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Elogio de la familia

Bonifacio Fernandez, cmf -

Con ocasión de la Sagrada Familia de Nazaret. En el tiempo de Navidad hacemos memoria del nacimiento de un niño, del todo especial. Y, con ese motivo, recordamos y agradecemos la familia en que este niño ha nacido y es presentado como el esperado Mesías. Se trata de una familia muy especial; a su manera, todas lo son. Incluso en la actualidad en que la familia se ha diversificado y adquirido distintas formas, que hacen ambigua la significación de la palabra.

Vinculación

La familia es la estructura más originaria: nacemos de unos padres. La familia es creadora de vínculos, básicos y sólidos, incluso en esta sociedad líquida y fragmentada. En la familia aprendemos a vivir los rasgos constitutivos de nuestra identidad; somos hijos y somos hermanos, filiación y fraternidad. Y sobre esa experiencia fundamental se inscribe la identidad cristiana: somos hijos del Dios amor y hermanos de todos seres humanos.

En la familia se aprende a convivir; se aprende a compartir el espacio, el afecto, la memoria familiar. En la familia se aprende a disfrutar con otros; se aprende a dar, a regalar el tiempo, la ternura, las aspiraciones. Se forjan y perfilan los sueños y esperanzas que mueven todos los años de la vida. La diferencia entre el ser y el querer ser, entre realizaciones y deseos es asignatura pendiente desde la infancia familiar. Y también la distancia entre las aspiraciones y su consecución.

En la familia se aprende la disciplina; se aprende a limitar los deseos y los caprichos. A vivir el tiempo como como ritmo contra la ansiedad que excita la gran cantidad y diversidad de estímulos de realización y disfrute. Hay tiempo para jugar. Hay tiempo para estudiar; tiempo para estar conectado con los amigos, tiempo para la curiosidad.

Esperanza

La familia es gran motivo de esperanza: Las personas se siguen enamorando, sueñan con amarse para toda la vida, sueñan con tener hijos, con prolongar la vida y dejar huella de su paso por el mundo; huellas que pueden ser muy variadas.

La crisis de la familia constituye, en realidad, la crisis de la vinculación. Afecta a todas las formas de vida humana y religiosa. Perfilar un proyecto de vida y de amor mutuo y comprometerse a luchar por él durante toda la vida requiere invertir tiempo y energía; creer en él aun en momentos de adversidad y de desilusión. Y ello es posible porque amar es una decisión.

La sociedad actual nos incita, de múltiples maneras, a la desvinculación, al individualismo; las relaciones estables son presentadas como tintes negativos; lo positivo es el cambio, la experimentación, la movilidad. La estabilidad aparece como una falta de libertad. No se reconoce el encanto de la fidelidad. En lugar de buscar la seguridad en la confianza y en la trasparencia del amor mutuo de los cónyuges, se busca en el riesgo de nuevas historias de relación. Pero la cuestión sigue siendo si se logra transitar del “te amor porque te necesito al te necesito porque te amo”. La gratuidad del amor tiene sabor a trascendencia. Es una gran buena noticia del año nuevo. Y de todos los años nuevos.

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