El lugar del silencio

9 de febrero de 2026

El lugar del SilencioA muchos de nos otros nos vendría bien un poco más de silencio en nuestra vida. Y digo esto con cautela, porque el papel del silencio no es fácil de definir. El silencio es algo complejo: a veces le tenemos miedo y tratamos de evitarlo, y otras veces, cuando estamos cansados y saturados, lo anhelamos de verdad.

Por lo general, sin embargo, nos falta silencio. El trabajo, el móvil, las conversaciones, el ocio, las noticias, las distracciones y las preocupaciones de todo tipo suelen llenar cada minuto que pasamos despiertos. Nos hemos acostumbrado tanto a estar estimulados por palabras, información y distracciones, que a menudo nos sentimos perdidos e inquietos cuando nos encontramos solos, sin nadie con quien hablar, sin nada que ver, que leer o que hacer para mantenernos ocupados.

Pero ojo, que no todo esto es malo. En el pasado, los autores espirituales solían ser demasiado radicales al alabar las virtudes del silencio. Tendían a dar la impresión —demasiado simple— de que Dios y la profundidad espiritual solo se encontraban en el silencio, como si las virtudes del trabajo cotidiano, la charla, la fiesta, la familia y la comunidad fueran algo espiritualmente de segunda categoría.

Al hablar del lugar del silencio, las espiritualidades de antes solían castigar a los extrovertidos y se lo ponían demasiado fácil a los introvertidos. En resumen, no tenían suficientemente en cuenta que todos nosotros, seamos como seamos, necesitamos la «terapia» de la vida pública. Aunque necesitamos el silencio para ganar profundidad, necesitamos la interacción con los demás para mantener los pies en el suelo y el equilibrio mental. Ciertos trabajos internos solo pueden hacerse en silencio, pero nuestra salud mental depende, en parte, de ese contacto con los otros. El silencio también puede ser una vía de escape, una forma de evitar esa purificación que escuece y que a menudo solo ocurre a través del reto de convivir en familia y en comunidad.

Es más, el silencio no siempre es la mejor manera de lidiar con las penas del corazón y las obsesiones. Al final, eso no es más que una forma de concentrarse demasiado en uno mismo. A veces, cuando un dolor amenaza nuestra cordura, lo mejor que podemos hacer no es ir a la capilla, sino al teatro o a cenar con un amigo. Centrarse en el trabajo o buscar una distracción sana puede ser, a veces, el mejor aliado cuando el corazón siente que se asfixia.

Cuentan una historia sobre el famoso filósofo Hegel. Justo después de terminar su obra monumental sobre la fenomenología de la historia, se dio cuenta de que estaba al borde de un colapso nervioso por la intensidad de su concentración durante tanto tiempo. ¿Qué hizo para salir de ahí? ¿Se fue de retiro de silencio? No. Se fue a la ópera todas las noches, cenó cada día con amigos y buscó todo tipo de distracciones hasta que, después de un tiempo, ese nudo que le apretaba el mundo interior se soltó, y la luz y la frescura de la vida cotidiana volvieron a brotar. A veces la distracción, y no el silencio, es nuestra mejor cura, incluso espiritualmente.

Aun así, el silencio es necesario. Lo que los grandes autores espirituales de todos los tiempos han intentado enseñar sobre este tema se puede resumir en una sola frase de Maestro Eckhart: Nada se parece tanto al lenguaje de Dios como el silencio.

En esencia, Eckhart nos dice que el silencio es una entrada privilegiada al reino de Dios. Hay un silencio inmenso dentro de cada uno de nosotros que nos llama y que puede ayudarnos a aprender el lenguaje del cielo. ¿Qué significa esto?

El silencio es un lenguaje más profundo, más amplio, más comprensivo, más compasivo y más eterno que cualquier otro idioma. En el cielo, al parecer, no habrá idiomas ni palabras. El silencio hablará. Nos entenderemos total, íntima y gozosamente, y nos abrazaremos en silencio. Curiosamente, a pesar de lo importantes que son, las palabras son parte de la razón por la que todavía no podemos hacer esto del todo. Las palabras unen, pero también dividen. Existe una conexión más profunda que solo está disponible en el silencio.

Los enamorados ya lo saben, igual que los cuáqueros —cuya liturgia intenta imitar el silencio del cielo— o quienes practican la oración contemplativa. San Juan de la Cruz lo expresó en un verso maravillosamente enigmático: «Entender más por no entender que entendiendo».

El silencio puede decir más que las palabras, y de forma más honda. Ya lo experimentamos de distintas maneras: cuando estamos separados de nuestros seres queridos por la distancia o la muerte, aún podemos estar con ellos en el silencio; cuando nos divide un malentendido con personas sinceras, el silencio es el lugar donde podemos encontrarnos; cuando estamos impotentes ante el sufrimiento de otro, el silencio puede ser la mejor forma de expresar nuestra empatía; y cuando hemos pecado y no tenemos palabras para arreglar las cosas, en el silencio puede hablar una palabra más profunda que nos haga saber que, al final, todo irá bien, y toda forma de existencia irá bien.

Nada se parece tanto al lenguaje de Dios como el silencio. Es el lenguaje del cielo que ya habita en nuestro interior, llamándonos e invitándonos a una intimidad más profunda con todo, sin olvidar que seguimos necesitando la terapia de la vida compartida.