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Haciendo un viaje recesivo

Ron Rolheriser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

En un pasaje particularmente emotivo de su poema La hoja y la nube, Mary Oliver se imagina ante la tumba de su madre y su padre, reflexionando sobre sus vidas. Ellos distaban mucho de ser perfectos, y ella no endulza sus faltas. Señala abiertamente el abatimiento del alma de su madre y la inmadura fe de su padre. Sabe que muchas de sus propias luchas tienen sus raíces ahí. Pero no está visitando sus tumbas para echarles las culpas. Se encuentra ahí para darles un honrado beso de despedida, finalmente en paz con sus vidas menos que perfectas y su influencia sobre ella. Les da gracias por todo, lo bueno y lo malo, les desea todo lo bueno en la tierra profunda, y después dice: “Pero no les daré el beso de la complicidad. No les haré responsables de mi vida”.

Todos nosotros haríamos bien en realizar esta clase de viaje recesivo en términos de revisar nuestra primera educación religiosa Una tumba llena de interés. Desgraciadamente, muchos de nosotros no siempre permanecemos ahí lo suficiente como para separar de verdad lo que nos bendijo y lo que nos hirió cuando algunos agentes humanos muy falibles nos presentaron a Dios. Hoy es normal (casi de moda) que la gente mire hacia atrás sólo negativamente recordando su primera educación religiosa. Ciertamente muchos hablan de estar “en recuperación” de ello y con frecuencia culpan de toda clase de desgracias y neurosis en sus vidas a esa su primera educación religiosa.

Sin duda, algo de esto es válido; la primera educación religiosa deja una marca permanente en nosotros. Sin embargo, lo debemos a nosotros mismos, a nuestros padres, a nuestros primeros maestros y a la honradez de ordenar lo positivo y negativo de nuestro primer fundamento religioso y, como Mary Oliver, hacer las paces con él, aun cuando no podamos darle el beso de la complicidad.

¿Cuál es mi propia historia? Para mí, el despertar a la conciencia y el despertar a Dios y la iglesia estuvieron intrincadamente enlazados. El Catolicismo Romano de aquel tiempo fue el aire que respiramos cuando niños y este fue el Catolicismo Romano previo al Vaticano II, un Catolicismo repleto de aspectos positivos y negativos. La espiritualidad de mi infancia fue de verdades absolutas, de reglas no negociables, de fuertes demandas, de tribalismo y de estrecha inclusión Nosotros, y sólo nosotros, éramos la única fe verdadera. Además, todo esto era suscrito por un Dios que mantenía una escrupulosa mirada sobre cada acción tuya, no te daba permiso fácilmente para cometer un error, consideraba el sexto mandamiento sobre todos los demás, usaba le vergüenza como arma y estaba frunciendo el ceño la mayor parte del tiempo.

Pero eso distaba de ser todo. Había otro lado del todo diferente. La familia, la comunidad y la iglesia que me cristianó tenían vínculos comunales que la mayoría de las comunidades hoy sólo pueden envidiar. Tú eras ciertamente parte de un cuerpo, una familia y una comunidad que encarnaba un sentido de trascendencia que hacía de la fe algo natural y de la comunidad parte de tu verdadera identidad. Sabías que eras hijo de Dios y sabías también que eras criatura moral con auténticas responsabilidades para con los demás y para con Dios. Conocías tu significación eternal, tu dignidad esencial y la responsabilidad moral que venía con eso, y no podías eximirte de ello.

Lo que todo esto realizó fue cimentarte existencialmente en una verdad humana, moral y religiosa muy fundamental y no negociable, esto es, que tu vida no era simplemente tuya en propiedad para hacer con ella todo lo que quisieras. Sabías de alguna manera que no podías ignorar, a no ser a modo de infidelidad, que eras constitutivamente social, interdependiente, eclesial, y que Dios te colocaba en esta tierra no sólo para proporcionarte una vida buena. Tenías una vocación, un cierto deber que servir, y Dios, la familia, la comunidad y la iglesia podían pedirte que entregaras tu vida. Hoy veo esta señal particular en mi alma como uno de los más preciosos de todos los dones que recibí de la espiritualidad de mi niñez. Cualesquiera demonios que vinieron con eso no importaron por demás.

Además los demonios pueden ser arrojados fuera, y la mayoría de ellos enterrados en la catequesis de mi infancia han sido exorcizados poco a poco a través de los años. ¿Qué factor hizo eso? Muchas cosas: años de estudio y enseñanza de teología, leer buena literatura, tener buenos directores espirituales, ver una robusta y gozosa salud en mujeres y hombres de fe, perseverar en mi propio intento obstinado (y lejos de ser perfecto) por ser fiel a la oración, la Eucaristía y la comunidad eclesial durante seis décadas, y sobre todo, la gracia de Dios.

Hoy miro hacia atrás sobre mi primera educación religiosa de una manera en la que los aspectos negativos son eclipsados por los positivos. Estoy agradecido por todo ello, incluso su rigidez inicial, la timidez, el tribalismo, la pusilanimidad y los falsos temores de Dios, porque algo en todo eso me cimentó y me enseñó lo que en definitiva es importante. Ciertamente, la rigidez, la timidez, el tribalismo y el exceso de precaución no son un mal lugar desde donde empezar, porque después de que aflojan su empuñadura, eres libre para el resto de tu vida. ¡No hay regalo pequeño!

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