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La lucha por no hacer de Dios nuestra propia deidad tribal

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) -

Fui bendecido con una educación en un ambiente muy protegido y seguro. Viví mi niñez en un virtual capullo envolvente. En la lejana, rural, de primera-generación e inmigrante comunidad en la que crecí, todos nos conocíamos, todos íbamos a la misma iglesia, todos pertenecíamos al mismo partido político, todos éramos blancos, todos procedíamos del mismo origen étnico, todos compartíamos el mismo acento cuando hablábamos inglés, todos teníamos un semejante punto de vista sobre cómo entendíamos la moralidad, todos compartíamos parecidas esperanzas y temores sobre el mundo exterior, y todos alabábamos a Dios llenos de confianza desde el interior de ese capullo. Sabíamos que éramos especiales a los ojos de Dios.

Hay una maravillosa fuerza en eso, pero también un fondo peyorativo. Cuando no hay verdaderos extraños en tu vida, cuando todos son semejantes a ti, creen lo que tú crees y hablan como tú, cuando tu mundo está ajustado sólo a tu manera, se va a dar después alguna dolorosa tensión, en algunos puntos bien profundos de tu alma, para aceptar -aceptar existencialmente- y estar cómodo con el hecho de que gentes que son muy diferentes de ti, que tienen diferente color de piel, hablan diferentes  lenguas, viven en diferentes países, tienen diferentes religiones y tienen  diferente forma de entender las cosas, son justamente tan reales y preciosas a Dios como tú eres.

Por supuesto, no todos tienen un fondo como el mío, pero sospecho que la mayoría de la gente también lucha por aceptar, más allá de nuestro demasiado fácil compromiso de qué abiertos somos, que todas las vidas del mundo son para Dios igual de preciosas que la nuestra. Nos es duro creer que nosotros, y nuestra propia condición, no estamos bendecidos especialmente y no somos de más valor que otros. Hay muchas razones para eso.

Primera, hay un innato narcisismo: Dicho simplemente, no podemos dejar de sentir que nuestra propia realidad es más real y más preciosa que la de otros; después de todo, como dijo René Descartes, clásicamente y siempre, lo único que podemos saber con seguridad es que nosotros somos reales, que nuestros gozos y dolores son reales. Puede ser que estemos soñando todo lo demás. Más allá de ese natural narcisismo, otras cosas empiezan a moverse dentro: La sangre, la lengua, el país y la religión son más densos que el agua. Consecuentemente, nuestra propia condición siempre parece más real para adaptarse particularmente a la raza, al país y a nosotros. Demasiados de nosotros viven con la opinión de que Dios ha bendecido a nuestra raza y nuestro país más de lo que Dios ha bendecido a otras razas y otros países, y que nosotros somos especiales a los ojos de Dios. Esa es una noción peligrosamente falsa y no-cristiana, directamente contraria a las escrituras judeo-cristianas. Dios no valora a unas razas y a unos países más que a otros.

¿A dónde podríamos ir con todo esto, dado que es duro ver cómo  la vida de todos los demás es tan real y preciosa como la propia nuestra? ¿Cómo  abrimos nuestros corazones para aceptar existencialmente una verdad que defendemos con nuestros labios, a saber, que Dios ama a todos igualmente, sin ninguna excepción?

Podríamos empezar admitiendo el problema, admitiendo que nuestro natural narcisismo y tendencia al tribalismo nos priva de ver que las vidas de otros son tan reales y preciosas como la propia nuestra. Muy particularmente -sugiero yo- necesitamos mirar a nuestro falso patriotismo. Nosotros no somos especiales como nación, al menos no más especiales que cualquier otra nación. Nuestros sueños, nuestros pesares, nuestras preocupaciones, nuestros gozos, nuestras penas, nuestras muertes no cuentan más ante Dios que los de las personas de otros lugares del mundo; quizás incluso menos, ya que Dios tiene opción preferencial por los pobres. Las vidas de cientos de miles de refugiados de hoy día, tan fácil de amontonar en una masa de anonimato a la que no podemos conceder abstracta simpatía, son ciertamente tan preciosas como las de nuestros propios hijos; acaso más, dada la verdad de nuestras escrituras sobre el hecho de que Dios toma carne en los excluidos. Hoy ellos pueden ser el pueblo del destino manifiesto, los que llevan la bendición especial de Dios.

De igual manera, e importantemente, debemos también corregir nuestras malas teologías. El Dios al que Jesús reveló y encarnó puede que nunca se convierta en un Dios de nuestra propia condición, un Dios que nos considere más preciosos y agraciados que otros pueblos, un Dios que nos bendiga de modo especial más que a otros. Tristemente, siempre estamos dispuestos a convertir a Dios en nuestra propia deidad tribal, en el nombre de la familia, la sangre, la iglesia y el país. Dios viene a ser demasiado fácilmente nuestro Dios. Pero la verdadera fe no nos permite eso. Más bien una sana y ortodoxa teología cristiana enseña que Dios está especialmente presente en el otro, en el pobre y en el extranjero. La revelación de Dios nos viene lo más claramente a través del forastero, de lo que nos es extraño, de lo que nos abre más allá de nuestra zona de confort y nuestras expectativas, particularmente nuestras expectativas en relación con Dios.

Dios es igualmente el Dios de todos, no especialmente nuestro, y Dios es demasiado grande para ser reducido a servir los intereses de la familia, la etnia, la iglesia y el patriotismo.    
        

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icono comentarios 4 comentarios

Comentarios

eleazar eleazar
el 15/10/16
Una lectura rápida del antiguo Testamento puede favorecer considerarse especial a los hijos de Dios por una identidad cultural, . . . . incluso étnica. Que somos especiales a los ojos de Dios el mismo nos lo dice pero la autoafirmación basada en la tribu no contiene la realidad personal y es un estorbo a su maduración. Poner lo mejor, Dios y los hombres, exclusivamente en esta faceta de nuestra realidad que es el grupo es también un error, y más cuando esta autoafirmación erradica de los mejor a los demás que no son de . . .. En nuestros días no sólo erradica a los demás si que dejan de ser lo mejor para convertirse, no en otros, si no en el enemigo. Han pasado de ser lo mejor a lo peor. Poner a Dios donde queremos es mentirnos, falseara Dios. Si nos diluimos en el grupo y nos h ... » ver comentario
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Martha Martha
el 11/10/16
En tiempos primitivos vivian en grupos ya fueran de
una misma familia o de una misma raza, los cuales
respondian a la autoridad de alguien al que conside-
raban que tenia cualidades superiores a los demas,
sea por su edad, o por su clase o categoria , tambien
por su valentia, algun elemeto sobresalia de esa per-
sona para considerarlo "Jefe" y por tanto obedecian
suys ordenes y su Dios tribal, que consideraban solo
de ellos. Desde la llegada de Jesus a la tierra sabemos
por medio de las Escrituras que no es asi; el Dios que
ensenan sus palabras es un Dios universal, para todos
sus Hijos sin reconocer fronteras, ni color de la piel, ni
que hablen otro idioma; ese es nuestro Dios, de la to-
talidad de la humanidad; no existe una persona en es-
pecial para EL, que ame mas a los ... » ver comentario
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wilsoncatano wilsoncatano
el 11/10/16
Ese es el peligro con las comunidades católicas que tienden al sectarismo amparados en un neotribalismo con la idea de un dios comunitario que los hace superiores y mejores que los demas dizque porque son predestinados o llamados desde el nacimiento por su nombre ( escuela predeterminista )
Manipulación, fraude y persuasión coercitiva.
Todo se mueve solo en función y a la manera de la tal llamada comunidad, convirtiendo a sus integrantes mas ciegos y sordos que nunca y dejando a un lado la verdadera praxis del católico.
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Manuel. Manuel.
el 10/10/16
Mi ego me debe dar paso al ego de los otros. El análisis profundo de mi yo, me debe de llevar al análisis profundo de los otros. Entonces, si mis condiciones se encuentran dotadas de bienestar, me daré cuenta de que no hay diferencia entre los otros y yo, que mi dependencia es la misma que la de ellos, que todos somos lo mismo, que nuestros imperios escodidos son sueños que todos tenemos.Que a la vista del Creador, todos somos iguales, y,que de la misma forma que venimos nos vamos. Y, que todos, al final seremos ante él. Sea el Creador, Padre y Señor y, en él ,todo el poder y la gloria.
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