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Haití… ¿Dónde estaba Dios?

Ron Rolheiser (Traducción por Carmelo Astiz, cmf) -

¿Dónde está Dios en las innumerables tragedias que ocurren en nuestro mundo? ¿Dónde está Dios cuando sucede algo pernicioso a gente buena? ¿Dónde estaba Dios durante el Holocausto?

Estas son preguntas perennes, y, tomadas juntas, constituyen lo que con frecuencia se llama la “cuestión de teodicea”. La cuestión de Dios y del sufrimiento humano.

Con muchísima frecuencia esta cuestión nos golpea con especial agresividad, como ocurrió hace unas semanas  a causa del terremoto de Haití. Más o menos, han muerto entre un cuarto de millón y medio millón de personas, miles quedaron  heridas,  cientos de miles sin techo ni casa; más miles  todavía de personas  confrontan ahora  la temida posibilidad de contraer enfermedades por falta de agua  potable,  alimento, vivienda e higiene; su ciudad capital ha sido casi completamente destruida, y prácticamente todos los habitantes del país ha perdido seres queridos.  Y todo esto sucedió a una de las naciones más pobres del mundo – y a un pueblo que siente profunda fe en Dios.
 
¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Cómo encuentra uno una perspectiva de fe en la que se pueda entender esto? No es fácil.

Cuando buscamos respuesta en la Escritura, nos encontramos con que ni las escrituras judías ni Jesús tratan la cuestión de modo filosófico, a saber, con el tipo de estilo que los escritores apologistas, tanto cristianos como judíos, han intentado contestarlas. En su lugar, la Escritura y Jesús hacen dos cosas: Primera, sitúan el sufrimiento y la tragedia dentro de una perspectiva  más amplia en la que se percibe a Dios más como sufriendo con nosotros para redimirnos que como rescatándonos del mal.  Segunda, la Escritura y Jesús nos aseguran que Dios está con nosotros, como compañero sufriente, en cualquier tragedia.

 Por ejemplo, hay un obsesivo paralelo entre lo que sucedió en Haití y lo que se describe en el primer libro de Samuel, cuando el pueblo de Israel fue derrotado por los filisteos, en sangrienta batalla.  He aquí un extracto de la lectura:

    “Mandaron gente a Siló, y de allí trajeron el arca de la alianza del Señor Todopoderoso, que tiene su trono sobre querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, volvieron con el arca de la alianza de Dios. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel lanzó a pleno pulmón el grito de guerra, y la tierra retembló. (…) [Y con esa fe y confianza, Israel marchó a la batalla, pero] … Los filisteos se lanzaron a la lucha y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una derrota tremenda: cayeron treinta mil soldados de la infantería israelita. El arca de Dios fue capturada y los dos hijos de Elí  -Jofní y Fineés-  murieron” (1 Sm, 4,4-11).


Uno no tiene que forzar la imaginación para escribir un impresionante paralelo:

Así, el pueblo de Haití practicaba su fe cristiana con piedad y confianza. Los haitianos iban a sus iglesias, recibían la eucaristía, y encendían velas a su Dios. Y confiaban que su Dios los protegería. Pero vino un gran terremoto. Cientos de miles de su pueblo murieron, sus grandes edificios quedaron totalmente derruidos, ruinas por doquier, casi todas sus iglesias destruidas; su querida catedral colapsó y se desplomó, y el arzobispo murió bajo las ruinas de su “palacio”.

Entonces, ¿dónde estaba Dios cuando ocurrió todo esto?

El libro de Samuel no trata de escribir una apología para explicar lo que pasó aquel día, cuando el pueblo, que justamente había celebrado su fe y confianza en Dios, fue completamente derrotado en la batalla. No intenta explicar dónde estaba Dios cuando eso ocurrió. Simplemente continúa contando su historia, y, al fin, vemos cómo Dios redime una tragedia de la que no rescató a las víctimas. Deja claro también que Dios estaba con el pueblo de Israel, incluso mientras eran totalmente derrotados.

Jesús nos ofrece en esencia la misma perspectiva: Cuando su amigo Lázaro estaba agonizando, no se apresuró para estar a su lado y rescatarlo de la muerte. Aguardó hasta que Lázaro estuviera ya muerto, y sólo entonces fue a la casa de sus amigas. Allí salieron al encuentro de Jesús las dos hermanas de Lázaro, Marta y María, que le preguntaron -cada una de ellas-  la misma pregunta lacerante: ¿Dónde estabas cuando nuestro hermano estaba agonizando? ¿Por qué no viniste a curarle?

Jesús, por su parte, no aborda la pregunta de frente.  En cambio, simplemente pregunta: “¿Dónde le habéis puesto?”  Ellas responden: “Ven, te lo vamos a mostrar”.  Le llevan a la tumba, y cuando Jesús ve el sepulcro y bebe de la misma copa de dolor de Marta y María, se sienta y comienza a llorar. Entra dentro de la aflicción de sus amigas  y la comparte con ellas.  Sólo después da vida de nuevo al cuerpo muerto de su amigo difunto.

¿Dónde estaba Dios cuando el terremoto de Haití?

Estaba llorando con su pueblo, llorando fuera de las fosas comunes, sentado sumido por la tristeza al lado de los edificios colapsados.

Él estaba allí, aunque no proporcionó rescate al estilo de Hollywood o de Supermán.  Además, podemos estar seguros de que redimirá lo perdido. Dentro del tiempo inmenso de Dios, finalmente, ni una sola vida, ni un solo sueño que murieron en Haití, permanecerán sin redención. Al final, todos quedarán bien, todo saldrá bien, y toda forma de ser quedará recuperada y perfecta.



CAMPAÑA DE EMERGENCIA FUNDACIÓN PROCLADE

Las donaciones se destinarán, en una primera fase, a la búsqueda de supervivientes y a proporcionarles agua, comida y ropa. Tras el primer periodo, el dinero se dedicará a la necesaria reconstrucción del país. Para recoger los donativos y enviarlos a la zona afectada por el terremoto, Fundación PROCLADE ha habilitado una cuenta:

Entidad Bancaria: Santander Central Hispano

Nº Cuenta BSCH: 0049 3283 56 2015006031

Sucursal: Capitán Haya, 37 Madrid

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