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Introducción

Severino-María Alonso, cmf. -
    En 1952, Pedro Laín Entralgo publicaba, en Barcelona, un libro con este mismo título: Palabras menores1. Decía, en el prólogo, justificando el título del libro, que son cuatro los estamentos a que puede pertenecer una palabra -hablada o escrita-, desde el punto de vista de su contribución a la historia del decir humano: La creación, el comentario, la imitación y la copia. Lo cual permite clasificar nuestras palabras en mayores, menores, mínimas y nulas.

    Son palabras 'mayores', en este peculiar sentido, las que 'crean'; 'menores', las que 'comentan'; 'mínimas' las que 'imitan'; y 'nulas', en la medida en que un acto humano puede ser históricamente 'nulo', las que 'copian'.

    Mis palabras personales, precisamente porque son mías, sólo pueden ser palabras menores. Van a tener mucho más de 'comentario' que de 'creación'. Pretenderán ser, con humildad y con audacia, sólo un acercamiento tembloroso y, a la vez, apasionado, a Dios y al hombre. Un acercamiento, siempre en el Hombre-Dios, que es Jesucristo: desde la fe pensada, es decir, desde la teología, desde la reflexión creyente sobre mi condición existencial de creyente. Serán también palabras menores por su breve -a veces, brevísima- extensión.

    Hablar de Dios es siempre peligroso, advirtió ya Orígenes. En realidad, sólo Dios habla de Dios, como afirma Karl Barth. De Dios sabemos lo que él nos ha dicho de sí mismo. Dios no es una intuición, ni una invención nuestra. Es siempre un redescubrimiento, porque es siempre una revelación. Y una revelación, con luz suficiente para que veamos, si queremos sinceramente ver; y con suficiente zona de sombras, para que no veamos -y nos consideremos incluso 'razonables'-, si nos empeñamos en no ver. Por eso, el ateísmo es posible. El creyente cree por la gracia de Dios. Y el ateo no cree, a pesar de la gracia.

    "El creyente lo es, por la gracia de Dios. El incrédulo, a pesar de la gracia. Pero no son pocos los creyentes que pueden labrar su desgracia si olvidan, frente a los ateos, que es la gracia divina, y no exclusivamente su personal esfuerzo, la que mantiene al hombre en pie de fe. La posibilidad de que muchos no crean, de que algunos deserten, de que otros que se sienten incrédulos lleven a Dios naciendo entre sus manos, de que otros sí creamos, obedece al maravilloso y delicado respeto con que Dios trata al hombre. Dios, que interviene en todo, se entromete muy poco en el santuario de la conciencia, donde la libertad se entiende. Dios es delicadeza. Dios es el que es, y el hombre es lo que quiere hacer de sí mismo. Dios no toma al hombre como instrumento mudo. No gusta de cadáveres. Lo que el hombre realiza, si Dios no está muy cerca, vale muy poco o nada para su afirmación personal definitiva. Pero Dios no quiere hacer nada en el hombre si el hombre no consiente en alguna manera. El incrédulo abusa de su gran privilegio de ser hombre. Pero ¿Quién es el hombre para agredir a otro hombre al que Dio no anonada?"2.

    Ahora bien, Dios se nos ha revelado definitivamente en Jesucristo. Y en Jesucristo se no ha revelado también, de forma definitiva, el hombre. Lo que Dios es y lo que somos nosotros, lo encontramos revelado y realizado históricamente en la Persona -en la vida y en la palabra- de Jesús de Nazaret.

    Estas breves páginas tratarán de acoger amorosamente y de intentar esclarecer, de algún modo, algo de lo que Dios mismo nos ha dicho y nos sigue diciendo acerca de su plan de amor sobre nosotros, que es lo que San Pablo llama misterio: ese designio, que se centra y concentra, que se realiza y se manifiesta históricamente en Jesucristo.

 


1. Pedro Laín Entralgo, Palabras menores. Ensayos, Ed. Barna, S.A., Barcelona, 1952, pp. 290.
2. Cf Adolfo Muñoz Alonso, Dios, ateísmo y fe, Sígueme, Salamanca, 1972, p. 162: "El creyente lo es, por la gracia de Dios. El incrédulo, a pesar de la gracia".

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