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La inagotabilidad de Dios

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

A muchos de nosotros -estoy seguro- nos ha impresionado la película De dioses y hombres. Cuenta la historia de un grupo de monjes trapenses que, después de hacer una dolorosa decisión de no huir de la violencia que había en Argelia en la década de 1990, son al fin martirizados por extremistas islámicos en 1996. Recientemente, me impresionó mucho leer los diarios de uno de esos monjes, Christophe Lebreton. Publicados bajo el título Nacido de la contemplación de Dios: El diario tibhirino de un monje mártir, sus diarios recogen los tres últimos años de su vida y nos dan una visión sobre la decisión suya y de su comunidad de permanecer en Argel a pesar de la casi segura muerte.

En una de las entradas de su diario, Christophe cuenta cómo en esta situación de odio y amenaza, mantenida entre los extremistas islámicos por un lado y un gobierno corrupto por otro, buscando lugar a la esperanza, se detiene en un poema, El pozo, de un poeta francés, Jean-Claude Renard:

Pero ¿cómo podemos afirmar que ya es demasiado tarde               
para cumplir el deseo?
Muy paciente permanece el don;
y entonces siempre, quizá, algo
o alguien dice, desde la profundidad del silencio y la desnudez,
que un inefable fuego continúa excavando dentro de nosotros,
bajo las tierras baldías pobladas de espinos,
un pozo que nada se agota.
Un pozo que nada se agota.

Quizá ésa sea la base real para la esperanza.

Para todos nosotros hay momentos de la vida en que nos parece que perdemos la esperanza, en que miramos al mundo o a nosotros mismos y, consciente o inconscientemente, pensamos: “¡Es demasiado tarde! ¡Esto se ha ido demasiado lejos! ¡Nada puede remediar esto! ¡Todas las oportunidades de cambiar esto se han agotado! ¡No hay esperanza!”

Pero ¿es este sentimiento natural y depresivo, de hecho, una pérdida de esperanza? No necesariamente. En verdad, precisamente cuando nos sentimos de esta manera, cuando hemos sucumbido al sentimiento de que hemos agotado todas nuestras oportunidades, es entonces cuando la esperanza puede llegar y sustituir sus falsificaciones, el pensamiento ansioso y el optimismo natural. ¿Qué es la esperanza?

Generalmente confundimos esperanza con pensamiento ansioso y  optimismo natural; ambos tienen poco que ver con la esperanza. El pensamiento ansioso no tiene el menor fundamento. Podemos desear ganar una lotería o tener el cuerpo de un atleta de clase mundial, pero ese deseo no tiene la menor realidad en la que sostenerse. Es pura fantasía. El optimismo, por su parte, está basado en el temperamento natural e igualmente tiene poco que ver con la esperanza. Terry Eagleton, en un reciente libro, Esperanza sin optimismo, sugiere más bien cínicamente que el optimismo es simplemente una índole natural y un esclavizador: “El optimista está encadenado a la jovialidad”. Además -afirma- ese barniz monocromático del optimista sobre el mundo difiere del pesimismo sólo en que es monocromáticamente rosado en vez de monocromáticamente gris. La esperanza no es un deseo o un talante; es una perspectiva sobre la vida que necesita estar basada sobre una realidad suficiente. ¿Cuál es esa realidad suficiente?

Jim Wallis, notable figura de la esperanza cristiana en nuestro tiempo, dice que nuestra esperanza no debería estar fundada sobre lo que vemos en las noticias del mundo cada noche, porque esas noticias cambian constantemente y, en cualquier noche dada, pueden ser tan negativas como para darnos poco fundamento para la esperanza. Está en lo cierto. Si el mundo parece mejor o peor en una determinada noche, apenas nos resulta  causa suficiente para confiar en que al fin todo estará bien. Las cosas  podrían cambiar drásticamente la noche siguiente.

Pierre Teilhard de Chardin, que siempre declaró que era un hombre de esperanza más bien que de optimismo, en una respuesta a una pregunta, sugirió una vez que hay dos razones suficientes para la esperanza. Preguntado sobre qué pasaría si voláramos el mundo con una bomba atómica, respondió: Eso haría retroceder las cosas algunos millones de años, pero el plan de Dios para la tierra aún se cumpliría. ¿Por qué? Porque Cristo lo prometió y, en la resurrección, Dios muestra que Dios tiene el poder para cumplir esa promesa. La esperanza está basada en la promesa de Dios y en el poder de Dios.

Pero hay todavía otra razón para nuestra esperanza, algo más que apoya nuestra esperanza y nos da razón suficiente para vivir en la confianza de que al fin todo resultará bien, a saber, la inagotabilidad de Dios. En lo más profundo,  en lo profundo de nosotros y lo profundo de nuestro universo, hay un pozo que nada se agota.

Y esto es lo que con frecuencia olvidamos o reducimos hasta el limitado  tamaño de nuestros propios corazones y fantasías: Dios es un Dios pródigo, casi inimaginable en la extensión de la creación física, un Dios que ha creado y aún sigue creando millones de millones de universos. Por otra parte, este pródigo Dios, tan lejos de nuestra imaginación en creatividad, es, como nos ha sido revelado por Jesús, igualmente inimaginable en paciencia y misericordia. Nunca hay fin a nuestro número de oportunidades. No hay ningún límite a la paciencia de Dios. No hay nada que pueda agotar el pozo divino.

Nunca es demasiado tarde. La creatividad y la misericordia de Dios son inagotables.  

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