John Allen, D.E.P.

2 de febrero de 2026

John Allen JrEl renombrado antropólogo Mircea Eliade hizo una vez esta advertencia: Ninguna comunidad debería echar a perder sus muertes. Y lleva razón. La muerte limpia, y solo después de que alguien se ha ido podemos asimilar plenamente el regalo que él o ella fue para nosotros y para el mundo.

El 22 de enero la comunidad cristiana, y la Iglesia Católica en particular, perdió a alguien que había sido un regalo para nosotros durante mucho tiempo. John Allen, el redactor jefe de Crux, falleció en Roma a los 61 años. Llevaba luchando contra el cáncer desde 2022.

John Allen fue uno de los periodistas de habla inglesa más destacados (e importantes) que comentaban temas religiosos, especialmente cuestiones eclesiales y los cambios demográficos de la religión en el mundo. Trabajó desde Roma como corresponsal en el Vaticano y desde Estados Unidos como redactor jefe de un sitio web de noticias que nos ayudaba a estar al día de lo que ocurría a nivel religioso en el mundo.

Hubo varias cosas que hicieron que John destacara como periodista. Tenía talento para tomar el pulso a la realidad, no solo a lo que ocurría en las iglesias, sino también a lo que (en sus propias palabras) eran las «megatendencias» mundiales. Para aquellos de nosotros que no teníamos tiempo de revisar las noticias cada día y leer los numerosos artículos en revistas religiosas y páginas web… bueno, podíamos leer a John Allen.

Pero, aún más importante que su talento para tomar el pulso a la actualidad, eran sus comentarios, siempre ecuánimes y equilibrados. John Allen no caía en ninguna de las categorías eclesiales actuales de «progresista» o «conservador». Era ambas cosas, y ninguna. Se sentía cómodo tanto en encuentros progresistas como conservadores, cómodo con los Papas Juan Pablo II y Benedicto, y con Francisco y León. Tenía seguidores y detractores en ambos lados del espectro eclesial. Eso dice mucho y bueno de él. Si se me permite usar un tópico manido, era demasiado conservador para algunos progresistas y demasiado progresista para algunos conservadores. No terminaba de encajar del todo con ninguno de ellos, aunque se sentía a gusto con ambos. Además, nunca se le acusó de ser parcial, ni siquiera por aquellos que no estaban de acuerdo con él.

Además, más allá del periodista, estaba John Allen el hombre, el amigo, el que siempre aportaba alegría, calidez y humor al grupo. Tuve el privilegio de conocerle (y a sus restaurantes favoritos) durante mis años en nuestro Consejo General en Roma. Trabó amistad con nuestra comunidad de Oblatos y nosotros con él. Nuestra amistad continuó tras mi regreso a Canadá y Estados Unidos, y John aceptó invitaciones para hablar en varios simposios y conferencias en nuestra escuela y en otros eventos patrocinados por los Oblatos.

Y siempre resultaba memorable, no solo por su contenido sólido, sino también por su color y humor. Se presentaba ante el público contando que venía de Hill City (Ciudad de la Colina), Kansas, donde, según sus propias palabras, «¡no hay colina, y desde luego no hay ciudad!». Decía que el bar local de allí tenía un cartel en el baño de hombres: «¡Por favor, no destripen sus patos en el lavabo!». Trasladaba esa naturalidad a sus presentaciones y nadie salía nunca preguntándose de qué estaba hablando exactamente. No solo aportaba equilibrio y ecuanimidad, también aportaba color, humor e ingenio.

John trasladaba eso a su vida en general: perspicacia, equilibrio y color. Mi imagen de John es esta: un cigarrillo en la mano, una copa delante, sentado con un grupo debatiendo sobre cualquier tema, con John aportando chascarrillos coloridos junto a agudas observaciones fruto de su amplia experiencia mundial. Recuerdo una historia que compartió precisamente en una reunión de este tipo, sobre cómo estaba con su familia en un centro comercial de Minneapolis cuando sonó su teléfono. Miró el número y le dijo a su familia que tenía que salir un momento para atender la llamada. Era el Papa Benedicto. ¿Cómo le dices a tu familia en un centro comercial de Minneapolis que acabas de recibir una llamada telefónica del Papa?

Como dice Eliade, ninguna comunidad debería echar a perder sus muertes. En su discurso de la Última Cena en el Evangelio de Juan, Jesús dice reiteradamente a sus discípulos que solo podrán recibir su espíritu después de que él muera. Al igual que Eliade, les advierte que no echen a perder su muerte. Y no lo hicieron.

Tras su muerte, sus primeros discípulos, a pesar de toda su incomprensión e infidelidades mientras estaba vivo, no echaron a perder su muerte. A la luz de ella, fueron capaces de captar, plenamente por primera vez, su persona y su mensaje.

Hemos perdido a un gigante con John Allen y no deberíamos echar a perder su muerte.

Necesitamos beber de su espíritu para que, entre otras cosas, podamos ser más ecuánimes, no caer en ninguna ideología eclesial unilateral, y aportar siempre calidez e ingenio a cualquier encuentro.

John Allen, D.E.P. Siempre fuiste el buen hombre de Hill City, demasiado sensato como para destripar tus patos en el lavabo.

Artículo original en Inglés