Las dos caras de la tecnología: entre el progreso y la dependencia

No me refiero a las grandes catástrofes ecológicas que a veces se producen, como las «mareas negras» de los petroleros, la deforestación de los montes, el esquilmo de la fauna o el peligro de la energía nuclear. Todos estos son capítulos que merecen comentario, pero a mí me gustaría perfilar las transformaciones negativas que la tecnología está operando en la vida cotidiana.
La pérdida del sentido de nuestra limitación humana
Ciertamente nos libera de muchas dependencias, pero nos crea otras. Por ejemplo, la pérdida del sentido de que seguimos siendo creaturas dependientes y limitadas. Rodeados del mundo tecnológico que nos hemos inventado, en el que los fallos se arreglan llamando a un técnico, trasladamos este esquema a nuestra vida. Tendemos a mirar nuestros límites intrínsecos como si fueran errores de funcionamiento que una técnica adecuada —física o psicológica— pudiera subsanar.
Así nos hemos alejado de los grandes misterios de la vida, del amor y de la muerte. Caemos en la autosuficiencia y llegamos a creernos «cuasiomnipotentes», olvidándonos de que respiramos gracias a las plantas y a un sutil equilibrio de fuerzas cósmicas. Si el principio de la sabiduría es el propio conocimiento, nos estamos condenando a no ser sabios, aunque disfrutemos de muchos más conocimientos.
El mercado de las necesidades espirituales
Quizá la consecuencia más negativa es que la tecnología acaba por imponernos sus propias reglas. Lo que ella puede satisfacer se reduce a nuestras necesidades materiales. Si nos habituamos a mirar la realidad por ese pequeño agujero, es probable que nos olvidemos de otras necesidades más profundas y espirituales que no se pueden adquirir en grandes almacenes.
Es más: vinculamos la satisfacción de dichas necesidades con la adquisición de productos técnicos. Un estudio de la publicidad nos evidencia la estrategia de vincular bienes de consumo con la obtención de la felicidad, la libertad o la serenidad. Resulta curioso que, en nuestra sociedad secularizada, sea la publicidad el lugar donde más se habla de dimensiones espirituales.
El retorno de los viejos ídolos y el «tener» frente al «ser»
Acabamos por reducir nuestras expectativas humanas a los objetivos consumistas del mercado. Es el retorno de los viejos ídolos: poder, placer, dinero, fama. Para muchos, la «salvación» se reduce a que su equipo gane la liga, a ganar la lotería, a adquirir un coche que dé prestigio o a vender su intimidad en la «caja tonta». Nos condenamos a ser infelices persiguiendo señuelos de un hombre unidimensional que confunde «tener» con «ser».
Esta influencia se manifiesta incluso en el lenguaje. Todo se entiende en clave de posesión:
- Decimos «tener conocimientos» en vez de ser sabio.
- Decimos «tengo un dolor de cabeza», cuando en realidad es el dolor el que nos «tiene» a nosotros.
- Decimos «tengo un matrimonio feliz» en lugar de «soy feliz en mi matrimonio».
El problema de fondo es que la tecnología genera una relación instrumental de propiedad y dominio. Esta relación, que funciona con las cosas, es nefasta para el trato con otros humanos o con la naturaleza, pues lo reduce todo a instrumentos al servicio de nuestras necesidades, incapacitándonos para la gratuidad y la donación.
El impacto en la creatividad y la fragilidad del sistema
La tecnología nos ofrece posibilidades, pero con frecuencia mata la creatividad. La verdadera creatividad nace de la libertad y el diálogo; mas cuando interactuamos con una máquina, es ella la que determina las reglas. Si antes un cajón con ruedas y mucha imaginación inventaba mundos, hoy muchos niños son incapaces de divertirse sin un ordenador, sumergiéndose en juegos virtuales que son meras pruebas de habilidad repetitivas que generan individualismo, ansiedad y adicción.
Además, la tecnología es cada vez más sofisticada pero también más frágil. Un apagón hoy puede dejarnos totalmente indefensos por nuestra excesiva dependencia. Si dependemos tanto de una calculadora que no sabemos hacer una operación simple con papel y boli, la pregunta es pertinente: ¿quién depende de quién?
Conclusión: entender la lógica técnica
No pretendo demonizar unos medios que rinden tantos beneficios y que, como realidades materiales, no son objeto de juicio moral. Eso depende del uso que hagamos de ellos. Pero es vital entender su lógica y captar sus límites para no dejarnos deslumbrar por realidades que solo cubren la superficie.
No debemos dejarnos atrapar por una lógica deshumanizante que transforma los medios en fines. Al final, la sabiduría nos recuerda: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón». Y nuestro corazón está hecho para cosas más grandes y valiosas.
Artículo publicado originalmente en la revista Ciudad Nueva.




