
Henri Nouwen, uno de los guías espirituales más reconocidos y respetados de nuestra generación, era —como él mismo compartía con tanta honestidad en sus escritos— un hombre complejo y, a menudo, atormentado. Era un santo, pero un santo que libró batallas monumentales para mantener su vida a la altura de sus compromisos y de sus votos. Su compromiso era firme, pero sus emociones no tanto.
Era un sacerdote católico, con voto de celibato, pero propenso a enamorarse a veces. En una de esas ocasiones, se enamoró de forma obsesiva. Al tener el voto de celibato, consciente de que esa relación nunca podría incluir la intimidad especial que anhelaba, y al recibir una señal clara de la otra persona de que la obsesión no era mutua, cayó en una depresión que lo llevó a ingresar en una clínica durante varios meses. Con el tiempo recuperó la salud y el equilibrio, y desde ese nuevo horizonte escribió El regreso del hijo pródigo, su libro insignia, que se ha convertido en un clásico espiritual.
La mayoría de los comentarios sobre la vida de Nouwen tratan este incidente como una patología, como una etapa de su vida en la que no estuvo sano, como una evidente caída de la gracia. Señalan varios factores que parecen indicarlo: era homosexual y se había enamorado de un hombre heterosexual que no correspondía a sus sentimientos románticos; su formación en el seminario no lo había preparado bien para la experiencia de enamorarse así; por temperamento, era un hombre emocionalmente complejo y a menudo atormentado; y existen dudas sobre el grado de madurez que tuvo la relación con su madre durante su crecimiento.
Sin duda, todos estos factores influyeron en su depresión. Sin embargo, si miramos más a fondo, este incidente puede verse de una manera muy distinta. Es decir, no como una patología, una enfermedad o una inmadurez (aunque estas realidades siempre nos condicionen a todos), sino más bien como una crisis que, en última instancia, da un testimonio profundo de la honda salud espiritual de Nouwen, de su fidelidad al Evangelio, de sus compromisos y de su disposición a sudar sangre en Getsemaní, al igual que Jesús.
Más allá de cualquier otra consideración, Nouwen aceptó este dolor desgarrador en su vida con honestidad e integridad y, como Jesús, prefirió romperse por dentro antes que romper sus votos.
Ese es el gran reto, uno que nos dejó Jesús y que a mis hermanos y a mí nos transmitió mi padre, quien solía decirnos: «A menos que estés dispuesto a sudar sangre, no serás capaz de mantener tus compromisos». Jesús nos dice lo mismo, y vemos que él tuvo que hacer precisamente eso: sudar sangre para mantenerse fiel a su misión. Además, es significativo fijarse en dónde sudó sangre: concretamente, en un «huerto».
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la palabra «huerto» o «jardín» no se refiere a un lugar para cultivar hortalizas. Bíblicamente, el «Huerto» es el lugar del amor; es a donde van los amantes. Fijémonos en que Jesús no suda sangre en el templo, ni en una montaña, ni en una barca en el mar. Más bien, suda sangre en un huerto, el lugar del amor, como alguien a quien se le está rompiendo el corazón de amor. Henri Nouwen sudó sangre en una clínica, como alguien a quien se le rompía el corazón. Esa clínica fue su «huerto», su Getsemaní, el lugar donde estaba viviendo una transformación pascual, más que sucumbiendo a una enfermedad.
Cualesquiera que fueran sus debilidades, sus tentaciones o sus crisis emocionales, Nouwen siempre las compartió abiertamente y con una honestidad desarmante. A pesar de todas sus complejidades y de las aparentes contradicciones de su vida, siempre fue transparente, casi como un niño. Apenas guardaba nada bajo la superficie. Además, el argumento de que esta crisis fue en el fondo una experiencia sana para él puede apoyarse también en los frutos que dio en su vida.
¡Por sus frutos los conoceréis!
Henri Nouwen, a pesar de su inmensa popularidad, luchó durante toda su vida adulta simplemente por recibir amor y por creerse digno de ser amado. Este colapso lo transformó radicalmente. Tras salir de la clínica y regresar a su vida normal, experimentó el resto de sus días una certeza profunda de ser amado y de ser alguien entrañable. Desde ese espacio transformado escribió su obra maestra espiritual, El regreso del hijo pródigo, que nos ha ayudado a miles de nosotros a acoger el amor de forma más profunda y a aceptar que (a pesar de las persistentes dudas congénitas que nos digan lo contrario) somos dignos de ser amados.
A veces cuesta saber cuándo el sufrimiento es un signo de enfermedad o de fidelidad. Sin embargo, suele ser un signo de fidelidad cuando, como Nouwen, aceptamos rompernos por dentro antes que romper nuestros compromisos.




