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Encarnación profunda: Otro significado de Navidad

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

Hace algunos años, en una conferencia religiosa, un hombre se acercó al micrófono y, después de pedir disculpas por lo que sentía que sería una pregunta inapropiada, preguntó: “Quiero a mi perro. Cuando él muera, ¿irá al cielo? ¿Tienen los animales vida eterna?”

La respuesta a eso podría pillar de sorpresa a muchos de nosotros, pero mirado con ojos de fe cristiana, sí, su perro puede ir al cielo. Es uno de los significados de la Navidad. Dios entró en el mundo para salvar al mundo, no sólo a la gente que vive en él. La encarnación tiene significado para la humanidad, pero también para el cosmos mismo. No sabemos exactamente lo que eso significa, y nuestras imaginaciones no son capaces de concebirlo; pero, a causa de la encarnación, los perros también pueden ir al cielo. ¿Es esto una fantasía? No, es enseñanza bíblica.

En Navidad se celebra el nacimiento de Jesús y vemos en su nacimiento el comienzo del misterio de la encarnación desplegándose en la historia, el misterio de Dios que se hace humano en carne física para salvar al mundo. Sin embargo, con lo que tenemos tendencia a luchar es con la manera como entendemos lo que se significa que Cristo salva al mundo. La mayoría de nosotros tomamos eso para significar que Cristo entró en el mundo para salvar a la gente, a aquellos de nosotros con autoconciencia y alma eterna.

Eso es verdad, pero nuestra fe también nos pide creer que la actividad salvífica de Dios en Cristo se extiende más allá de los seres humanos y más allá incluso de los animales y otras cosas vivientes. La actividad salvífica de Dios en Cristo llega tan profunda que salva la creación misma: los océanos, las montañas, la tierra que produce nuestra comida, las arenas del desierto y la tierra misma. Cristo vino a salvar todas esas cosas también, no sólo a nosotros, los humanos.

¿Dónde -podríais preguntar- enseña eso la escritura? Lo enseña en casi todas partes de manera implícita, aunque lo enseña bastante explícitamente en diferentes lugares. Por ejemplo, en la carta a los Romanos (8, 19-22) san Pablo escribe: Considero que nuestros actuales sufrimientos no son dignos de ser comparados con la gloria que se nos revelará. Porque la creación aguarda en ansiosa expectación la manifestación de los hijos de Dios. Ya que la creación fue sometida a la frustración, no por su propia elección, sino por la voluntad de uno que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de su esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad y gloria de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera ha estado gimiendo como en los dolores de parto hasta el momento presente.

Esto nos puede venir de sorpresa, dado que, hasta hace poco, nuestra predicación y catequesis no han hecho con frecuencia esto explícito. Sin embargo, lo que san Pablo dice aquí es que la creación física misma (el mundo cósmico) será transformada, al final de los tiempos, de alguna manera gloriosa y entrará en el cielo, exactamente como hacen los seres humanos. Igualmente dice que, como nosotros, ella también siente de alguna manera que su mortalidad y sus gemidos serán liberados de sus limitaciones presentes.

¿Necesitamos hacernos esta pregunta? ¿Qué creemos que le sucederá a la creación física al final de los tiempos? ¿Será destruida, consumida, aniquilada? O bien, ¿será simplemente abandonada y dejada vacía y desierta, como un escenario después de que una representación ha acabado, mientras continuamos la vida en otra parte? La escritura nos informa de otro modo, a saber, nos dice que la creación física misma (nuestro planeta tierra) también será transformada (“liberada de su esclavitud de la corrupción”) y entrará en el cielo con nosotros. ¿Cómo sucederá esto? No podemos imaginarlo, exactamente como no podemos imaginar nuestro propio estado transformado. Pero la escritura nos asegura que sucederá, porque, como nosotros mismos, nuestro mundo (la creación física) está también destinado a morir; y, como nosotros, intuye su mortalidad y gime bajo esa sentencia, padeciendo por ser liberado de sus limitaciones y llegar a ser inmortal.

La ciencia está de acuerdo. Nos dice que la creación física es mortal, que el sol está quemándose, que la energía está decreciendo siempre-muy-lentamente y que la tierra, como sabemos, algún día morirá. La tierra es tan mortal como lo somos nosotros; y así, si está para tener un futuro, necesita ser salvada por Algo o Alguien de fuera. Ese Algo y Alguien están revelados en el misterio de la encarnación en el que Dios acepta la carne física en Cristo con el fin de salvar al mundo: y lo que vino a salvar no fue sólo la persona, la gente que vive en esta tierra, sino más bien, “el mundo”, el planeta mismo, y todo lo que hay en él.

Jesús nos aseguró que al fin nada en absoluto se perderá. Ni un cabello cae de la cabeza de uno, ni un gorrión cae del espacio y desaparece para siempre, como si nunca hubiera existido. Dios creó, ama, cuida y al fin resucita todo trocito de creación para toda la eternidad… incluso un querido perro.

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