El Espíritu Santo en la Iglesia

  1. Introducción: Una terminología problemática e imprecisa

El Espíritu Santo en la IglesiaEl lenguaje del dogma cristiano define al Espíritu como una de las personas del Dios Trino y realiza permanentes equilibrios para evitar por igual el triteísmo y el modalismo: el Espíritu es otra persona divina, pero no otro Dios ni simplemente un «aspecto» del único Dios.

El descubrimiento del Espíritu como persona es lento. En el AT hay 389 menciones del espíritu (ruah, pnéuma), y cinco expresamente del «espíritu santo» de Dios (Sal 51, 13; Is 63, 10.11; Sab 1,5; 9,17), pero ninguna de ellas alcanza el nivel de la confesión trinitaria cristiana, sino que se refiere al aliento de Yahvé, su poder, su presencia, etc., apuntando así en la dirección que llevará a la pneumatología cristiana plena.

Tampoco el Nuevo Testamento es uniforme en el uso de la palabra «espíritu» (gr. pnéuma). Del Bautista se afirma que irá con el espíritu y poder de Elías; y Pablo habla del Espíritu de Dios que da testimonio a nuestro espíritu (Rm 8,16) de que somos hijos de Dios. Cuando se nos dice que Jesús conoce «en su espíritu» (tóipneúmati autou) lo que están pensando los escribas (Mc 2,8), seguramente que sólo se hace referencia a la interioridad de Jesús, no a otra persona. Tampoco es probable que la expresión «Espíritu Santo» tenga el mismo sentido en las referencias a la concepción de Jesús (Mt 1,18; Lc 1,35) que en el «pequeño pentecostés» de Jn 20,22; al menos la dogmática ortodoxa no admite que el Espíritu sea padre de Jesús.

  1. Objeto y orden de esta exposición

En las páginas que siguen acotamos deliberadamente nuestro campo de trabajo. Ante todo renunciamos, como hace el mismo Nuevo Testamento, a toda especulación sobre el ser o naturaleza del Espíritu Santo, interesándonos sólo por su actuar en la vida de la comunidad creyente. Renunciamos, igualmente, a una reflexión directa (al estilo de la realizada por el tercer evangelista) sobre lo que haya sido la actuación del Espíritu en el Jesús de la historia.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que en buena medida los evangelios son una cierta historia de la Iglesia en la que se redactaron, de modo que algunas afirmaciones sobre Jesús son también, al menos indirectamente, afirmaciones sobre la Iglesia misma; por lo que no siempre resulta fácil la selección de textos.

Aun con el riesgo de dejar fuera algún elemento secundario, dirigiremos la mirada a tres bloques del Nuevo Testamento, en los que los autores se preocupan, expresa y directamente, de enseñar cuál es la acción del Espíritu en los creyentes: las cartas de Pablo, la obra lucana —especialmente Hechos— y los escritos joánicos. Y los veremos justamente en este orden, que es con gran probabilidad el orden cronológico de la reflexión y última redacción.

  1. Un testimonio inmediato: Pablo y sus comunidades

De todos es sabido que los escritos paulinos son los más antiguos del Nuevo Testamento y también los más cercanos —a veces casi inmediatos— a lo que narran o interpretan. Por eso las afirmaciones de Pablo sobre la actuación del Espíritu Santo en él y en sus comunidades tienen un frescor inconfundible y están libres de toda abstracción especulativa.

Una primera pregunta que suscita la lectura de las cartas paulinas es si su autor conoce una confesión trinitaria explícita. Salta a la vista que en el encabezamiento de sus cartas Pablo utiliza un saludo binario, no ternario: «gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo»; aquí el Espíritu no figura.

Hay, sin embargo, un texto paulino trinitario indiscutible: «la gracia de nuestro Señor Jesucristo y el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo con todos vosotros» (2Cor 13, 13). Pero la autenticidad paulina de este texto no es inatacable, ya que nuestra 2Cor es una composición tardía o amalgama a partir de varias cartas auténticas de Pablo, y el «redactor» (quizá hacia el año 100) puede haber introducido alguna fórmula ya usual en su Iglesia.

Sin embargo, tampoco se puede negar absolutamente una concepción trinitaria en la teología paulina. En 1Cor 12,4, Pablo presenta la procedencia trinitaria de los carismas: «diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; diversidad de servicios, pero un solo Señor; diversidad de poderes, pero un mismo Dios». Es evidente que la fórmula trinitaria eclesial tiene una génesis lenta, pero en la época de Pablo ya está en marcha el proceso.

  1. El Espíritu acredita a Pablo y su ministerio

Pablo se presenta a sí mismo capacitado para el ministerio por el Espíritu Santo (2Cor 6,6). Su predicación va habitualmente acompañada de los signos poderosos del Espíritu: «mi palabra y mi anuncio no se redujeron a palabras de sabiduría persuasiva, sino que la acompañó la manifestación del poder del Espíritu» (1Cor 2,4).

De esos signos hablará igualmente a los gálatas a propósito del poder de la fe: «¿recibisteis el Espíritu por la práctica de la ley o por la recepción creyente de la palabra?… El que os da el Espíritu y hace milagros entre vosotros, ¿lo hace porque cumplís la ley o por la recepción creyente de la palabra?» (Gal 3,2.5).

  1. El Espíritu, habitante interior de cada creyente, le capacita para la correcta vida moral

En su exhortación moral a los tesalonicenses, Pablo dice que despreciar la castidad y la justicia equivale a despreciar «a Dios que ha puesto su Espíritu Santo en vosotros» (1Tes 4,8). Gracias a ese don, los cristianos son designados como theodidaktoi (enseñados por Dios). Pablo parece ver aquí el cumplimiento de las profecías de Jeremías (31, 31-34) y Ezequiel (36,26s) sobre la nueva alianza y el corazón nuevo.

Exhortando a los corintios, les recuerda que no respetar el propio cuerpo equivale a profanar un templo en el que habita el Espíritu Santo (1Cor 6,19). A los romanos les explica que, aunque el hombre es incapaz de cumplir la ley por su ser carnal, el cristiano es transformado porque el Espíritu habita en él, realizando en el creyente la plenitud de la justicia (Rm 8,4).

La generalización de ese poder transformante se ofrece en la enumeración de los frutos del Espíritu en Gal 5,22-23: «amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, autodominio». Quien recibe el Espíritu queda hecho hijo y tiene el privilegio de invocar a Dios como Abba (Gal 4,6; Rm 8,15).

La posesión del Espíritu es garantía de la futura resurrección (Rm 8,11). Pablo llama al Espíritu arrabón o aparkhé (prenda o primicia), algo ya gustado anticipadamente. El reino de Dios es «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17).

  1. El Espíritu es la fuerza vital de la Iglesia

Lo que define inconfundiblemente a la Iglesia es la confesión de Jesús como Señor, y esto solo puede hacerse mediante el Espíritu: «Nadie sin el Espíritu Santo puede decir: Jesús es Señor» (1Cor 12,3). El Espíritu proporciona los ministerios y servicios; para Pablo, lo que más edifica es el don de profecía, y reprimirlo equivale a «apagar al Espíritu» (1Tes 5,19-20).

  1. ¿Conoce Pablo el gran pentecostés que dio origen a la Iglesia?

Aunque Pablo afirma que el nacimiento de sus comunidades fue una recepción del Espíritu (Gal 3,2), nunca hace referencia explícita al gran Pentecostés de Hechos 2. Sin embargo, algunos autores identifican la aparición del Resucitado a más de quinientos hermanos (1Cor 15,6) con la efusión colectiva descrita por Lucas.

  1. Los Hechos: El Espíritu, fuerza de Dios para la Iglesia

La convicción de Lucas es que lo iniciado por Jesús solo puede seguir adelante mediante la fuerza de su Espíritu (Lc 24,49). El libro de los Hechos muestra que la Iglesia sin el Espíritu es un grupo tímido, pero tras Pentecostés se convierte en un ejército de testigos intrépidos como Pedro (Hch 2,14).

El Espíritu, don del nuevo pueblo de Dios

Se cumple la profecía de Joel 2, 28-32: «derramaré mi Espíritu sobre toda carne». El nuevo pueblo nace en Pentecostés, y a este primer evento le siguen otros (Hch 4,31). El Espíritu se da a todo el que cree: Pablo, Cornelio y los cristianos de Éfeso.

  1. El Espíritu habilita para los servicios eclesiales

El Espíritu capacita a Esteban para dar testimonio (Hch 6,10), a Felipe, a Saulo y a Bernabé. También permite la administración de bienes materiales (Hch 6,3) y, sobre todo, el servicio de la comunión, logrando que la comunidad tenga «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).

  1. El Espíritu destruye las barreras

El programa del libro de los Hechos es la expansión: «seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). El Espíritu confirma la agregación de samaritanos, de etíopes y, finalmente, de paganos (Cornelio). El paso decisivo se da en el «concilio» de Jerusalén (Hch 15,28), donde se atribuye la apertura a los paganos al Espíritu Santo y a la autoridad eclesial.

  1. La comunidad reunida: lugar preferido por el Espíritu

Lucas parece convencido de que el Espíritu habla sobre todo en la comunidad reunida (Hch 13,2; 15,28). Incluso las prohibiciones de predicar en ciertas zonas (Hch 16, 6-7) podrían interpretarse como acuerdos eclesiales o conciliares bajo la guía del Espíritu.

  1. Funciones del Espíritu según los escritos joánicos

En el cuarto evangelio, Jesús en la cruz entrega el Espíritu (Jn 19,30). Se entiende que el Espíritu es el continuador de la obra de Jesús: «de sus entrañas brotarán ríos de agua viva» (Jn 7,38-39). Los miembros de la comunidad son los «ungidos» por el Espíritu (1Jn 2,20).

  1. El Espíritu como impulsor de la misión

En un texto pascual, Jesús dice: «como el Padre me envió, así también os envío yo… recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 21-22). La misión se entiende como reconciliación de la humanidad con Dios sostenida por la fuerza del Espíritu.

  1. El Espíritu como abogado ante los tribunales

Ante la persecución (de la sinagoga o del mundo pagano), el testimonio de los creyentes será dado por el Paráclito en persona (Jn 15,26-27). Aquí el Espíritu es designado como Pará-kletos (Abogado, defensor ante el tribunal), en sintonía con la promesa sinóptica de Mc 13,11.

  1. El Espíritu como maestro de la Verdad

Frente a los maestros «mentirosos» que causan cismas, la comunidad cuenta con el «Espíritu de la Verdad» (Jn 14,17). Su tarea es recordar la enseñanza de Jesús y conducir a los creyentes a la verdad plena (Jn 16,13-14). Es una función didáctica personal e inmediata.

  1. El Espíritu como fuente de consuelo y confianza

A pesar de la sensación de «orfandad» o exclusión, la comunidad posee la fuerza del Espíritu que «acusará al mundo incrédulo» (Jn 16,8-11). Los creyentes se saben en posesión del Espíritu de aquel que venció al mundo (Jn 16,33), transformando la tribulación en victoria futura.

Lucas anima finalmente a sus lectores a que pidan al Padre confiadamente el don del Espíritu Santo (Lc 11,13) para prolongar la historia de Jesús.

 

píritu Santo (Lc 11,13).