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El rostro oculto del mal

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

Tendemos a ser ingenuos en lo referente al mal, al menos en lo que aprendemos al ver en la vida diaria. Nuestra estampa del mal ha sido formada falsamente por imágenes tomadas de la mitología, cultos religiosos, y libros y películas que retratan el mal como personificado en siniestras fuerzas espirituales. Los demonios vagan por las casas, aparecen en las sesiones de espiritismo, son requeridos por tableros Ouija, contorsionan los cuerpos y son exorcizados por la aspersión de agua bendita. Cualquier mal que habite en este concepto de fuerzas demoníacas (creas en ellas o no) está infinitamente eclipsado por el ordinario rostro del mal, que nos mira a través de los noticiarios, está manifiesto diariamente en la vida ordinaria y está patente también en nuestro propio rostro en un determinado día.

Generalmente, estamos ciegos al oculto mal que instiga dentro de nosotros, rompe comunidades y devora a Dios y la bondad. Los Evangelios pueden ayudarnos a entender esto.

En los Evangelios, el maligno tiene dos nombres porque el mal obra de dos maneras. A veces, los Evangelios llaman a la fuerza del mal “el Diablo” y otras veces lo llaman “Satanás”. ¿Cuál es la diferencia? Al fin, ambos se refieren a la misma fuerza (o persona), pero los diferentes nombres se refieren a los diferentes modos en que obra el mal. Diablo, en griego, significa difamar, despedazar cosas. Irónicamente, Satanás significa casi exactamente lo contrario. Significa unir cosas, pero de un modo enfermizo y malévolo.

Por tanto, el mal obra de dos maneras: lo diabólico obra dividiéndonos a unos de otros, despedazándonos y difamándonos habitualmente unos a otros, de modo que la comunidad está siempre rota a causa de los celos y las acusaciones. Lo satánico, por otra parte, hace lo contrario, con el mismo resultado. Lo satánico nos une de un modo enfermizo; esto es, por las garras de la histeria mafiosa, la hipertensión social, las ideologías egoístas, el racismo, el sexismo, la envidia, el odio y, en una miríada de otras maneras malévolas, como para inducirnos a la mafia del odio, las violaciones en pandilla, linchamientos y crucifixiones. Fueron las fuerzas satánicas las que gestionaron la crucifixión de Jesús.

Cuando miramos a nuestro mundo hoy, desde la política hasta los medios sociales y lo que está aconteciendo en muchos de nuestros círculos religiosos, tendríamos que ser ciegos para no ver los poderes del “diablo” y de “satanás” en acción (como los defináis e imaginéis personalmente).

¿Dónde vemos lo diabólico en acción? Básicamente en todos sitios. Hoy, casi por todas partes, veis a personas sembrando división, atribuyendo falsos motivos a otros, exigiéndoles ser desconfiados y excluidos. Verdaderamente, esto es casi el elemento  dominante que vemos en nuestra política y en nuestros medios sociales. El resultado es la ruptura de la comunidad, el estancamiento en nuestra política, la ruptura de la sociabilidad, la pérdida de confianza en el significado de la verdad, el presuntuoso convencimiento de que nuestra propia narrativa idiosincrásica funciona como verdad y la casi universal negligencia de la elemental caridad. Hoy somos testigos de una peligrosa ruptura de la confianza y la sociabilidad, conectada con una masiva erosión de simple honradez. El diablo debe de estar sonriendo.

¿Dónde vemos lo satánico en acción? En todos sitios también. Más y más nos estamos retrayendo en tribus, pandillas, con aquellos otros que piensan como nosotros y tienen los mismos autointereses que proteger. Mientras esto puede ser una cosa buena, no es buena cuando nos unimos de maneras que están enraizadas en ideologías egoístas, privilegio económico, racismo, sexismo, falso nacionalismo, envidia y odio. Cuando sucede esto, nuestro grupo deja de ser una comunidad y se convierte en una masa enferma que al final, cualquiera que sea su particular eslogan idiosincrásico, acaba gritando, como hizo la multitud el Viernes Santo: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Es significativo que, en los Evangelios, casi siempre la palabra “multitud” es usada peyorativamente. Los comentaristas nos dicen que, casi sin excepción, cada vez que aparece la palabra “multitud” en los Evangelios, podría estar precedida por el adjetivo “insensata”. Las multitudes son insensatas; todavía peor, generalmente, tienen una inclinación enfermiza hacia la crucifixión. El renombrado novelista checo Milan Kundera destaca esto cuando nos expresa su gran temor a “la gran marcha”, la enfermiza fiebre que tan generalmente infecta a la multitud y en seguida la tiene gritando: “¡Suéltanos a Barrabás!” Y, en relación a Jesús: “¡Crucifícalo!” Este es el rostro de satanás en la vida ordinaria, el verdadero rostro del mal.

Hoy necesitamos decir esto, cuando vemos la polarización siempre intensificadora y amarga en nuestras familias, comunidades, vecindarios, ciudades y países. El faccionalismo, la ira, la amargura, la desconfianza, la acusación y el odio se están intensificando por casi todos sitios, incluso en nuestras propias familias, donde estamos encontrando cada vez más duro sentarnos juntos, ser afables unos con otros y conversar a pesar de nuestras diferencias políticas, sociales y morales. Tristemente, incluso la mortífera presencia de alguien afectado de la pandemia que amenaza a todos nosotros, ha conseguido dividirnos más bien que unirnos.

El mal no tiene ordinariamente el rostro y la sensación que tiene el diablo en Rosemary’s Baby (El bebé de Rosemary La semilla del diablo); tiene el rostro y la sensación del noticiario de esta noche.                 

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