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Eutanasia y muerte asistida

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano -

Raissa Maritain, la filósofa y escritora espiritual, murió algunos meses después de sufrir un ataque fulminante. Durante esos meses, estuvo postrada en una cama de hospital, incapaz de hablar. Después de su muerte, su esposo, el renombrado filósofo Jacques Maritain, preparando sus diarios para la publicación, escribió estas palabras:

“En el momento en que todo se derrumbó para ambos y que siguió durante cuatro agonizantes meses, Raissa estuvo amurallada en sí misma por un súbito ataque de afasia. A pesar de cualquier progreso que hacía durante varias semanas por pura fuerza de inteligencia y voluntad, toda comunicación profunda permanecía cortada. Y posteriormente, tras una recaída, apenas pudo articular palabras. En la suprema batalla en la que estaba empeñada, nadie en este mundo pudo ayudarla, ni yo mismo más que cualquier otro. Ella conservó la paz de su alma, su completa lucidez, su humor, su interés por sus amigos, el temor de resultar una carga para otros,  su admirable sonrisa y la extraordinaria luz de sus maravillosos ojos. A cada uno que se acercó a ella dio invariablemente (y con qué sorprendente generosidad silenciosa durante sus dos últimos días, cuando sólo podía sugerir su amor) alguna suerte del incomprensible regalo que emanaba del misterio del que ella estaba rodeada.”

El remarcado con letra cursiva de la última frase es mío propio, y la realzo porque -creo yo- tiene algo importante que decir en una época en la que más y más venimos a creer que la eutanasia y las diversas formas de suicidio asistido médicamente son la respuesta humana y compasiva a la enfermedad terminal.

El caso para la eutanasia se mueve por lo general alrededor de estas premisas: El sufrimiento devalúa la vida humana, y la eutanasia  alivia ese sufrimiento y el deterioro del cuerpo y de la mente que viene con ese sufrimiento, como para proporcionar a una persona terminalmente enferma la “muerte con dignidad” y la muerte con menos sufrimiento. También -se sugiere- una vez que una enfermedad tiene tan debilitada a una persona como para dejarla en un estado vegetativo virtual, ¿qué lógico es mantener viva a tal persona? Una vez que la dignidad y la utilidad han desaparecido, ¿por qué seguir viviendo?

¿Qué hay que decir en respuesta a esto?  Lo lógico con relación a la eutanasia, tan compasiva como se aventura, no resulta tanto como para considerar algunas cuestiones más profundas. La dignidad y la utilidad son términos inmensos con más dimensiones de las que primeramente encuentra una primera mirada. En un artículo reciente de la revista AMERICA, Jessica Keating destaca algunas de esas cuestiones más profundas cuando arguye contra la lógica de los que han alabado  la decisión de Brittany Maynard (la joven que acaparó la atención nacional el año pasado al elegir el suicidio asistido ante una enfermedad terminal) de tomar su propia vida de manera “valiente”, “sensata” y “admirable”. Keating concede que, de no haber tenido esa decisión, Maynard sin duda habría sufrido grandemente y, con toda probabilidad, se habría quedado eventualmente falta de utilidad y de atractivo. Pero -arguye Keating- “habría estado presente en una web de relaciones. Aun cuando ella hubiera caído en inconsciencia, de buen grado habría sido interpretada, limpiada, vestida y besada. Habría sido tiernamente acariciada, cogida y llorada. Habría sido, simplemente, amada hasta el final.”

Eso es la mitad del argumento contra la eutanasia. La otra mitad se expresa de esta manera: No sólo habría sido amada hasta el final sino que -quizá más importante- habría estado emitiendo activamente amor hasta el final. Desde su devastado, silencioso, mayormente inconsciente cuerpo, habría emanado  una intangible pero particularmente poderosa educación y amor, parecidos a la poderosa gracia transmisora de vida que emanó del cuerpo de Jesús destrozado y desnudo en la cruz.

De igual manera, nosotros raramente hacemos esta importante distinción: Creemos que Jesús nos salvó por su vida y por su muerte, como si estas fueran la misma cosa. Pero son muy diferentes: Jesús entregó su vida por nosotros por medio de su actividad, de su utilidad, de lo que pudo hacer activamente por nosotros. Pero entregó su muerte por nosotros por medio de su pasividad, de su impotencia, de la humillación de su cuerpo en la muerte. Jesús nos dio su regalo más grande precisamente durante aquellas horas en que no pudo realizar nada activo por nosotros.

Y esto no es algo simplemente metafórico e intangible. Cualquiera de nosotros que se ha sentado al lado de la cama de un ser amado moribundo tiene la experiencia de que, en la impotencia y dolor de esa persona, ella está dándonos algo que no podría darnos durante su vida activa. Desde la impotencia y el dolor de esa persona, emana un poder para atraernos juntos como familia, un poder para intuir y entender cosas más profundas, un aprecio más profundo de la vida y, especialmente, un reconocimiento mucho más profundo de la vida y el espíritu de esa persona. Y esto, regalo  incomprensible -como dice Maritain-, emana del misterio del dolor, inutilidad y agonía en el que está encerrada.

En nuestros cuerpos moribundos podemos dar a nuestros seres queridos algo que no podemos darles del todo cuando estamos sanos y activos. La eutanasia está parcialmente ciega al misterio de cómo se da el amor.

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