A lo largo del tiempo de misión, he tenido la suerte de sufrir y gozar. Así presento la experiencia, porque tanto ésta como cualquier otra experiencia de tipo apostólico que realicemos, va a ir acompañada siempre, si es de Dios, de unas buenas dosis de cruz y, al mismo tiempo, de consuelo y alegría interior por la labor realizada. Dios le concede al misionero la oportunidad y el regalo de configurarse con Cristo en su misterio pascual; morir para dar vida.

Pero, el Señor, que hace trabajar bajo estas condiciones para probar las más sinceras y auténticas motivaciones del misionero, no deja herida sin ungüento. Ha sido muy reconfortante ver cómo un grupo de “hermanos separados” como allí les gusta llamar a aquellos que un día decidieron pasarse a la confesión evangélica y protestante y de “católicos alejados” que se han subido al tren de la Santa Misión; y cómo la experiencia de este tiempo fuerte de evangelización ha marcado al calor de la Casa que un día dejaron. Y, ¡cómo no!, también ha sido bastante estimulante la acogida dispensada a los misioneros y al mensaje de Jesús. Fue sorprendente comprobar la grandeza de un pueblo, que vive desde una fuerte e impactante experiencia de fe, marcado por la miseria de la pobreza, corrupción y violencia. Bien puedo afirmar que ha sido una misión de los laicos, donde un pequeño grupo de sacerdotes y religiosas hemos colaborado activamente.
No pierde ocasión el Señor para comunicarse con nosotros y revelarnos su misterio de amor. Dios me ha hablado, como Él suele hacerlo, con la Palabra proclamada, anunciada y encarnada entre tanta gente sencilla y humilde que vive sólo de cara a Él, el único en el que pueden confiar plenamente. Dios no se queda con nada de nadie; y recompensa con creces cualquier pequeño esfuerzo que se haga por él y por su pueblo”.




