces, ¿de dónde vienen estos sentimientos de obligación y de culpa? Provienen de la naturaleza y la educación, de la genética y de la socialización, de nuestro inconsciente y de nuestras heridas. Los Freudianos, Junguianos, y Hillmanianos, ofrecen diferentes explicaciones, pero  todos están de acuerdo en lo principal. Es decir, muchas de las voces de nuestro interior que nos hablan del bien y del mal y que nos demandan hacer esto o aquello, no son voces morales o religiosas en absoluto. Con todo, pueden enseñarnos cosas importantes. Pero, si las tomamos como la voz de Dios y la moral, vamos a terminar actuando por algo que no viene de  Dios o de la conciencia.  Mucho del  "deber ser" que sentimos dentro de nosotros no es la voz de la conciencia en absoluto.

Sin embargo, habiendo dicho esto, hay que hacer algunas salvedades importantes. A veces la voz de la obligación que sentimos en nuestro interior es profundamente moral y religiosa, es la voz de Dios.  Si hay voces falsas que nos hablan en nuestro interior, también lo hacen las verdaderas. C.S. Lewis, por ejemplo, en la narración de su propia conversión, comparte cómo él no quería convertirse al cristianismo, sin embargo algo dentro de él le decía que tenía que convertirse. A pesar de ser "el converso más reacio de la historia de la cristiandad", en un momento de su vida, se dio cuenta de que "la compulsión de Dios", fue su liberación. Se convirtió en un cristiano, porque, paradójicamente, en un momento de verdadera libertad, llegó a saber que no tenía otra opción existencial excepto el entregarse a algo, la compulsión de Dios, la cual se le presentó como una obligación.

"La compulsión de Dios" es, precisamente, un profundo y auténtico "deber ser" dentro de nosotros. La gran paradoja es que cuando nos sometemos a ella, llegamos a ser más libres y más maduros. Es también lo que trae alegría a nuestras vidas.  No es casualidad que el libro en el que Lewis describa esta experiencia con la expresión “sorprendido por la alegría”.

Hay una gran paradoja en el corazón de la vida, que es difícil de aceptar. A saber, que la libertad consiste en la obediencia, la madurez consiste en la entrega, y la alegría está en aceptar el deber y la obligación. Jesús enseñó y practicó claramente esta paradoja. Fue el hombre más libre que haya pisado este planeta. Pero insistía siempre que no hacía nada por su cuenta, que todo lo hacía por obediencia a su Padre. Él fue el paradigma de la madurez humana, incluso cuando su vida era una entrega constante de la propia voluntad. Él estaba libre de toda religión falsa, falsa moral y falsa culpa, de tal manera que siempre basó  los imperativos morales y religiosos en el interior de su propia alma y dentro de su propia tradición religiosa.

Simone Weil, aquella filósofa y mística extraordinaria que defendió su libertad tan profundamente que, a pesar de su creencia en la verdad de Cristo, se resistió al bautismo porque no estaba segura de que la iglesia visible en la tierra, mereciera esta clase de confianza, fue clara, a pesar de una feroz resistencia instintiva, al afirmar que lo que en última instancia quería y necesitaba, era ser obediente. Pasamos toda nuestra vida, así lo afirmó ella, en busca de alguien o algo a quién ser obedientes,  porque a menos que nos entreguemos en obediencia a algo más grande que nosotros mismos, nos inflamos y crecemos absurdamente. Tiene razón.

Tenemos que dejar de obedecer las voces falsas de nuestro interior. No hay que confundir la neurosis con la conciencia. Pero, dicho esto, no hay que olvidar que ¡hay algunos “deber ser” que hay que cumplir!

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