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Convivir conyugal

Bonifacio Fernández, cmf -

En época de exaltación del individuo, de su libertad, entendida como independencia y desvinculación, bueno será reflexionar y meditar sobre la “mística del encuentro” y la cultura de la convivencia. Es una asignatura difícil de aprender. Sólo se aprende si se ejercita.

Relación conyugal

La persona que cree y confía en nosotros suscita en nuestra existencia cantidad enorme de recursos que, sin ella, habrían quedado dormidos.  En la relación conyugal que  crece desde el enamoramiento al amor, la esposa tiene enorme capacidad de inspirar al marido, de suscitar en él su mejor capacidad de entrega y donación. Ella es un potente agente de superación en él. Gracias a ella, a su amor y a su fe, se produce una transformación  en él. Y lo mismo a la inversa. El marido que se siente respetado y ama profundamente a su esposa hace posible la progresiva transformación de ella.
En muy conocida entre nosotros una figura literaria que expresa dicha fuerza, con primor y fuerza. Se trata de la figura de Don Quijote. Su fe es capaz de hacer que Aldonza crea en sí misma, que se acepte a sí misma y  sea capaz de soñar. La fe de Don Quijote convierte a Aldonza en la Dulcinea maravillosa. Creer es crear.

Relación filial y de amistad

Algo similar acontece en la relación de los hijos y nietos con respecto a los padres y a los abuelos. Son razones vivas y concretas para seguir viendo; aportan un sentido a la vida. Revelan y recrean una gran cantidad de sentimientos y de comportamientos, que, de otra manera, no habrían surgido. Les dan alegría de vivir. Les hacen sentir que tienen una misión en la vida: alguien los necesita. Son imprescindibles para alguien. Su ternura y sus energías brotan y se expresan con abundancia.
En otro  tipo de relación como es la amistad se da también la vitalización recíproca. La amistad implica dejarse ayudar y acompañar. El amigo le da al amigo el poder de herirlo y decepcionarlo, pero, sobre todo, el poder de acompañarlo, desafiarlo, darle seguridad y alegría de vivir.

Relación social

En las relaciones sociales recibimos cantidad de estímulo e inspiración que nos vienen de los demás. Vivimos inmersos en  un proceso de emulación y superación.  La sociedad actual educa nuestras esperanzas y aspiraciones. Nos brinda cantidad de modelos a imitar y admirar. Los relatos en torno a personas y hechos ejemplares tienen eco en nosotros. Estimulan nuestras ganas de vivir y crecer como ellos; nos facilitan el camino. Nos ayudan a  entender nuestra propia historia y a creer en nuestras posibilidades personales. Despiertan nuestra capacidad de soñar. Nos enseñan  que el dolor de no verlos cumplidos del todo, será siempre menor que la pena de no tener sueños que cumplir. La buena noticia del evangelio de Jesús conecta directamente con  nuestras ganas de vivir y de soñar.

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