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El desamparo en cuanto fructífero

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

A veces somos lo más útiles y vivificantes en los precisos momentos en que nos encontramos lo más desamparados. Todos hemos estado en esa situación. Asistimos a un funeral y no encontramos nada que decir para mitigar la pena de alguien que ha perdido a un ser querido. Nos sentimos torpes e impotentes. Nos encantaría decir o hacer algo, pero no encontramos nada que decir ni hacer, a no ser estar allí, abrazar al que está soportando la pena, y compartir nuestra impotencia. Parecerá extraño, pero es nuestra misma impotencia lo que resulta más útil y generativo en esa situación. Nuestra pasividad es más provechosa y generativa que si nos halláramos realizando algo.

Vemos un ejemplo de esto en Jesús. Entregó su vida y su muerte en favor nuestro, pero en diferentes momentos. Entregó su vida por nosotros gracias a su actividad, y su muerte por nosotros gracias a su pasividad, esto es, por medio de lo que absorbió en impotencia. A propósito, podemos dividir cada uno de los Evangelios en dos partes bien definidas. Hasta su arresto en el Huerto de Getsemaní, Jesús es el activo: enseña, sana, realiza milagros, proporciona comida a la gente. Después, una vez arrestado, no hace nada: es esposado, llevado detenido, encausado, azotado y crucificado. Aun así -y esto es lo misterioso- creemos que nos comunicó más durante ese tiempo en que no pudo hacer nada, que durante todas aquellas ocasiones en que estuvo activo. Somos salvados más gracias a su pasividad e impotencia que gracias a las eficaces acciones realizadas durante su ministerio. ¿Cómo se explica esto? ¿Cómo pueden ser tan generativas la impotencia y la pasividad?

En parte, esto es misterioso, aunque en parte comprendemos algo de ello gracias a la experiencia. Por ejemplo, una cariñosa madre muriendo en un hospital para terminales, en coma e incapaz de hablar: en esa situación puede a veces cambiar los corazones de sus hijos más eficazmente de lo que jamás había podido hacerlo durante todos los años en los que había hecho tanto por ellos. ¿Qué lógica hay aquí? ¿Por qué metafísica se explica esto?

Dejadme empezar abstractamente y dar un rodeo a esta pregunta antes de aventurarme a responderla. Los pensadores ateos de la Ilustración (Nietzsche, Feuerbach, Marx y otros) presentan una crítica muy agresiva de la religión y la experiencia religiosa. Según su opinión, toda experiencia religiosa es simplemente proyección subjetiva, nada más. Para ellos, en nuestra fe y prácticas religiosas, siempre  estamos creando un dios a nuestra propia imagen y semejanza para servir a nuestro propio interés. (La antítesis misma de lo que creen los cristianos). Para Nietzsche, por ejemplo, no existe revelación alguna que venga de fuera de nosotros, ni Dios alguno en el cielo que nos revele la verdad divina. Todo se reduce a nosotros, que proyectamos nuestras necesidades y creamos un  dios para servir esas necesidades. Toda religión es proyección humana y egoísta.

¿En qué grado es verdad esto? Uno de los más influyentes profesores que tuve en mis estudios, el jesuita Michael Buckley, replica así ante esa crítica: Estos pensadores tienen razón en un 90%. Pero están equivocados en un 10%; y ese 10% marca toda la diferencia.

Buckley comentó esto mientras enseñaba lo que Juan de la Cruz llama noche oscura del alma. ¿Qué es una noche oscura del alma?  Es una experiencia en la que ya no podemos sentir a Dios ni imaginativa ni afectivamente, cuando el verdadero sentido de la existencia de Dios se seca en nuestro interior y estamos desamparados en una oscuridad agnóstica, incapaces (en la cabeza, el corazón y las entrañas) de evocar cualquier sentido de Dios.

Con todo -y este es el punto- precisamente porque estamos desamparados e incapaces de evocar cualesquiera conceptos imaginativos o sentimientos afectivos sobre Dios, Dios puede ahora fluir puramente en nuestro interior sin que seamos capaces de colorear ni contaminar esa experiencia. Cuando todos nuestros esfuerzos son vanos, la gracia puede finalmente tomar posesión y fluir en nuestro interior con pureza. En verdad, ese es el modo como toda auténtica revelación entra en nuestro mundo. Cuando la impotencia humana nos hace incapaces de conseguir que Dios sirva a nuestro propio interés, Dios puede entonces fluir en nuestras vidas sin contaminación.

Ahora bien, esto es también aplicable al amor humano. Mucho de nuestro amor mutuo -al margen de nuestra sinceridad- está desvirtuado por el interés propio y es, en algún punto, egoísta. De alguna manera, formamos a nuestra imagen y semejanza a aquellos a quienes amamos. Sin embargo, como sucede con la crítica hecha por Buckley a los pensadores ateos de la Ilustración, este no es siempre el caso. Se dan ciertas situaciones en las que de ningún modo podemos manchar el amor ni hacerlo egoísta. ¿Cuáles son esas situaciones? Precisamente aquellas en las que nos encontramos completamente desamparados, mudos, tartamudos, incapaces de decir ni hacer algo que sea útil. En estas particulares “noches oscuras del alma”, cuando nos sentimos completamente impotentes de modelar la experiencia, entonces el amor y la gracia pueden fluir dentro pura y poderosamente. En su clásica obra El medio divino, Pierre Teilhard de Chardin nos desafía a ayudar a los demás por nuestra actividad y también por nuestra pasividad. Está en lo cierto. Podemos ser generativos gracias a lo que hacemos activamente por los demás, y podemos ser particularmente generativos cuando nos quedamos pasivamente con ellos en desamparo.  

 


Image by Ernesto Alejandro Pérez from Pixabay

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