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Destrozarnos la fe mutuamente

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

¿Es nuevo esto o solamente somos conscientes de ello? El odio y el desprecio están por dondequiera: en nuestras casas de gobierno, en nuestras comunidades, en nuestras iglesias y en nuestras familias. Estamos luchando, mayormente sin éxito, por ser afables unos con otros; mucho menos, por respetarnos mutuamente. ¿Por qué?  ¿Por qué está sucediendo e intensificándose esto?

 Además, por ambos lados, frecuentemente justificamos este odio con fundamentos  morales, incluso bíblicos, alegando que el Evangelio mismo nos da pie para nuestra descortesía: ¡Mi verdad es tan cierta y tú estás tan equivocado que te puedo faltar al respeto y tengo razones bíblicas para odiarte!

Bueno, una rápida ojeada a la Escritura sería bastante para permitirnos ver lo que es esto: reducción a sólo normas racionales, egoísmo y la mayor lejanía de Jesús.

Comencemos con algo ya enseñado mucho antes de Jesús. En las Escrituras judías, ya encontramos este texto: “Te he hecho despreciable y ruin ante todo el pueblo, ya que no guardas mis caminos, sino que muestras parcialidad en tus decisiones. ¿No tenemos todos el único Padre? ¿No nos ha creado el único Dios? ¿Por qué nos destrozamos la fe mutuamente?” (Malaquías, 2, 8-10). Mucho antes de Jesús, la espiritualidad judía ya demandaba que fuéramos honrados y nunca mostráramos parcialidad. Con todo, incluso nos dio permiso para odiar a nuestros enemigos y tomar venganza cuando hubiéramos sido agraviados: “ojo por ojo”.

Jesús da un vuelco a esto. En toda su persona y su enseñanza, lo más explícitamente en el Sermón de la Montaña, nos desafía de una manera radicalmente nueva, diciéndonos que, si queremos ir al cielo, nuestra virtud necesita llegar a ser más profunda que la de los escribas y fariseos. ¿Cuál era su virtud?

Los escribas y fariseos de su tiempo se parecían mucho a los cristianos de hoy que van a la iglesia. Eran sinceros, esencialmente honrados, básicamente buena gente, que cumplían los mandamientos y practicaban la estricta justicia. Pero, según Jesús, eso no es suficiente. ¿Por qué? Si eres una persona sincera y honrada, cumples los mandamientos y eres justo con todos, ¿qué te falta aún? Lo que aún te falta se halla en el corazón mismo de la enseñanza moral de Jesús, esto es, la práctica de un amor y perdón que va más allá del odio y el agravio. ¿Qué es esto exactamente?

Viviendo en justicia e imparcialidad, aún estáis autorizados para odiar a alguien que os odia y derivar a una apropiada venganza contra alguien que te haya agraviado. Pero Jesús espera algo más de nosotros: “Habéis oído que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo’. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, de modo que podáis ser hijos de vuestro Padre del cielo. … Si amáis sólo a los que os  aman, ¿qué galardón obtendréis? ¿No hacen eso mismo incluso los recaudadores de impuestos? Y si saludáis sólo a vuestra gente, ¿qué hacéis más que los otros? ¿Acaso no hacen eso mismo los paganos? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mateo, 5, 43-48).

Esta es la auténtica esencia de la moral cristiana. ¿Podéis amar a alguien que os odia? ¿Podéis hacer el bien a alguien que os desea el mal? ¿Podéis perdonar a alguien que os ha agraviado? ¿Podéis perdonar a un asesino? Es esto, y no alguna cuestión particular en teología moral, lo que resulta la prueba de fuego para distinguir al que es cristiano del que no. ¿Podéis amar a alguien que os odia? ¿Podéis perdonar a alguien que os ha hecho daño? ¿Podéis superar vuestra natural tendencia a la venganza?

Tristemente, hoy estamos fallando esa prueba en ambos campos del espectro ideológico y religioso. Vemos esto por dondequiera: desde los más altos niveles del  gobierno, desde los más altos niveles de nuestras iglesias y en las conversaciones públicas y privadas de cualquier lugar, esto es, la gente defiende abiertamente la descortesía, la división, el odio y la venganza, e intenta reclamar la alta razón moral al hacer esto. Los políticos más influyentes hablan abierta y explícitamente de odiar a los otros y de exigir venganza sobre aquellos que representan la oposición. Peor aún, las iglesias y sus líderes de todo tipo van dejando instrucciones tras de sí y dándoles el apoyo del “Evangelio” para su adhesión a la causa del odio y la venganza.

Es necesario dar nombre a esto y desafiarlo: cualquiera que defienda la división, la falta de respeto, el odio o la venganza es contrario a Jesús y los Evangelios. Igualmente, cualquiera que apoye a semejante persona apelando a Jesús, los Evangelios o la auténtica moral es también contrario a Jesús y los Evangelios.

Dios es amor. Jesús es el amor hecho carne. Nunca deberían predicarse en nombre de Dios ni de Jesús la descortesía, el odio, la división ni la venganza, y no lo justifican la causa, la ira ni el agravio. Esto no significa que no podamos tener discrepancias, vivas discusiones y amargos debates. Pero la descortesía, el odio, la división y la  venganza (sin importar lo profundamente que de hecho se puedan sentir dentro de nosotros) de ninguna manera pueden ser defendidas en nombre de la bondad y de Jesús. La división, la descortesía, el odio y la venganza son el Anticristo.     

 

Imagen de roswitha Senia en Pixabay

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