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En el exilio – Registrando un aniversario

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, CMF) -

Hace cuarenta años, en noviembre de 1982, empecé a escribir esta columna mientras estudiaba doctorado en Bélgica. Elegí llamarla “En el exilio” por dos razones. Superficialmente, elegí este título porque estaba viviendo en Europa, lejos de gran parte de lo que consideraba mi hogar. Aun cuando no pretendía ser Robert Browning escribiendo Home-Thoughts, From Abroad (Pensamientos de casa. Desde el extranjero), sí que tuve una satisfacción de amateur en el pequeño paralelo. Por razones mucho más significativas, elegí este título porque todos nosotros  vivimos nuestras vidas en el exilio. Vivimos nuestras vidas (como dice san Pablo) viendo “como por un espejo, oscuramente”. Vivimos en nuestros separados enigmas, parcialmente separados de Dios, unos de otros y aun  de nosotros mismos. Experimentamos algo de amor, algo de comunidad, algo de paz, pero nunca en su plenitud. Nuestra existencia individual coloca una cierta barrera entre nosotros y la comunidad entera. Vivimos, ciertamente, como en un enigma. Dios, que está omnipresente, no puede ser sentido físicamente; los demás, que son tan reales como nosotros,  están siempre parcialmente distanciados e irreales; y nosotros, al fin, somos fundamentalmente un misterio aun para nosotros mismos.

En ese sentido, todos nosotros estamos lejos del hogar, en el exilio, anhelando conocer más plenamente y ser más plenamente conocidos,  distanciados de tanto. Y mientras estamos en este peregrinaje, nuestras perspectivas son sólo parciales; nuestra visión, incluso a lo más, es la del “extranjero”: fuera de la corriente principal, que no ve ni entiende del  todo.

Desde esta exiliada perspectiva, he ofrecido mis reflexiones durante cuarenta años. La columna ha tomado una variedad de formas. Como dijo una vez Margaret Atwood: “¡Lo que te toca es lo que tú tocas!” He tocado una infinidad de temas; pero todos ellos, a su propia manera, ¡estaban tratando, de algún modo, de desenredar el enigma, concluir el exilio, ayudar a un peregrino a llegar a casa!

Inicialmente, la columna se publicó en un solo periódico, el Western Catholic Reporter. En 1987, el Green Bay Compass la acogió y, un año más tarde, el Portland Sentinel empezó a publicarla. En 1990, la columna logró una mayor oportunidad. Fue acogida por el Catholic Herald de Londres, Inglaterra, un periódico nacional del Reino Unido que, por entonces, era propiedad privada de Otto Herschan, quien poseía también el Irish Catholic, un periódico nacional de Irlanda, y el Scottish Catholic Observer, un periódico nacional de Escocia. Con eso, la columna tenía ahora un hogar en seis periódicos de cinco países, nacionalmente en tres de ellos. Además, con las laxas leyes de los derechos de autor de Asia, que no son tan rigurosas ni tan exigentes como aquí, pronto algunas diócesis de Asia empezaron a piratear la columna y publicarla.

Los primeros años de la década de 1990 trajeron más avances para la columna: el Catholic Register y el Prairie Messenger, ambos periódicos nacionales de Canadá, acogieron la columna en 1992. En mi opinión, eso era suficiente circulación. Sin embargo, tras la publicación de The Holy Longing en USA en 1999, la circulación de la columna se disparó. En cuestión de tres años estaba siendo publicada por más de sesenta periódicos en más de diez países. Desde entonces se ha extendido a más de ochenta periódicos. Desde 2008, la columna ha sido también publicada en español y vietnamita, y está encontrando lectores en Vietnam, en México y en partes de América Latina.

Estoy en deuda de gratitud para con muchas personas, pero necesito elegir a varias de ellas para dar especiales gracias. Primeramente, un profundo agradecimiento al Western Catholic Reporter (de Edmonton, Canadá) y a su entonces editor, Glenn Argan. Fue el primer periódico, y Glenn Argan fue el primer editor en darme una ocasión a mí, un desconocido chico de la pradera con poco bagaje en el camino de las credenciales o contactos sofisticados. A causa de esto, durante todos estos cuarenta años, siempre he codificado la columna como WCR porque, antes que ningún otro, la estaba escribiendo para el Western Catholic Reporter. Hoy, cada semana, cuando es enviada a unos más de ochenta periódicos, sale bajo la etiqueta codificada “WCR”. Sospecho que ninguno de los editores que lo reciben sabe lo que eso significa, pero ahora ya lo sabéis todos.

Un especial agradecimiento a Delia Smith por llevar la columna al Catholic Herald en Londres y a Otto Herschan, su entonces dueño y editor. Desde 1990 hasta su muerte, Otto se aseguró de que cualquier periódico que publicara tuviera mi columna en él. También, profundo agradecimiento a JoAnne Chrones, mi incansable secretaria ejecutiva durante estos pasados 28 años, a Kay Legried, que colocó la columna en varios periódicos, y a Doug Mitchell, que pone un ojo crítico y corrector a cada columna.

A decir verdad, cuando empecé a escribir esta columna por primera vez, estaba probablemente más ansioso de crear una columna que de ayudar al nacimiento del reino de Dios. Nuestra motivación está perennemente en necesidad de purificación. Espero que haya madurado en esta área durante estos cuarenta años; y mi más generoso agradecimiento va para ti, lector.   

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