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La función antropológica del chisme

Ron Roheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

En su novela Oscar and Lucinda (Óscar y Lucinda), Peter Carey ofrece esta pintoresca imagen del chisme. El escenario es una pequeña población en  la que hay rumores acerca del sacerdote y una determinada joven. He aquí su metáfora:

“Entonces el vicario de Woolahra la llevó de compras; y la sociedad, siempre sintiendo que las compras eran la actividad más íntima, se alegró  de sentir que la presión del vapor se elevaba en sí misma mientras se preparaba para escandalizarse oportunamente; sus tubos gemían y se ensanchaban, y se podían oír los ruidos en sus paredes y sótanos. Los paisanos se imaginaban que él pagaba las galas de ella. Cuando oyeron que no era así, que la chica tenía soberanos en su cartera -suficientes, según se corrió la voz, para comprar al sacerdote un par de gemelos de diamante de ónice- la presión no decayó sino que se mantuvo constante, así que a la vez que no alcanzó el escenario donde la afrenta estaba burlándose a través de las válvulas abiertas, mantuvo un buen estruendo, una nota más baja que sonaba como un gruñido en la garganta de un perro pequeñito”.

¡Qué imagen más idónea! El chisme se parece al silbido de vapor de un radiador o al gruñido de un perrito, y aun así es importante. Durante casi todas nuestras vidas componemos una comunidad en torno a él. ¿Cómo así?

Imaginaos saliendo a cenar con un grupo de compañeros. Aun cuando no haya abierta hostilidad entre vosotros, existen claras diferencias y tensiones. No elegiríais naturalmente salir a cenar juntos, pero la circunstancia os ha juntado y estáis aprovechándola al máximo.

Tenéis la cena juntos y las cosas corren bastante amenas. Hay armonía, bromas y humor en la mesa. ¿Cómo os las arregláis para llevaros tan bien  a pesar y más allá de las diferencias? Hablando de algún otro. Casi todo el tiempo se emplea hablando de los demás, en cuyos defectos, excentricidades y neglicencias estamos de acuerdo. Alternativamente, hablamos de enfados compartidos. Acabamos disfrutando de un tiempo armonioso juntos porque conversamos sobre alguien o algo más, cuya diferencia de nosotros es superior a nuestras diferencias mutuas. ¡Por supuesto que no te atreves a abandonar la mesa, porque ya sospechas de quién se pondrán a hablar entonces! Tu temor está bien fundado.

Hasta que logramos un cierto nivel de madurez, mayormente formamos la  comunidad en torno a un chivo expiatorio, esto es, salvamos nuestras dificultades y tensiones fijándonos en alguien o algo con el que o lo que compartimos un común alejamiento, indignación, ridiculez, ira o celotipia. Esa es la función antropológica del chisme; y es muy importante. Superamos nuestras diferencias y tensiones usando como chivo expiatorio a alguien o algo. Por eso es más fácil formar comunidad contra algo que alrededor de algo, y por eso  es más fácil definirnos más por aquello con lo que estamos en contra que por aquello con lo que estamos a favor.

Las culturas antiguas sabían esto y diseñaron ciertos rituales para sacar la tensión fuera de la comunidad al convertirlos en chivos expiatorios. Por ejemplo, en el tiempo de Jesús, en la comunidad judía existía un ritual que funcionaba esencialmente de este modo: A intervalos regulares, la comunidad tomaba una cabra y la adornaba simbólicamente con las tensiones y divisiones de la comunidad. Entre otras cosas, la cubría con ropaje color púrpura para simbolizar que los representaba simbólicamente, y clavaban una corona de espinas en su cabeza para hacerle sentir el dolor de sus tensiones comunitarias. (Observad cómo Jesús es vestido con estos precisos símbolos cuando Pilatos lo muestra a la multitud antes de la crucifixión: He aquí al hombre… ¡Mirad a vuestro chivo expiatorio!) La cabra era ahuyentada para que muriera en el desierto. Salir de la comunidad era entendido como quitar el pecado y la tensión de esta, dejarla libre de tensión por la expulsión del animal.

Jesús es nuestro chivo expiatorio. Quita nuestro pecado y división, aunque no por expulsión de la comunidad. Quita nuestros pecados al asumirlos, cargándolos y transformándolos como para no devolverlos del mismo modo. Jesús quita el pecado de la misma manera que un filtro de agua purifica, al retener las impurezas en sí mismo y devolver solamente lo que es puro.

Cuando decimos que Jesús murió por nuestros pecados, necesitamos entenderlo de este modo: Él tomó en sí odio y devolvió amor; tomó en sí maldiciones y devolvió bendiciones; tomó en sí amargura y devolvió dulzura; tomó en sí celotipia y devolvió aseveración; tomó en sí asesinato y devolvió perdón. Al asumir nuestro pecado, diferencias y celotipias, hizo en favor nuestro lo que nosotros, menos madura y efectivamente, intentamos hacer cuando nos crucificamos mutuamente por medio del chisme.

Y esa es la invitación que Jesús nos hace: Como adultos, estamos invitados a subir un peldaño y hacer lo que hizo Jesús, esto es, asumir las diferencias y celotipias que nos cercan, retenerlas y transformarlas para no devolverlas del mismo modo. Entonces ya no necesitaremos chivos expiatorios, y los tubos de vapor del chisme cesarán de silbar, y el leve gruñido de ese perro pequeñito que hay en nosotros quedará finalmente   en silencio.

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