El sistema inmunitario de la realidad

9 de marzo de 2026

El sistema inmunitario Thomas Moore, autor de «El cuidado del alma», nos enseña que nuestra tarea espiritual más importante es escuchar los impulsos de nuestra propia alma. Si la escuchamos con honestidad, ella nos guiará, nos protegerá y nos mantendrá sanos.

Recuerdo escucharle decir esto ante el público de una parroquia. Al terminar, alguien planteó una objeción con fuerza: «Soy un hombre casado, ¿qué pasa si mi alma me pide tener una aventura?». La respuesta de Moore fue tajante: «Tu alma nunca te diría eso. Tu alma es tu sistema inmunitario moral y espiritual». Del mismo modo que tu sistema inmunitario físico nunca te pedirá que hagas algo perjudicial para tu salud corporal, tu alma jamás te impulsará a hacer algo malo para tu salud moral y espiritual. Tu alma, igual que tu cuerpo, tiene sus propias defensas para proteger tu bienestar.

Lo que Moore afirma sobre el alma individual se aplica también al alma de este mundo. La realidad tiene un sistema inmunitario, una «curvatura moral» que protege nuestra salud y nos avisa cuando la estamos dañando.

Esto tiene varias expresiones. Por ejemplo, Jesús lo enseñó con claridad: «La medida que uséis la usarán con vosotros» (Marcos 4, 24). Lo que esto implica es que la realidad tiene una estructura moral, cimentada en última instancia en el amor, que no puede violarse sin consecuencias. La vida nos devuelve lo que damos, recompensando el bien con bien y la malicia con malicia. El aire que exhalamos es el mismo que volveremos a respirar (lo cual es cierto incluso en sentido literal).

En el budismo y el hinduismo, esto se expresa a través de la llamada «Ley del Karma». En lenguaje de la calle, el Karma dice que «quien siembra, recoge». La realidad está estructurada de tal forma que, tarde o temprano, siempre cosechamos las consecuencias de nuestros actos. Cuando actuamos con altruismo, nos suceden cosas buenas; cuando somos egoístas, recogemos amargura. En esencia, nadie se va de rositas y ningún acto virtuoso se queda sin recompensa.

Tanto Jesús como la Ley del Karma nos enseñan que, al igual que nuestro cuerpo físico tiene defensas que nos guían y protegen, la realidad posee una estructura moral inviolable. Al final, recogemos lo que sembramos, sin excepciones. La virtud es su propio premio; el pecado, su propio castigo.

Sin embargo, a simple vista no siempre parece verdad. A veces da la impresión de que el pecado es recompensado y la virtud castigada. Pero eso ocurre sobre todo a nivel emocional. Es natural sentir envidia de quien no tiene escrúpulos. Nikos Kazantzakis lo describió de forma muy plástica: «La virtud se sienta sola en lo alto de un desfiladero desolado. Por su mente pasan todos los placeres prohibidos que nunca ha probado… ¡y llora!».

Vemos esa misma envidia en el hermano mayor del Hijo Pródigo. Le molesta que su hermano se entregara al hedonismo mientras él se mantenía en el camino moral. Le parecía que su hermano pequeño le había pegado un buen bocado a la vida, mientras que él, por timidez, se la estaba perdiendo.

No obstante, las palabras de su padre buscan disipar su envidia (y la nuestra). El Padre del hijo pródigo, que es Dios, le dice que no envidie la vida desenfrenada de su hermano. Por fuera podía parecer «vida», pero el padre sentencia: «¡Tu hermano estaba muerto!».

Hay una curvatura moral en toda la creación, un sistema inmunitario diseñado para proteger al universo y a todos nosotros. La virtud se premia a sí misma y el pecado se castiga a sí mismo. Tanto el Karma como Jesús nos aseguran que recibiremos la misma medida que demos. Ninguna buena acción cae en saco roto y ningún acto egoísta mejora realmente la vida de nadie.

Hice mi tesis doctoral sobre las pruebas de la existencia de Dios. Analicé las famosas «Cinco Vías» de Santo Tomás de Aquino, el intrigante argumento ontológico de San Anselmo, la visión de Descartes y muchísimos comentarios que intentan demostrar que Dios existe. Al final, llegué a la conclusión de que no podemos demostrar la existencia de Dios como quien resuelve una ecuación matemática o una hipótesis científica.

Pero eso no significa que esas pruebas no sirvan. Funcionan de otra manera: te señalan un estilo de vida. No te piden que encuentres a Dios al final de una fórmula, sino que experimentes su realidad viviendo de forma honesta y moral.

Existe una estructura moral en el corazón de la realidad, un sistema inmunitario que, para mí, es la prueba más clara de que Dios existe. Porque nos dice que, en la base de todo, existe un amor personal y generoso que nunca puede ser ignorado.

Artículo original en Inglés