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Evangelio Seglar para el Domingo VI del Tiempo Ordinario (13 de febrero de 2022)

Laiconet -

PRIMER PASO: LECTIO
¿Qué dice el texto?

Lectura del santo evangelio según Lucas 6, 17. 20-26

Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: "Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.

¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas."

SEGUNDO PASO: MEDITATIO
¿Qué nos dice el texto?

Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.

DESDE EL SÍNODO 2021-2023 “Por una Iglesia sinodal”
(hombre, casado, 2 hijos, pertenece a comunidad y movimiento seglar)

Este domingo nos encontramos con uno de esos pasajes fundamentales que todo cristiano debería tener continuamente presente porque, aún pasados dos mil años, sigue manteniendo su fuerza y vigencia. Y lo hace porque atañe a una cuestión básica, nuclear, que afecta a toda persona que viene al mundo: dónde y cómo encontrar la felicidad. 

Vivimos en un mundo que ofrece una enorme variedad de posibilidades para “ser feliz”, tanto que al final la felicidad acaba por ser un producto más de consumo que se puede adquirir mediante una serie de bienes o experiencias. Mientras preparaba este comentario recordaba una conversación, hace ya bastantes años, con un sacerdote con quien tuve la oportunidad de trabajar en un servicio pastoral. Él decía -y cada vez lo comparto más- que el término “buscar la felicidad” le asqueaba porque, como se entiende en nuestra cultura, va dirigida a la emoción, a la mera satisfacción en la vida (que, ojo, es lícito y necesario). En su lugar él proponía hablar de realización o plenitud que no es algo puntual, ni una meta que se alcanza de una vez y para siempre, sino que requiere trabajo y cuidado interior. 

Al presentar las Bienaventuranzas Jesús no miente. Dice el texto que levanta sus ojos a los discípulos -¿alguien conoce una manera más directa de dirigirse a alguien?- y les propone un camino radicalmente distinto al del mundo de aquella época -y al nuestro-, advirtiendo que no va a ser un camino de rosas. Ciertamente me da cierto vértigo comentar más las Bienaventuranzas porque creo que es hacerles un flaco favor (además que ya existe una literatura preciosa), hablan solas y cuestionan por sí mismas cuando uno mira la vida de Jesús y ve, sin trampa ni cartón, que la plenitud de la vida se alcanza precisamente dándola por Amor, no solo buscando aquello que me hace sentir feliz. Son dos cosas bien distintas.

En clave sinodal, como Iglesia que es interpelada aún hoy por la mirada del Bienaventurado por excelencia, me pregunto si en nuestra propuesta evangelizadora nos limitamos a vender nuestro “plan de felicidad” a unos pocos fieles a reuniones y encuentros o si, por el contrario, estamos dispuestos a vivir -y testimoniar- con todas sus consecuencias que el verdadero gozo lo alcanzamos llevando a otros que lo necesitan a una vida más plena. En caso de duda…” ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!”

DESDE LA VIDA COTIDIANA
(matrimonio, seis hijos y siete nietos, él es monitor de Asamblea Parroquial)

ELLA:

Es muy reconfortante oír estas frases de Jesús, animando a llenar nuestro espíritu y nuestra vida en vez de con riquezas materiales, de bondad hacia los demás. 

Aquí reside nuestra felicidad y la del prójimo, dándonos, luchando por lo injusto y lo que crea malestar para los más cercanos. 

Puede hacernos pensar que el ser rico está proscrito para Jesús y entiendo que no es así, lo que quiere expresar es que hay que compartir siempre y no acumular inútilmente. 

Las bienaventuranzas son de una perfección sublime. Nos muestran la justicia Divina en todo su esplendor. 

Son de obligado cumplimiento en la familia. Siempre tenemos que estar atentos y mirar a quién le hace falta nuestra ayuda urgente: hijos, nietos, hermanos, marido…

ÉL:

Cuántas veces he escuchado y leído las Bienaventuranzas, docenas, centenas, …, pero cuántas veces las he entendido; pocas y relativamente recientes.

Me preguntaba, desde mi perspectiva e ignorante posición del primer mundo acomodado, por qué era malo disponer de medios económicos y sustento suficientes para vivir holgadamente si eran “justa” contrapartida a mi trabajo y esfuerzo, para mí y mi familia. Por qué era malo disfrutar con mesura de la vida y disfrutar de cierto reconocimiento social.

No son malas porque sí, son malas por considerarlas “justas” por “mi lo que fuera” y para mi entorno en exclusiva: hay que COMPARTIR, reconocer la ayuda de Dios en los buenos resultados de mi lo que fuera (trabajo, esfuerzo, …).

A partir de ahí empiezan a ser cosas buenas, porque sirven para acrecentar el Amor de Dios en nuestro derredor.

Trabajemos, ganemos, compartamos y la felicidad vendrá por añadidura, seremos dichosos a los ojos de nuestro Señor.

DESDE EL CONTINENTE DIGITAL
(hombre, casado, 3 hijas, pertenece a comunidad y movimiento seglar)

¡Qué difícil me resulta comentar este evangelio! En primer lugar, porque me cuesta entenderlo. Ha sido interpretado de tantas formas, algunas rayando lo perverso… Vete a un barrio marginal y dile a una madre que no sabe qué le dará a sus hijos mañana de comer que sea feliz, que el Reino de Dios le pertenece… a alguien que sufre una desgracia que es muy afortunado porque tiene un lugar especial en el cielo cuando llegue su hora… Cuán largo me lo fiáis, amigo Sancho, que diría el flaco loco.

También en el mundo cibernético hay estas desigualdades. La triste brecha digital viene a sumarse como un nuevo tipo de exclusión. Ha quedado muy patente en este tiempo de pandemia. Niños que quedan excluidos de la formación telemática por falta de recursos; personas que no podían teletrabajar por lo mismo; ancianos que de repente quedaban sin poder ver a sus nietos, sin poder/saber establecer una videollamada en el whatsapp, el zoom o el skype; estudiantes que no podían pagar una banda ancha, tenían un ordenador que iba a pedales y no podían ir a las cerradas bibliotecas a estudiar o consultar; parados que no sabían pedir la prestación por desempleo por internet con las oficinas físicas cerradas a cal y canto; enfermos que no podían acceder/pagar una teleconsulta…

¿Cómo conciliar esto con ese “¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!”? Yo, sinceramente, no lo sé. Sólo tengo la intuición, tampoco sé muy bien por qué, salvo porque Jesús demostró una clara predilección por ellos, que Dios está allí. Escondido, misterioso. Pero está allí. También en los excluidos digitales. Y si quiero estar cerca de Él, tendré que estar cerca de ellos. Habrá que echarle imaginación y ganas.

TERCER PASO: ORATIO
¿Qué nos hace decir el texto?

(hombre, casado, pertenece a movimiento cristiano)

Señor Jesús, el Bienaventurado.
Nos llamas a ser signo de contradicción en medio de este mundo tan excesivamente humano.
Nos llamas a ser pobres, a tener hambre, a llorar, a que nos odien…
Nos llamas a ser profetas de la auténtica vida en medio de tanta dureza de corazón.
Nos llamas a ser profetas contracorriente.
Nos llamas a ser críticos y alternativos
con nuestra manera de vivir,
con nuestra manera de relacionarnos,
con nuestra manera de sentir.
Nos llamas a que confiemos en ti. 

Sólo en ti.
Nos llamas al apego cero.
Ni a cosas,
ni a personas,
ni a ideas relumbrantes,
ni a proyectos…
ni a nuestros hábitos más acendrados.
Nos llamas a la confianza,
confianza como senda hacia la plenitud.
Nos llamas a tener hambre,
nos llamas a llorar,
nos llamas a ser excluidos…
¿Cómo no huir de semejantes pretensiones?
¿Cómo no resistirse?
¿Cómo afrontar ir contracorriente
de lo que parece razonable,
natural
y sano?

Pero, Señor Jesús,
algo en nuestro interior nos dice
que tienes palabras de vida,
de vida eterna…
… que eres
el camino,
la verdad,
la vida… 

Señor Jesús,
vaciarnos…
de todos los fetiches,
de todas las idolatrías,
de todas las máscaras deshumanizantes…
Vaciarnos de tanto ego,
de tanto egoísmo,
de tanta y tanta falsa seguridad
para entrar
en el camino,
la verdad
y la vida.

Señor Jesús,
llorar…
por lo que nos hace sufrir,
por lo que dañamos a los demás,
por las injusticias de la pésima organización
de esta sociedad/cultura
en la que tantos y tantos malviven.
No es posible darse cuenta de lo que pasa
y no llorar,
no maldecir,
no retorcerse por tanto sufrimiento evitable.

Señor Jesús,
llorar con todos los llantos de los machados
por la crueldad de la historia.
Llanto que consolarás
con tu inmensa compasión,
con tu verdad,
con tu vida…
misteriosamente,
amorosamente,
al final del camino. 

Señor Jesús,
estar hambrientos
de que las cosas sean cuidadas como deben ser,
de que las personas seamos tratadas con la dignidad que nos merecemos,
de que las esperanzas mejores del ser corazón del ser humanos alcancen su plenitud.

Señor Jesús, hambre de comunión,
hambre de fraternidad,
hambre de justicia…
por ti,
en ti,
hacia ti,
camino, verdad y vida.  

Y hambrientos de perdón,
de misericordia,
de acogida.
de reconciliación,
de serenidad,
santa nueva inocencia
contigo,

Señor Jesús,
que eres camino, verdad y vida
en medio de la voracidad estúpida que nos zarandea,
en medio de las decisiones necias que nos complican la vida,
en medio de estos tiempos tan extraños,
de tantas inercias deshumanizantes
de tantos escombros,
de tantas ansiedades sin rumbo
de tantas palabras vacías,
amenazantes,
tóxicas.

Señor Jesús,
camino,
verdad
y vida…
presencia donde nos enraizamos,
acompáñanos en nuestro vaciamiento,
acompáñanos en nuestro cuidar,
acompáñanos en nuestro atravesar las sombras,
acompáñanos en nuestro convivir,
acompáñanos en nuestro sembrar,
en nuestro sembrarte en la vida cotidiana donde vivimos,
en nuestro vivir contracorriente
confiando en ti. 

CUARTO PASO: CONTEMPLATIO
¿Quién dice el texto?

(Autorizado por el autor, Fano en www.diocesismalaga.es)

ÚLTIMO PASO: ACTIO
¿A qué nos lleva el texto?

(hombre, 3 hijos, trabaja, pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)

Justo este fin de semana se celebra la Campaña 2022 de la ONG Manos Unidas. Al leer en la lectura de este domingo las palabras pobre, hambre, sufrimiento… no puedo dejar de hablar sobre la gran labor de esta ONG y su trabajo en favor de la dignificación de las personas empobrecidas, su lucha por la igualdad y la justicia. El hambre, la pobreza, la falta de oportunidades, la precariedad, la injusticia...no son conceptos abstractos e indefinidos, sino realidades tras las que se encuentran millones de personas en todo el mundo. Millones de rostros que personifican historias de vida marcadas por la desigualdad; una desigualdad ante la que no podemos ser indiferentes. Con el lema de la Campaña: "Nuestra indiferencia los condena al olvido" quieren alzar la voz sobre la creciente indiferencia que se está instaurando en el mundo ante estas realidades tan durísimas. En la homilía con motivo de la Jornada Mundial de los Pobres, el papa Francisco hablaba sobre esto, decía que la omisión es también el mayor pecado contra los pobres. No podemos mirar a otro lado cuando el hermano pasa necesidad, no podemos cambiar de canal en la TV cuando una cuestión seria nos molesta. Puede que nos indignemos, pero si no hacemos nada es lo mismo. El Señor no nos va a preguntar si nos indignamos gravemente con razón, sino qué hiciste concretamente por ellos. Tratemos de implicarnos estos días en la parroquia o en la ONG que nos merezca mayor credibilidad. Manos Unidas es de confesión católica, junto a Cáritas, son las dos ONG`S reconocidas por la Iglesia, invierten el 98% del dinero recaudado en proyectos de desarrollo y su organización y trabajo se nutre de voluntarios que dan su tiempo y sus dones para que no se pierda ni un euro de lo que se recauda.  

Cómo no, también tocaría hacer un poco de examen de conciencia de a qué dedicamos nuestro dinero y si podríamos ser más solidarios. No sólo sirve nuestro dinero sino nuestra labor de sensibilización y empatía con las personas que lo pasan mal, no condenándolas al olvido con nuestra indiferencia.

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